




Reseña por Memo Fromow
El Ejército Ciego (2026)
David Toscana
Alfaguara
Libro: Novela
No hace falta ver para creer, ni para vivir.
Es un tropo muy antiguo en la tradición narrativa occidental, y me atrevo a decir de todos lados, que el ciego, en cambio de su ceguera, obtiene la capacidad para poder ver aquello que los ojos normales no pueden: el futuro, los corazones, el mundo como es. Dios aprieta, pero no ahorca, y cuando cierra las ventanas, abre una puerta: nada como una vieja leyenda para contarnos otra.
Cualquiera diría que es raro ver a mexicanos escribiendo de algo que nos es tan lejano como al Edad Media en Europa Oriental, pero la verdad es que en la época del acceso casi universal a la información sobre prácticamente cualquier tema que te interese, eso es algo que está al alcance de todo mundo, si se lo propone; ahora que un escritor mexicano elija un tema tan oscuro como la guerra entre búlgaros y bizantinos del siglo XIII y escriba algo BUENO, eso sí es una muy agradable sorpresa. Ya ha pasado antes; no en vano existen autores como Gerardo Laveaga y su tremenda novela El Sueño de Inocencio, o Verónica Murguía, quien tiene al medievo como su especialidad con libros como El Ángel de Nicolás o El Cuarto Jinete… mira tú, si tuviera una moneda por cada vez que un autor mexicano escribe sobre asuntos europeos de los siglos XI al XIV… tendría al menos tres monedas, pero no deja de ser curioso. En fin, si ya hubo Muppets en el Medievo, no veo porque no pueda haber también Mexicanos en el Medievo.
Suena a título de película con Omar Chaparro, Dios nos libre.
A principios el siglo XI, el agobiado Imperio Bizantino libraba una guerra contra su enésimo enemigo en más de un milenio de historia: los búlgaros, un pueblo de reciente aparición en los Balcanes y que presionaban la frontera occidental del imperio. Por fortuna (o infortunio, dependiendo de cómo lo veas) Constantinopla tenía a uno de los últimos emperadores fuertes que vería en lo que le quedaba de existencia como imperio bizantino: Basilio II, un jovenazo que, a pesar de haber nacido como príncipe, había elegido llevar la dura vida del soldado en lugar de las sedas de la corte. Fue a él a quien le tocó dirigir a los ejércitos imperiales contra los embates de los búlgaros a través de varias campañas, unas más afortunadas que otras. Sin embargo, finalmente logró darles un revés del que no se recuperarían en la batalla de Clidio en 1014, en la que, cuenta la leyenda, Basilio tomo miles de prisioneros a quienes ordenó sacarles los ojos y devolverlos a su rey, el Zar Boris II, a modo de advertencia. Los ciegos, por su lado, llegaron a la capital del reino, donde causaron tanta impresión en Boris, que se murió del puro susto. De ahí pa'l real, todo fue cuesta abajo para el breve “imperio búlgaro”, que a poco se deshizo en el caos político y le valió a Basilio el siniestro sobrenombre Bulgaróktonos (El Matador de Búlgaros para los compas que no hablan griego) y a los bizantinos, algunos siglos más de existencia como estado.
Pero ¿qué pasó con los ciegos? ya, no volvemos a saber qué fue de ellos después de darle tamaño susto a su rey. Precisamente es en este espacio en blanco que deja la historia, que David Toscana aprovecha el espacio de indeterminación para convertir un suceso atroz, en una poéticamente ingenua fábula acerca de la inmensa potencia de la imaginación y la grandeza humanas por sobre la desgracia.
Así pues, antes de llegar a su destino, los ciegos tuvieron que atravesar el camino de vuelta a casa ¿no? Algo tendrían que hacer en ese largo camino que, encima, tuvieron que recorrer a pie: de algo tuvieron que hablar, algo tuvieron que comer, a algo debieron oler, con algo debieron de entretenerse y nombres y vidas previas debieron tener. Pues bien, son esos espacios de indeterminación en los que juguetonamente se introduce el autor para imaginarle un mundo a estos ciegos. Esto no es una biografía ni cae en la tentación de muchas novelas históricas de convertirse en ensayos: estas historias de ciegos nos las deja caer Toscana con la ligereza e ingenuidad con que se cuenta un cuento de fantasía, acentuando solo los detalles más coloridos y aparentemente anodinos de sus varios protagonistas, que son protagonistas al modo en que lo son el Gato con Botas o Caperucita Roja de los suyos: sabiendo de ellos solo lo esencial, y aquello que puede enseñarnos algo a nosotros; no son tanto personajes como barrocas alegorías sobre temas como la percepción del mundo, los límites de los sentidos, las absurdas pretensiones de poder o la simple alegría de vivir, porque algo más hay en el mundo que sus complejidades.
No es una colección de cuentos por cuanto seguimos a un mismo elenco de personajes en diferentes momentos de sus aventuras, pero a pesar de ser una narración continua, no deja de sentirse fragmentada, como para emular esa estructura no siempre coherente que siguen las leyendas medievales del estilo de las Florecillas de San Francisco, o El Novellino. Las cosas pasan como fueron y no esté usted fregando con sus preguntas que no vienen al caso: tome su cuento como viene y váyase a dormir, que mañana haya que madrugar.
Un tema constante entre los muchos que se tocan y rozan lo largo del libro es la sensación de paz, o al menos de acomodo con la vida a la que los ciegos llevan a pesar de la brutalidad de su destino: sí, ya no pueden ver, pero hay muchas otras cosas en el mundo además de ver, y es en su proceso de volver a descubrir la vida desde otras sensaciones y sentimientos en lo que se gasta una importante dosis del ingenio como escritor de David Toscana. No creo que alcance a dar perspectivas demasiado nuevas ni encontrar hilos negros en estos tiempos de neurociencia, pero se luce como fabulista insertando ese tipo de reflexiones en un contexto y una forma que emula la simplicidad de las leyendas de antaño y los cronicones históricos.
Desde que conocí por primera vez sobre esta historia de ciegos en el libro Constantinopla de Isaac Asimov en mis días de preparatoriano, me quedé pensando en todas las cosas que no sabemos del viejo mundo pese a ser nosotros los americanos un subproducto raro de él: la imagen del medievo es mucho, pero mucho más rica de lo que los lugares comunes al respecto nos permiten entrever, y me alegra particularmente que un escritor de la talla de Toscana sea quien se haya metido, no solo con un suceso tan interesante por sí mismo, sino con un rincón del mundo en el que rara vez ponemos lo ojos. El mundo es ancho y ajeno, decía Ciro Alegría, pero no importa lo ancho; por lejos que pueda estar, hay un rinconcito que puedes hacer tuyo, sin importar cuán remoto. Y si todo falla, si el mundo es verdaderamente tan ajeno, entonces haces uno tuyo.
Los ciegos lograron hacer un mundo nuevo para ellos ¿Apoco tú, que sí puedes ver, leer y escribir, no puedes hacer uno para ti?


