Portada de la película Cabeza de Vaca.
Portada de la película Cabeza de Vaca.

Reseña por Memo Fromow

Cabeza de Vaca (1991)
Nicolás Echevarría

El Colegio de México
Película: Histórica

De vuelta a la naturaleza.

Todo mundo conoce la historia de Robinson Crusoe y de como domó a la naturaleza, pero pocos saben que la figura de Crusoe fue inspirada por el escocés Alexander Selkirk que, a pesar de ser inspiración para un ejemplo de lucha frente a los elementos, en su caso NO domó a la naturaleza. Cuando la tripulación del barco que lo halló le puso las manos encima se encontraron con un guiñapo de hombre en muy mal estado al que se le estaba olvidando incluso como hablar. Si la dejas el suficiente tiempo, la naturaleza reclama lo que es suyo.

Un poco así le pasó a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, aventurero y náufrago español que encalló en La Florida y luego pasó los siguientes 6 años caminando y aventureando todo el camino de vuelta hasta Sinaloa: en ese lapso aprendió lenguas, brujerías y algo de medicina que le permitieron sobrevivir y hacerse de cierta fama entre los nativos de las áreas que atravesó en el largo camino de regreso a la incipiente civilización que empezaba a gestarse en el norte de México. Todavía le dio la vida para regresar a España, hacerse burócrata y acabar nada menos que de gobernador de Paraguay, entre otros tantos viajecitos. Y ADEMÁS le dio tiempo de escribir un libro describiendo sus aventuras en América del Norte que tituló Naufragios y Comentarios documento de inmenso valor histórico en virtud de que da cuenta puntual de las costumbres de los antiguos habitantes de La Florida hasta la Costa del Pacífico antes del contacto a gran escala con los europeos. Basados en este libro, Guillermo Sheridan y Nicolás Echevarría hicieron este peliculón que es un logro de ambientación histórica y creación de ambiente. Si esto no cabe dentro del término expresionismo, aunque no esté en blanco y negro ni lo dirija Werner Herzog, yo no sé entonces para qué demonios existe esa palabreja.

Nuestra historia comienza en la patria de los corridos tumbados, en el mero Culiacán: antes de la tambora, de Luis Perez Meza, de Pedro Infante y de la homónima organización criminal, una Sinaloa que era una extensión de tierra vacía de edificios, pero no de gente. Los españoles están apenas levantando una iglesita que llaman catedral y entre los chambeadores, sucios y sudorosos, está el mismísimo hombre que le da título a esta película, recién llegado de sus aventuras y con una barba de las que había antes de que Gillette arruinara la moda del vello facial. Después de las presentaciones de rigor con el público, la película nos lleva a donde todo comenzó: al naufragio donde Alvar y compañía fueron a quedarse solos, bien solos, en tierra extraña. Después de andar un rato entre playas, selvas y pedazos de gente, son atacados por los nativos, vencidos reducidos a esclavos. A Alvar le toca quedarse de sirviente de un brujo y de un enano sin brazos que se la pasan burlándose y maltratándolo. Durante la siguiente media hora más o menos, veremos el equivalente en cine de autor a un montaje de entrenamiento durante el cual Don Cabeza de Vaca se gana, casi sin diálogos, sino con puro corazón, la confianza de sus nuevos amos y aprende de ellos el oficio de médico brujo. Después de una dramática curación que abarca una larga y muy sugestiva secuencia, Alvar se gradúa de curandero, y con la anuencia de sus antiguos maestros, se va a correr el mundo armado con sus nuevos conocimientos y muy, pero muy poca ropa; en serio, hay películas para adultos en las que hay más gente vestida que aquí.

La siguiente hora veremos a nuestro héroe caminar y caminar, pelear y pelear, curar y curar, salvarse de las más horribles maneras de morir, encontrar amigos que creía muertos y regresar a su mundo como un hombre cambiado, que contempla a sus colegas aventureros con desprecio al ver como se tragan leyendas de ciudades de oro y maravillas sin fin que contrastan acremente con la experiencia que ha vivido en el ignoto norte del continente.

Lo primero que debe señalarse sobre esta película y que constituye su valor cinematográfico más notorio, es la increíble ambientación conseguida por el director y su equipo de utilería. No debió ser fácil grabar en condiciones tan agrestes, pero la sensación de autenticidad conseguida sin perjuicio de la calidad de la imagen son sello de una producción de primerísimo nivel. Todo en esta película es imagen; el diálogo es mínimo y perfectamente podríamos prescindir de él: la lengua es cualidad de la civilización, y Alvar está incapacitado de usarla entre gente que usa otra que no entiende, se encuentra solo frente a la naturaleza y de gente que es más selva que humano según la concepción europea del siglo XVI. Las reconstrucciones de cabañas y ceremonias; los paisajes desérticos; los extras tan rigurosamente caracterizados con pintura corporal y diálogos en lenguas que solo los actores sabrían cuáles son, todos estos factores que dominan tan absolutamente la película asombran por cómo logran transportarte fuera del mundo hasta otro totalmente diferente, tan distinto de la concepción usual que tenemos en México del mundo prehispánico.

La Vieja América era inmensa, tan inmensa que a la fecha seguimos descubriendo sobre ella cosas que no sabíamos: en el caso de las culturas del norte, han sido tan a menudo ignoradas y ninguneadas en favor del centralismo mesoamericano, que para muchos, incluyendo al yo de 6 años, le impresionaba que personas tan distintas a las que salen en los manuales de historia escolar habitaran también el territorio que después sería México. Y no solo eso, sino que a su vez ellos hubieran influido la cultura mesoamericana en maneras que no sé porqué no son mejor conocidas por el público general, pero eso, eso es otra historia. Por el momento, baste resumir elogiando de nueva cuenta los tremendos valores de producción presentes.

Muchas películas de época se centran en el conflicto y ambicionan capitalizar un poco cruzándose con el cine de guerra; Cabeza de Vaca me recuerda más a una mezcla entre esa película de La Llegada y La Guerra del Fuego, ambas centradas en el fenómeno de la comunicación. A fin de cuentas, lo que vemos en el filme de Echevarría es a un hombre totalmente ajeno al mundo en el que está, aprendiendo a comunicarse sin la lengua; un hombre de una sociedad logocéntrica transportado, en virtud de un accidente, a un mundo de sugestiones e instituciones basadas en redes y costumbres que no conoce ni de nombre. El hombre que vuelve a la naturaleza ¿O no?

Los hombres de la América precolombina vivían en un mundo socialmente muy complejo y su relación con la naturaleza, entendida como medio ambiente, era igualmente enredada como para considerarlos meramente “parte” de ella, eso lo sé y estoy seguro de que Echevarría lo sabía también, considerando que se codeaba con la élite cultural de México (hasta Guillermo del Toro participó en esta filmación). Más que una película de aventuras o de querer reforzar dicotomías rancias, lo que creo que nuestro director quiso hacer, es mostrarnos su versión de uno de los procesos mejor documentados de transculturación durante la temprana colonización en América, y con ello recordarnos cuán permeables son las fronteras, no entre la naturaleza y la civilización, sino entre culturas. Culturas que son, de un lado y otro del océano, productos netamente humanos.


Al final, Cabeza de Vaca volvió a España y se reintegró plenamente a su sociedad, al punto que fue funcionario, pero su historia queda como testimonio del fenómeno de la cultura como un continuo y no una división: alguien que curó con piedras y que se comunicó con gestos puede pertenecer lo mismo al mundo de la palabra con perfecta continuidad. En realidad, el hombre no se divide entre Crusoe y Selkirk; cabe todo en Cabeza de Vaca.

Y con todo, eso no le quita lo feo al apellido, caray.

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