




Reseña por Memo Fromow
Aventurera (1950)
Alberto Gout
Producciones Calderón
Película: Drama
Vende tu amor caro, aventurera.
Así empieza una de las canciones más célebres del original Flaco de Oro, Agustín Lara, tan afecto como era al tema de la mujer abandonada, empujada por el prejuicio a la mala vida y al tan a menudo inmerecido escarnio de la sociedad. Quizás pocas temáticas tan adecuadas a su voz nasal y tristona, y al melancólico diapasón de la música elegante del trópico pasada por la sensibilidad criolla, en cuya eufemística tradición, cabe llamar aventureras a las mujeres de “mala vida”, o para hablar sin pelos en la lengua, de las trabajadoras sexuales.
Hablar abiertamente del lenocinio y sus víctimas fue tabú hasta hace relativamente poco en la sociedad mexicana, no digamos ponerle matices a una situación compleja; de ahí que no sorprende la frecuencia con que nos encontramos con el tema en la poesía vernácula de fin de siglo, con exponentes tan renombrados como Porfirio Barba Jacob, Gutiérrez Nájera, Antonio Plaza y otros bohemios profesionales en romper la ilusión de armonía que las pacatas costumbres latinas se esforzaban en mantener.
Con el boom del consumismo ampliado al público femenino, el cambio de costumbres producto del proceso de urbanización y el siempre atrayente ejemplo de los Estados Unidos y Europa, era natural esperar que se matizara un poco más la figura de la mujer explotada sexualmente y la industria del entretenimiento se permitiera adaptarla para un público más amplio sin tanto miedo a la censura oficial y social.
Así tenemos Aventurera, de Alberto Gout, un drama que se desvía de lo lacrimógeno tan en boga al tratar temas femeninos y se interna en los turbios caminos del thriller, entregándonos una historia de intriga y venganza entre mujeres en que la feminidad y el amor se nos presentan como los auténticos móviles del mundo.
Elena Tejeda es un chica bien que vive recatadamente en la siempre calurosa ciudad de Chihuahua. Todo va siempre perfecto en la vida de una chica linda y de buena familia: no le falta el dinero, tiene a su atento y elegante novio, Lucio y sus padres son ejemplo de virtud provinciana al mejor estilo de Amado Nervo. La vida es perfecta.
De pronto ¡Zaz! Que la mamá de Elena le pone el cuerno a su papá, y no solo eso, sino que se escapa con el amante, y por si fuera poco ¡Doble zaz! El papá se pega un tiro de la vergüenza: de ser la señorita ideal, Elena pasa a no tener ni padre ni madre ni perro que le ladre. Al menos ya no puede ponerse peor ¿verdad?
Pues mangos ¿Se acuerdan de Lucio? Resulta que además de novio, es también un tratante de blancas que vende a Elenita a la patrona de un cabaret de Ciudad Juárez, de donde no puede irse (puesto que ese es el punto de ser un esclavo) ya que las muchachas son vigiladas por el temible Rengo, un mudo con trazas de Frankenstein que tasajea a las que desobedezcan a la patrona.
Que perra vida… pero arrieros somos, y en el camino andamos. No hay enemigo pequeño, y si es perra la vida, Elenita puede serlo mucho más, hecha ya toda una mujer de mundo, aunque sea en el peor de los mundos posibles; ya le dará el destino la oportunidad de cobrárselas todas juntas…
No soy mucho de películas románticas… y esta no es una, así que me la pasé muy bien con ella. Se trata de una historia atrevida y enrevesada con varios giros de tuerca que, aunque algo forzados, hacen rendir el tiempo de metraje poniéndonos en mil y un aventuras que sacan a relucir varios aspectos de su personaje principal, que resulta más poliédrico de lo que se espera del rol de mujer en desgracia: no tenemos meras víctimas del pecado ni Santas plañideras al estilo de Federico Gamboa, aunque tampoco alcanza a ser plenamente tridimensional. Este ya era un tiempo en que las mujeres facturaban y planeaban crueles complots para obtener lo que quieren, y no es para menos considerando la talla de los villanos con que nos encontramos en esta historia de pecado y corrupción.
Pero tampoco exageremos: si ya no es la época en que las “malas mujeres” reciben su “merecido” como en cuento de abuela regañona, tampoco estamos en los permisivos 90's: la trama no se olvida que las mujeres son, después de todo, criaturas suaves, compasivas y todas esas cosas que dicen en la iglesia y en la poesía de mediados del siglo XIX. De modo que aunque las cosas se pongan sórdidas de cuando en cuando, la película le mide el agua a los camotes con eso de la “decencia”, encargándose de acolchar las vueltas más crueles con convenientes mecanismos guionísticos que permitan dar una respuesta angelical a tanta maldad por parte de nuestra heroína… o villana, como lo quieras ver. Es lindo ver algo de matiz en una película tan vieja ¡y sin perder su corazoncito!
Creo que uno de los aspectos más destacables en la producción de Aventurera es, sin duda alguna, sus números bailables. Estoy consciente de que desde hace ya varias generaciones nos hemos desacostumbrado al cine musical en que los números bailables se interponían en la trama sí o sí para darles a los artistas oportunidad de lucirse. Hoy eso ya no queda tan bien, y sí es algo que choca un poco como espectador de este tiempo a la hora de ver películas de otra época: en el mejor de los casos, los numeritos se integran orgánicamente como parte de la trama, mientras que, en el peor, no tienen nada de nada que ver y me los fumo a regañadientes. Ni modo. No voy a decir que los de Aventurera destaquen demasiado, pero al menos contribuyen al ambiente de “decadencia” que quiere transmitirse y cobran más interés cuando te enteras que fueron planeados, coreografiados y ejecutados por nuestra protagonista misma, la fantasía de grandes y no tan grandes (pero igual grandes) Ninón Sevilla. La trayectoria y vida de Ninón (cuyo verdadero nombre era Emelia Pérez Castellanos, habanera de nacimiento) da para un artículo completo, pero por ahora, es suficiente con decir que basta su presencia para darle sabor hasta al más metiche de los interludios musicales con esa cara y caderas tan finas como el cristal, pero que se mueven como el trueno.
Aventurera es un filme que se siente bastante fresco como encuentro entre los géneros del thriller y las rumberas. Moralmente, fue para mí una sorpresa encontrarme con una historia tan atrevida para la época y que se las arregla, pese a las convenciones del género, para darte una que otra sorpresa: en verdad, nunca es tan obvia como para poder estar seguro de cómo va a terminar esto.
En mi investigación post-película, me sorprendió saber que Aventurera no fue la primera ni la última colaboración entre Ninón Sevilla y Alberto Gout, quienes llevaban ya un tiempo trabajando juntos, y siguieron haciéndolo en varios proyectos más. Sin embargo, esta parece haber sido su producto más destacado y mejor valorado por la crítica. No sé qué tan cierto sea eso, pero si la única manera de saberlo es ver media docena más de películas de rumberas, estoy dispuesto a al sacrificio.
¡Va por ustedes, Rehiletos!


