Y no es albur: la mentira como modo de vida y (con suerte) de redención.
Confesaré que al principio le entré a este libro de muy mala gana: él y yo teníamos historia. La primera vez que lo vi hace ya más de veinte años, cuando a mi hermano se lo mandaron para una tarea, me repelió casi al instante: una portada hecha sin mucho esfuerzo y un título que me sonaba más a albur que a libro y desde entonces le juré eterna enemistad. No me quedaban muy claros mis porqués, pero sabía que lo odiaba como se odia a un desconocido que nos vio feo una vez, aunque no lo volviéramos a ver en la vida.
Claro está, en años-niño, un odio eterno vence en un par de añitos, pero para cuando mi maldición tocó a su fin, yo ya ni me acordaba del Usigli ni del libro. Sólo hasta que lo vi en 10 pesotes en una liquidación, al menos una década después, lo recordé y no le pude decir que no a ese precio. Y ni así: tuvieron que pasar varios años de haberlo comprado para que finalmente volviera a ponerle atención en mi librero. Aún después de todo ese tiempo, me había quedado una curiosidad por saber de qué iba ese libro al que le tenía tanta tirria.
Tampoco es como que se tratara de una revelación, pero el desvelar finalmente un misterio de la infancia es una sensación que no deja de sentirse como un logro personal y más si con esto lo desvelo para algún que otro lector perezoso al que, como yo, le haya quedado la duda, pero no la energía para leer el libro.
César Rubio es un profe de historia en la Universidad que regresa a su pueblo derrotado después de años de malvivir y aparentar en la Ciudad de México. Como en ‘La Chica de Humo’, todo está mal: no tiene dinero, nadie lo conoce, sus hijos no lo respetan, no pudo hacer carrera y todo lo que tiene son sus libros y su amargura. Hasta que la fortuna toca a su puerta en forma de un ingenuo profesor de historia estadounidense al que engatusa con un cuento que va a darle la vuelta a su vida, al pueblo y de paso al país entero, un México de opereta que recuerda en su ambientación a novelas como La Sombra del Caudillo o Los Relámpagos de Agosto: politiquillos de pistola y sombrero, oficinistas ansiosos de un golpe de suerte que los saque de pobres y mandones sin un gramo de ética en todos sus norteñotes cuerpos. Sólo una cosa parece separarlo de ser una simple farsa cínica al estilo de Ibargüengoitia: un héroe.
César Rubio será pobre, tramposo, acomplejado, mediocre y por ser, es hasta feo, pero cuando el destino y la suerte lo llaman, se transforma y pasa de un pobre diablo dispuesto a todo por dinero, a aceptar un destino trágico por hacer un cambio. Quizás no el que le hubiera gustado, pero al menos queda el consuelo de que todo puede cambiar; tal vez esta vez no para bien, pero hay más tiempo que vida…
Por si te quedaron dudas acerca de cómo se lee esta pieza, Rodolfo Usigli nos deja 3 ensayos de pilón al final del libro (aunque eso depende de la edición): Epílogo sobre la Hipocresía del Mexicano, Doce Notas y Ensayo sobre la Actualidad de la Poesía Dramática.
Es un poco soso el explicar el chiste después de haberlo contado, pero lo cierto es que los ensayos son una interesante interpretación sobre el papel de las artes en la política y como la hipocresía, la gesticulación (ehhh, viste lo que hizo ahí) acaba por dar al traste con todo, desde la vida familiar, hasta el gobierno de un país. Sobre todo, el Epílogo recuerda mucho al Laberinto de la Soledad en su denuncia de la máscara como modo de vida de los mexicanos (aunque tanto Paz como Usigli reconocen que ese defecto no es privativo de México) y su exhorto a llevárnosla más leve con nosotros mismos y con nuestra gente.
Yo descreo un poquito bastante de esas afirmaciones en grueso: “los mexicanos”, “la sociedad”, “en este país”, son fórmulas con las que empiezan muchos de los peores comentarios y las críticas más adolescentes que he escuchado en mi vida y que encima suelen ser generalizaciones que valen lo mismo para referirse a prácticamente cualquier otra nación; que nos dicen tan poco de nuestra realidad como nos dirían de la sociedad a la que se las queramos aplicar.
Pero una cosa sí le concedo a Usigli y es que no podemos vivir con tantas mentiras y tanto veneno adentro; ni aquí ni en China.
Lo dice Usigli, lo dice Paz y lo dice Shakira. Y yo le creo a esos tres… a veces.