Portada del libro Códice Negro.
Portada del libro Códice Negro.

Reseña por Memo Fromow

Códice Negro (2023)
Camilo Moncada

IDW
Libro: Novela Gráfica

El mundo indígena llevado al cómic con la ligereza del manga y el rigor del estudioso.

No creo ser el único que desde hace años se pregunta cómo es que teniendo las culturas prehispánicas mexicanas un imaginario tan rico y a la vez (cosa rara) tan bien definido en la memoria popular, este no se haya masificado en la cultura global como sí es el caso, por ejemplo, de la mitología griega y nórdica.

Yo seré el primero en decir que el conocimiento cada vez más acabado que tenemos de las creencias de las culturas antiguas sirven más para darnos una mejor comprensión de la forma de vida de los pueblos antiguos, como recomendaba Enrique Florescano, antes que para enriquecer los acervos de películas a menudo malonas y efectistas. Pero no deja de extrañar que, dado el lugar privilegiado que tienen las cosas de México en la industria cultural estadounidense (debido sobre todo a la diáspora mexicana), aún no se haya hecho alguna superproducción de fantasía estilo Percy Jackson o Harry Potter. Tampoco es que me muera de ganas de ver algo así; solo me extraña.

Intentos ha habido muchos a ambos lados de la frontera, pero ninguno, que yo sepa, ha pasado de ser un producto de nicho y escasa difusión. Para ser justos, he tenido en mis manos algunos de esos productos, y la verdad es que su calidad es por lo general regular, en el mejor de los casos, cuando no acaban siendo revoltijos que mezclan clichés del animé con narrativas muy ajustadas a las convenciones narrativas más manidas del cine hollywoodense contemporáneo.

Las hay que tienen continuidad, pero no calidad; las que tienen calidad, pero no pueden mantenerla mucho tiempo y las que no tienen ni lo uno ni lo otro.

En serio, métete a internet y encontrarás los vestigios de algún enésimo intento de mediatizar la cosmogonía prehispánica.

Por un lado, más allá de un reclamo indigenista, tanta persistencia en la empresa nos habla de que estas viejas imágenes tienen algo importante que decir al público, como lo sabe cualquiera que se haya metido un poquito más a fondo en las creencias prehispánicas después de las generalidades del libro de texto y la imagen de cine de explotación. Pero bueno, por pura estadística, entre tantos intentos habidos y por haber, habrá por fuerza alguno que deba pegarle al gordo, y la obra de la que vengo a hablarles hoy, es la que yo espero triunfe allá donde tantos otros han fracasado miserablemente.

Códice Negro o Codex Black como podrás hallarlo también en internet y en Amazon (único medio que conozco de conseguir la versión física, al menos en México), es una novela gráfica juvenil que lleva publicándose en línea desde 2018 por su autor Camilo Moncada, ilustrador y entusiasta de las antigüedades prehispánicas.

Originalmente publicado por entregas en blanco y negro a través de la página web tapas.com, alcanzó tal seguimiento que por ahí del 2021 pudo dar el salto a una versión impresa, y más importante, a todo color, de la mano de la archiconocida editorial estadounidense especializada en cómic IDW. Si sigues las publicaciones originales en tapas.com, es notable la dedicación y la disciplina invertidas en este proyecto dado lo lento que parece haber progresado y la aparente tibieza de su audiencia, que tampoco es que interactuara demasiado más allá de los ocasionales comentarios.

Creo que sería muy provechoso para el mundillo del cómic mexicano que eventualmente llegásemos a saber cómo fue el proceso por el cual Camilo pudo darse cuenta de que la publicación en físico sería redituable o cómo fue que lo contactó IDW, dado que, para el observador común como un servidor, la trayectoria de Códice Negro en tapas.com no parece haber dado demasiados indicios de tener el potencial que hoy manifiesta.

Pero esa historia queda pendiente para otro día: lo que ahora nos importa es Donají, una quinceañera zapoteca originaria de la aldea de Quiée Yelag, donde su familia se dedica a trabajar la tierra. Pero ella no, ya no: Donají está preparándose, al mejor estilo de Ash Ketchum y otros atolondrados protagonistas de caricatura, para salir de su hogar con un objetivo muy claro en mente: convertirse en el mejor entrenador poke… digo, encontrar a su padre perdido. Sí, eso. Para eso cuenta con el no-demasiado-entusiasta permiso de su mamá, la bendición del pueblo y el poncho mágico de Chicahualizteotl, una deidad de la fuerza venida a menos que habita el poncho y que convierte, al ponérselo, a esta quinceañera pendenciera y con nulo instinto de auto preservación, en el equivalente zapoteca de una Hércules. De poco valen los consejos de los sabios ancianos y de un literal Dios que vive entre los hombres para ponerla fuera de peligro: Donají va a comerse al mundo, porque es fuerte, valiente y, sobre todo, muy pero muy testaruda,

No muy lejos de ahí, un jovencito de nombre Itzcacálotl se separa de la columna del ejército mexica que está descendiendo hacia territorio zapoteca para hacer lo que mejor hacen: la guerra… pero a Itzcacálotl eso de la guerra no se le da tan bien. Él es más de ser creativo y, cuando nadie lo ve, le hace al poco masculino oficio del tejido y fabricar accesorios. En virtud de andarse escondiendo para vestirse como le gusta, sufre un accidente que dispara los eventos de esta historia y que va a llevar a estos dos a encontrarse.

Actualmente, Códice Negro cuenta con dos volúmenes de más de 300 páginas cada una: todas gloriosamente coloreadas e impresas con la calidad que solo el poder de una editorial gringa puede dar, pero, curiosamente, esta versión física solo está disponible en inglés. Entiendo que las publicaciones en línea son bilingües, pero para dar el salto, Camilo tuvo que tomar esta decisión ¿Cómo culparlo? Cuando te ofrecen un trato de ese estilo, aún con una limitación tan importante, te lanzas y lo tomas, además, se me haría bastante difícil creer que no esté en sus planes una futura edición física en español, si los números lo permiten.

El ritmo de la historia cambia vertiginosamente del 1er al 2do tomo, con el primero siendo mucho más dedicado a darnos un no-tan-breve paseo para conocer este mundo de la mano de nuestros protagonistas. Las bases de la historia quedan sentadas, pero el mecanismo narrativo todavía no se echa a andar bien a bien sino hasta el 2º volumen. Si al primero no le faltan golpes, batallas y chistarracos que juntan ingeniosamente el humor internetero con referencias al viejo mundo indígena (con inesperado éxito), es en el 2do cuando de veras las cosas se ponen bien en marcha y todo avanza mucho más rápido: las relaciones, la historia, los misterios que se nos plantearon en el primer volumen. Descubres que (casi) nada de lo que viste en las primeras 300 páginas tuvo desperdicio, sino que estaba allí por una razón; se nos presentan, de paso, nuevos personajes que quedan plenamente integrados en la narración nada más presentarse, puesto que ya les tenían preparado el terreno. De pasear aparentemente sin rumbo por la selva, nos echan de pronto en un complot político con todo y mediación divina e incluso más que divina.

Aunque el estilo gráfico parezca no dar para ello, al autor no le tiembla la mano a la hora de poner a prueba a sus personajes para ver de qué están hechos, porque tan lindos y family friendlycomo se ven, los vamos a ver sangrar, y con buenos motivos. Lo cual me lleva a uno de mis aspectos favoritos (y más notables de esta obra): el visual.

Lo dije antes y lo diré de nuevo: hoy todo mundo sueña con ser un mangaka. Nada raro considerando el siempre creciente influjo del animé y de la cultura que le viene adjunta desde hace más de 30 años ya. Para bien o para mal, es ya bastante difícil encontrar un producto en el medio del cómic o la animación que no se haya visto influenciado en mayor o menor medida por la avalancha japonesa. Si bien es injusto hablar de un “estilo manga” en abstracto considerando la inmensa variedad de estilos entre los mismos autores de manga, hay un yo no sé qué que los distingue casi a primera vista, y Códice Negro lo tiene estampado en cada viñeta.

También me ayudó mucho ver que Camilo es un entusiasta del manga y hasta algo le mueve al idioma, así que si bien no es un manga per se, es un cómic fuertemente inspirado en su estética ¿Pero qué hago yo perdiéndome en debates inútiles sobre la mortalidad del cangrejo? Lo importante es que aquí tenemos esos ojos grandes y cuerpos estilizados que permiten armar escenas complejas sin perderse en detalles anatómicos que chocarían con la sencillez de la línea gruesa manejada en Códice Negro. En ese sentido, abreva mucho del estilo occidental, mientras que en cosas como la composición de las caras y el uso de ciertos gags como el rubor, las lágrimas o la chibificación de los personajes para hacerlos lucir más apapachables según el caso, vienen claramente de un inveterado lector de manga. Es en virtud de esta simplicidad que mejor se transmite la ilusión de movimiento propia del cómic: no niego que esto se logre también con anatomías preciosistas o fondos que parecen pinturas, pero Camilo tomó una decisión estética de hibridar el cartoon con el manga de autores más minimalistas como Tomatosoup, y con un poco de trabajo lo convirtió en un estilo perfectamente reconocible como suyo; en serio, yo patentaría esa ingeniosa manera de hacer narices en una sola línea. A veces, verdaderamente, menos es más… Eso sí, no sé si por descuido o qué, pero, aunque son muy raros, de pronto te topas con errores indignos de un dibujante como Camilo: no diré donde, pues espero que no los notes, y aunque no demeritan toda la labor, a veces duelen de ver.

Como coda y complemento de lo anterior, debo señalar la especial atención que Camilo presta a la hora de adaptar diseños provenientes de la estética prehispánica a su estilo. El hombre ha estudiado a consciencia en libros y museos para poder integrarla al mundo del cómic: en los posts de sus redes sociales nos comparte a menudo su inspiración para tal o cual personaje, vestuario, lugar etc. Estas fuentes suelen ser cosas como las ilustraciones pintadas en vasos o jarros del siglo XV o anteriores; la arquitectura y decoración de los edificios antiguos; diseños de orfebrería prehispánica, códices y demás materiales que ha utilizado para documentarse y para enriquecer su propio estilo sin fusilárselo: lo ha adaptado, y eso me parece francamente admirable. Para los curiosos, también documenta en redes las fuentes bibliográficas y fotográficas que utiliza: todo un Miguel León Portilla o Eduardo Matos del mundo del cómic. Puedes ver sus notas al respecto (y otras cosas) en su Twitter, donde lo encuentras como @Itzcacalotl o bien Shi-Gu.

Además de Camilo, hay que reconocer también a Ángel de Santiago, un artista mexicano-estadounidense quien funge en este proyecto como colorista y que conoce muy, pero muy bien su parte del trabajo. Yo conocí Códice Negro ya plenamente a color, pero cuando fui a investigar las tiras originales en blanco y negro, me quedó claro que difícilmente podrían haber caído en mejores manos: Ángel supo interpretar el tono festivo de esta historia aplicándole colores brillantes como los imagina uno al leer las viejas crónicas de los aventureros españoles que describen selvas vibrantes de vida y de verde; se nota también un uso ingenioso de las texturas para ahorrar tiempo sin perder detalle y un uso de la luz quizás demasiado sintético por momentos, pero acorde, de nuevo, con la sencillez del diseño de personajes. Es verdad, estoy hablando como alguien que ya no puede imaginarlo de otro modo a como es ahora, pero en mi defensa, no se puede negar la calidad del trabajo al notar el equilibrio de los colores a pesar de su brillo. No tengo queja real en este apartado, pero solo por decir, digo que quizás este mundo bañado de sol podría haber hecho un uso más poderoso del blanco, como en las historietas del tremendo Herman Huppen, por ejemplo, su Caatinga de 1997 (solo en la luz, tampoco digo que el trazo) o al estilo de Ignacio Noé en Helldorado. Nada más digo…

Casi desde que empecé a usar Pinterest en 2016, me he topado con imágenes hechas por Camilo aquí y allá. Inicialmente no les presté mayor atención, habiendo como hay tantos proyectos fallidos que toman la tradición prehispánica. Pasaron los años, y en mi feed seguían apareciendo Donajís cada vez mejor dibujadas; después, incluso tributos de otros ilustradores a esa niña de huipil y cabello largo hasta la cintura: algo pasa, me dije, y seguí mi camino.

Hasta este año me di cuenta de que todos esos años Camilo estuvo trabajando, mejorando, entrenando, haciéndose más fuerte, hasta que de pronto, un día me entero que todos esos bosquejos ya eran suficientes y suficientemente buenos para componer una obra original completa de varios cientos de páginas, y no solo eso, sino que ya es obra publicada por una editorial seria, Y NO SOLO ESO, sino que en varios puntos de venta está ya agotado y hasta ediciones hay en bibliotecas públicas de Estados Unidos. Válgame, válgame la fregada, los descuidas un momento y ya están por todas partes: creo que debería descuidarme más a menudo si con lo que me encuentro al voltear son cosas como estas.

Códice Negro es, además de una obra admirable desde el punto de vista estético y muy disfrutable como entretenimiento, un ejemplo de talento y constancia. A fuerza de puro trabajo ha logrado el sueño de tanto adolescente trasnochado que cree que el arte es pura inspiración, cuando realmente es, además de eso, una chamba, que requiere lo mismo de creatividad que de visión económica; una chamba a menudo ingrata, mal pagada y raras veces reconocida: una dura realidad que pocos “artistas” están dispuestos a aceptar y por lo cual fracasan.

Pero Camilo no: como artista y como microempresario la está armando, y eso, verdaderamente, no cualquiera lo hace.

Ojalá y haga escuela: se lo merece.

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