




Reseña por Memo Fromow
Ángel de Fuego (1992)
Dana Rotberg
IMCINE
Película: Rock / Balada
No hay salvación en la periferia del mundo.
The Pilgrim´s Progress es una novela moralista inglesa del siglo XVII, escrita por el predicador inglés John Bunyan: se trata de una especie de evangelio para tontos, en que se metaforiza en forma muy, pero muy simplificada, el proceso que debe seguir el buen cristiano en el largo peregrinaje de la vida para alcanzar la gracia en la siguiente. La Fe y la virtud triunfan sobre las tentaciones del mundo y llevan a las almas virtuosas a gozar de su justa recompensa. Si John Bunyan hubiera vivido en las periferias de la globalización, a lo mejor y se le hubiera ocurrido cerrar la bocota, porque los obstáculos que debe sortear el creyente en una época de desilusión generalizada, en una nación azotada por la crisis perpetua y atormentada por la ilusión de una abundancia que no parece haber sido nunca para ella, ceban muchas potenciales flamas de santidad.
Ángel de Fuego, película underground clásica de 1992, parece una ácida antítesis de los postulados Bunyanos, o al menos una durísima réplica a la simplona versión del mundo que propone la moralidad convencional ante los cada vez más complejos dilemas que plantea la vida pos-moderna.
Dirigida por Dana Rotberg, la película está ambientada en un set que se esfuerza por situarse en las más sórdidas antípodas de las buenas conciencias: el Circo Fantasía es una deprimente parodia de espectáculo que muy apenas sobrevive dividiendo su tiempo entre los actos de ínfima categoría que componen lo que queda de su cartelera y hacerla de burdel encubierto al terminar la función ¡Qué práctico!
El único de sus artistas que medio vale la pena es Alma, el Ángel de Fuego, una adolescente trapecista y tragafuegos e hija de Renato, un payaso agonizante a quien no le queda mucho tiempo: juntos, padre e hija solo se tienen el uno al otro, tanto así que sostienen una relación incestuosa que resulta con Alma embarazada y Renato muerto ¡Diablos señorita! Empezamos recio.
El dueño del circo es un patán sin un ápice de decencia en todo su gañanesco cuerpo que le da a elegir a Alma entre abortar o irse del circo, chantajeándola con que no le cobró por el funeral de cuarta que le dio a su padre. Alma, con toda la altivez que no cabría esperarse en una heroína de película mexicana, lo manda al diablo y se va a buscarse la vida para ella y su futuro hijo, única y luminosa ilusión de su vida.
Va a dar con Refugio La Redentora, patrona de una compañía de títeres que recorre las barriadas difundiendo muy a su modo la doctrina cristiana entre los pobrísimos pobres de principios de los 90, náufragos de la Década Perdida, la crisis económica y el terremoto del '85. Entre tiraderos y la miseria más horrorosa de la que el país creía haberse desecho con el nunca realizado boom petrolero, Alma halla un hogar y una oportunidad de redención con la familia de Refugio: su hijo Sacramento y un niño de la calle llamado Noé. Pero la atracción de Sacramento por Alma amenaza la vocación sacerdotal que Refugio anhela para él, lo que la llevará a traicionar la confianza de una inocente que se ha puesto en sus manos y a su mismísima fe.
Más que otra cosa, Ángel de Fuego es un ambiente hecho metáfora; permítanme explico mi payasesca expresión: la película tiene un guion muy elemental compuesto de pocos diálogos entregados sin mucho entusiasmo, como cabe esperar de personajes concebidos como criaturas del arrabal urbano. No se espera de ellos gran dramatismo en la interpretación que entregan, y eso es congruente con su caracterización. Donde verdaderamente brilla es en su ingeniosa concatenación de metáforas que son el equivalente modernizado y grotesco del imaginario judeocristiano para dar su pesimista versión del ideal de salvación en los desolados inicios de los 90 en México. El Hijo y la Salvación; el Pastor y el Profeta: todos interpretan a su opuesto. Decía Borges en Deutsches Requiem que es más fácil morir por una religión que vivirla con plenitud: aquí todas las figuras de esta grotesca pastorela terminan traicionando su vocación en virtud de sus circunstancias, que terminan siendo más fuertes que ellos y desviando la senda del peregrino que Bunyan imaginaba al alcance de quienes tuvieran fe.
Ningún ambiente mejor para este anti-Auto de Fe, que las nuevas ciudades perdidas que venían a sumarse a las que se habían ido juntando en los alrededores de la antigua CDMX desde el éxodo del campo a la ciudad impuesto desde mediados del siglo XX. Pero al menos las anteriores migraciones llevaban con ellas la fe en el progreso. Las de finales del siglo XX ya solo llevan la conciencia de una nación derrotada por la deuda y sobreviviendo en las heridas aún no cicatrizadas que dejó un terremoto de época.
Insisto: un escenario que es la metáfora de la misma desesperanza que ambienta.
No hay lugar para la salvación en el nuevo mundo del capitalismo que no pudo llegar a ser. Claudio Lomnitz Adler hace el retrato anímico de esta época (que explica un poco la actual) en libros como El Tejido Social Rasgado, y de los que la presente película parecen ser el equivalente fílmico. Valdría la pena consumirlas en tándem.
La comparación con Santa Sangre de Alejandro Jodorowski es inevitable, pero honra la factura estética de Ángel de Fuego equiparándola con las del chileno, que para imágenes desternillantes e incómodas se pinta solo. Ambos elijen como setting el circo; ambos están centrados en jóvenes extraviados en el laberinto simbólico de un culto cristológico pero herético.
Ahora bien, fuera de esas similitudes incidentales, la verdad es que es solo en lo superficial que la semejanza tiene sentido: los temas tratados por ambas películas son muy distintos y su conclusión también: la vida interior de un hombre atormentado en Santa Sangre y una metáfora apocalíptica la otra; donde Jodorowski plantea una esperanza de redención y vida nueva, Rotberg no da lugar a ilusión ninguna.
Ángel de Fuego no necesita de gran escenografía para lograr tenerla de primera calidad: filmar en un ambiente como son los viejos arrabales metropolitanos habrá tenido sus riesgos, pero hacen casi por sí solos el impacto de la película. Su valor de producción consiste más bien en la cinematografía, que, si no abunda en secuencias ni planos demasiado espectaculares, sí maneja bien sus luces: obscuro y colorido para el circo, lo onírico y lo simbólico; luz corriente y mucho gris para la dolorosamente corriente ambientación de la barriada. Aunque para estas tomas, que son la mayoría de la película, es (de nuevo) la ciudad por sí sola la que hace casi todo el trabajo. Un ritmo lento te permitirá absorber el ambiente y el mensaje con toda la incomodidad que requiere el caso: no es una película para pasarla bien: sus recompensas son otras.
Nada para matar la nostalgia como recordar el tiempo que esta idealiza: ante la incertidumbre actual es fácil para nosotros idealizar los “tranquilos” y optimistas años noventa en que los más afortunados crecimos con caricaturas y productos de novedad gringos que contrastaban con la cerrazón comercial mexicana de la era dorada priísta, pero enfocando un poco más, nos acordamos de que estos escenarios componían la vida de la mayoría de la población…tampoco es que haya cambiado mucho. Frente a la profecía de eterna devastación que nos deja Rotberg en esta película y que es en buena medida el zeitgeist de los noventas en México, dejan de sorprender fenómenos como la vuelta del evangelismo o el milenarismo en tiempos recientes: es mejor la esperanza de un fin terrible pero glorioso, que el apocalipsis diario, sin fin y sin sentido para los condenados de la tierra.
Lo mismo eligió Alma, a su manera, regalándolos la imagen más espectacular de la película y con la que muchos (hechas las diferencias de escala) esperan ver cerrar esta época nuestra de desastres: un gran boom que, parece, borrará en el Diluvio los pecados de un mundo indigno.
Una buena muerte redime toda una vida.
Que miedo…


