Portada del disco El Año en que Nacimos.
Portada del disco El Año en que Nacimos.

Reseña por Memo Fromow

El Año en que Nacimos (2026)
Lalo Enríquez

Independiente
Disco: Indie

Viaje popurrí al centro de un autor.

Por sus obras los conocerás, dice no sé cuál pasaje bíblico: no hay como sumergirte en la creación de alguien para saber quién es, o por lo menos cómo se percibe a sí mismo. Por regla consuetudinaria (por supuesto, no siempre respetada), el artista debe ser sincero con su público y consigo mismo; de modo que, si no tenemos al autor de cuerpo entero, tenemos al menos una imagen de él, y como toda autopercepción está, por definición, limitada (uno nunca puede ver su propia espalda con sus propios ojos de carne, por ejemplo).

¡Pero es también muy interesante conocer esa versión de alguien! Quizás por eso es a menudo grato el ejercicio de intentar descifrar a nuestros autores a partir de las letras y la música que hacen, cuanto más crípticas y extrañas mejor: océanos de tinta digital se han gastado tratando de descifrar canciones célebres como American Pie de Don McLean, Let It Be de Lennon-McCartney, Hotel California de los Eagles o lo que demonios sea que quiere decir Silvio Rodríguez en la mayoría de sus letras. Luego creces y te enteras, con un poco de sentido común, (más claramente si conoces un poquito del proceso creativo) que la mayoría de las cosas que representaron arcanos misteriosos e impenetrables no son sino interpretaciones más o menos codificadas de vivencias personales en clave poética; porque también hay que ponerles tantita sal e imaginación a las cosas ¡Caramba! Para puras claridades está el ensayo histórico o la investigación científica: el arte más interesante, en cambio, es una adivinanza esperando ser resuelta, y a fin de cuentas, es poco lo que los humanos podemos hacer como no sea transmitir nuestras imperfectas percepciones de aquello que tenemos más a la mano, lo cual suele ser, en la mayoría de los casos, nuestra vida.

Así pues, Lalo Enríquez nos invita a un breve pero significativo viaje por algunos de los hitos de su propia existencia; un recorrido salpicado de muchos, muchos ritmos y alguno que otro experimento sonoro que revelan una rica cultura musical, de cuya vastedad da cuenta la sección de discos de Rehilete.

Eduardo ha pasado largos años recolectando, pedacitos, chunches, chismes y demás pedacería de muchos creadores, abrevando de sus propuestas y seleccionando lo que mejor cabía de ellos en sí mismo. Y después de décadas de mucho hablar, finalmente nos trae el resumen del primer tercio de una vida.

Ruego me perdonen le gastadísima frase, pero El Año en que Nacimos no cuadra con ninguna clasificación convencional, véase, no abreva ni tributa de un solo género musical. Buena parte de la intención de este disco es claramente la experimentación y el deseo de abarcar cuantas cosas han compuesto el gusto de nuestro autor y ponerles su sello personal. ¿El hombre quiere baladita clásica? Tiene su balada con guitarras y toda la cosa ¿Quiere su experimento sonoro raro (pero extrañamente agradable)? Téngalo ¿Quiere su rock ligero? Al enfermo lo que pida. ¿Un pop latinoamericano que recuerda a figuras como Mon Laferte o Bela Nova? Órale pues.

Hacerle a tantas cosas no es necesariamente sencillo: por lo que entiendo, es en las letras en las que Lalo ha tomado una mayor participación, mientras que, en cuanto a los arreglos y la instrumentación, su participación ha sido más bien directiva, valiéndose de la participación del talentoso músico y productor Sergio Silva (Silva de Alegría). Veremos que alineación nos tendrá deparada para el futuro si es que planea expandirse a más géneros.

Hay muchas cosas aquí dentro, pero hay dos presencias particularmente palpables por la persistencia de su influencia en varias canciones de este disco: la música tradicional mexicana, que Lalo ha pasado mucho tiempo investigando y el Rock clásico, una de sus grandes aficiones. Estas influencias no fungen como dos polos entre los que oscila el resto de su creación, sino como una lluvia dispareja que aparece por momentos salpicando una canción sí y la otra un poquillo nomás: su presencia es discreta, por momentos demasiado, y me ha costado darme cuenta de su presencia.

Las letras y la temática general del conjunto son claramente de un tono intimista; el testimonio de una vida que sin haber sido demasiado larga, ha alcanzado ya algunos hitos de los que hacen usualmente a los cantantes componer algunas canciones obvias, pero no menos bonitas. No hay grandes secretos aquí, solo un hombre que ha vivido sin heroicas tragedias ni triunfos infamantes. La lírica hogareña también pertenece a la tradición mexicana como la que más, desde Juan de Dios Peza hasta los miles de amateurs que hoy escriben de sus vidas: los más sin chiste, algunos con cierta gracia y la mayoría sin música; y de los que la musicalizan, no conozco ninguno que lo haga con una ambición compiladora y experimental como esta. Lalo no solo nos habla de su vida, sino también de una generación de influencias musicales que han llegado, se han ido y han regresado como poéticos zombis, ahora en la voz de otros, como es este caso, y como ha sido siempre en la historia de la música.

Una parte muy significativa de los últimos 20 años de música mexicana y algunos más de extranjera luchan por condensarse en los poco más de 30 minutos que dura este álbum.

¿A quién no le gusta saber más de las personas cuya creación disfrutamos? Sin el descaro del exhibicionista, las intimidades de un autor se nos describen de manera a veces convencional, a veces medio críptica: lo mismo que en el apartado musical, el grado de claridad en las letras va de lo evidente a esas cosas que necesitas contexto para saber; pero en lo que lo obtienes, enciende la imaginación con algunas metáforas ingeniosas detrás de las que, a fin de cuentas, sabes que no hay más que la calidez de lo familiar. Entre tanta experimentación, es bastante acogedor sentir el calor de un hogar sin demasiadas pretensiones alrededor de tus oídos.

Decían los barrocos que la vida se vive primero con toda la intensidad posible. La vejez, en cambio, es el momento de reflexionar y, dado el caso, escribir y crear con los materiales que los años nos han proporcionado. Si alguna ventaja tiene vivir en tiempos en los cuales la vida se vive tan aceleradamente, es que los artistas pueden , sin haber llegado aún a viejos, presumir de tener un decente bagaje vital encima: quizás no aventurero ni hecho con de lances de honor a lo mosquetero, pero suficientes para transmitir algo tan igualmente relevante como la satisfacción de una vida bien vivida.

Quien sabe que deparen las siguientes décadas.

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