Portada de la película El Guapo vs Los Narco Vampiros.Portada de la película El Guapo vs Los Narco Vampiros.
Calificación recomendado de Rehilete
Calificación recomendado de Rehilete

Reseña por Memo Fromow

El Guapo vs Los Narcovampiros (2025)
Jorge R. Gutiérrez
Anima Estudios / Mexópolis
Película: Animación

De Pochos, vampiros, narcos y otros monstruos...

En La Guerra de las Imágenes, un ensayo que se cae de bueno sobre la importancia de la imagen en la conformación de la cultura mexicana colonial, Serge Gruzinsky dedica un breve capítulo al término Nepantla: una palabra utilizada por los nahuas después de la caída de Tenochtitlán para designar un punto intermedio, un limbo cultural en el que habían quedado atascados mientras una nueva hegemonía cultural sustituía a la vieja. Fue un proceso lento y tortuoso, durante el cual el viejo mundo no acababa de morirse, pero el nuevo nomás no llegaba del todo.


Desde el tremendo choque cultural que empezó cuando los tempranos estadounidenses se toparon con los proto-mexicanos que habitaban la frontera que iba de Louisiana a California, culminando con la guerra del '47 y el infame tratado de Guadalupe-Hidalgo, México y el gabacho se han mirado con una mezcla de fascinación, desprecio y desconfianza. En esas zonas de indefinición, de espejismos y sombras, nacen los monstruos; algunos son magníficos, y otros son simplemente el escarnio de la tierra.

Hay quien dice que la cultura chicana nació de ese choque y del proceso de resistencia frente a la negación institucional que la ocupación estadounidense implementó en sus nuevos territorios: frente al racismo institucional del los estadounidenses y el desinterés o la impotencia de México para proteger o responder a la violencia que se ejercía contra los suyos al otro lado de la nueva frontera, nació esa cultura nueva que lejos de su raíz habría de florecer en cosas nuevas; no siempre bellas, no siempre admirables, pero digno testimonio de una lucha por la supervivencia. Yo no seré fan del mexican curious, que pretende hacer de la artesanía fomentada por el estado mexicano y el kitsch populachero la raíz de la nacionalidad, pero entiendo que para un gran número de mexicanos en tierra extraña, ese imaginario es su principal vínculo con el hogar, y yo respeto eso. O a lo mejor yo también alucino…

Para lo que nos importa, Jorge R. Gutiérrez es un creador de carrera y que lleva ya casi 20 años de trabajar en animaciones que hoy son parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Tanto si tienes 10 años, como si pasas de los 30, es imposible que no te hayas topado ya sea con El Tigre: las Aventuras de Manny Rivera, El Libro de la Vida, o con Maya y los Tres, por no hablar de los muchos proyectos en los que ha participado. Desde los lejanos días de 2007 cuando se estrenó El Tigre, y doceañeros como yo babeábamos por ver algo de temática mexicana en la tele por cable, Gutiérrez pisaba fuerte con un estilo gráfico y narrativo inconfundible que con todo descaro iba decidido a explotar a todo lo que daba el kitsch de la cultura mexicana de frontera. De esa frontera donde las cosas nomás no acaban de definirse y quizás no lo hagan jamás: no en vano Jorge es un nativo tijuanense y no es difícil deducir que desde niño tuvo el observatorio perfecto para ver de primera mano el proceso de hibridación, primero, de las culturas mexicana y estadounidense, y después la explosión de la llamada “cultura global” con su amasijo de chile, mole y todo lo que quepa.

Las creaciones de Jorge son siempre una explosión de estilo que raya en lo barroco sin dejar en ningún momento de apelar a la declinación marcadamente popular de lo que en el exterior se identifica más como lo mexicano. En sus trabajos siempre encontrarás luchadores (vaya que ama la lucha enmascarada) o figuras equivalentes en lo colorido y la vocación de espectáculo; seres fantásticos tomados por lo general de la tradición prehispánica y un encantador toque de cinismo, infaltable en los que vienen de sociedades marcadas por la desconfianza hacia el poder.

El Guapo vs Los Narcovampiros nos lleva a Tijuana, o más bien a una reimaginación bastante más liberal de la ciudad favorita de borrachos, viciosos y criminales, en la que ahora (además de todo lo anterior) hay que vérselas con demonios, vampiros y demás fauna de pesadilla. Y para peor, en los vertederos de la modernidad, hasta las criaturas del más allá han sido reducidas a la ignominia de la economía ilegal, la explotación y la degradación humana tan propia de la periferia global. ¡Pero no todo está perdido! Los Hermanos José y Judas, huérfanos convertidos en luchadores dedican sus vidas a servir (cada uno a su modo) a Dios y al pueblo. Al primero, luchando contra abominaciones de antaño devenidas vulgares engranes del poder económico y a los compas, sirviendo a los huérfanos y entreteniendo al respetable público en espectaculares funciones de lucha. José es más bueno que el pan y ha iniciado su propia familia con su esposa María y su hijo Jesús (así de bueno es); pero Judas, aunque bueno, es borracho, parrandero y jugador, y pronto acabará enredado con los más malos entre los malos. Ingenioso híbrido entre Cristo y Robocop, José pierde todo, solo para volver de entre los muertos a enmendar sus errores y luchar contra el mal de la mano de María Magdalena “Mags”, una vampiresa virtuosa y ruda que recuerda a las góticas de las que nos embelesaron en la secundaria. Fantasmas de las Navidades pasadas… y reclamos estilísticos que responden a la normalización de estéticas antes marginales: Jorge está al día con su audiencia.

Estamos ante un mediometraje de 40 minutos, de los cuales menos de 5 están propiamente animados, mientras que el resto es un magistral storyboard. Esto es un proyecto sin terminar, y que todavía está buscando padrino, sin embargo, la razón por la que le dedico esta reseña es por lo que nos dice en cuanto a la evolución de la cultura mexicana respecto a su siempre cambiante relación con su homóloga estadounidense, además de que, pese a su modesta forma, es un despliegue de virtuosismo en cuanto al entendimiento profundo que Jorge Gutiérrez muestra tener de la técnica cinematográfica y la animación.

Si en El Tigre era ya bastante notorio el deseo de explorar áreas grises de la moralidad, en El Guapo contra los Narcovampiros, Gutiérrez se deja ir como gorda en tobogán y nos entrega un proyecto plenamente adulto en cuanto a sus ambiciones narrativas a la vez que se permite lucir sus pulidas habilidades como animador y sus variadas influencias como ilustrador: ya no están las restricciones que impone al creador el horario infantil. Estoy bastante seguro de que la mayoría, o al menos muchas de las personas que escriben, dibujan y/o animan para proyectos orientados a todo público anhelan en algún momento llevar adelante premisas más adultas y dramáticas y entienden su trabajo como un peldaño previo antes de elevarse a proyectos más maduros. Gutiérrez ha concretado su largo aprendizaje y ahora, en el nuevo ecosistema constituido por las redes sociales, el mecenazgo digital, el micro financiamiento en línea y la multiplicación de los medios digitales, un viaje que en otro tiempo hubiera tomado todavía varios años más (o de plano no habría podido completarse) es ahora un proyecto que muy seguramente hallará luz verde más temprano que tarde.


Aquí Jorge se permite abordar abiertamente los temas del momento en la vida mexicana: el flagelo del crimen organizado, la violencia rampante, la corrupción desbocada, la miseria y el horror de casi 20 años de guerra, asuntos que, fuera del animé y de la animación experimental no suelen ser muy atendidos. El abordaje es quizás un tanto simplista, con una visión bastante judeo-cristiana del bien y el mal, colocando al narco claramente dentro del espectro de lo malvado. Dependiendo de inclinaciones ideológicas o literarias esto podrá parecerle a algunos una objeción a la obra, pero al final el autor plasma su propia visión y no debería ser un gran impedimento para su disfrute.


Sostendría que la principal aportación de esta obra se da probablemente en el plano estético, que sí es muy sui géneris y digno de reconocimiento. Narrativamente el proyecto entra en un estándar, sin negar que nos aporta también algunas cosas valiosas en este ámbito. Pese a su hábil uso del imaginario cristiano en clave mexicana, no debemos tampoco de esperar algo muy profundo o creer que la intensión o alcance de la obra nos lleva revelaciones únicas sobre temas (como el narco y la corrupción) que francamente venimos pensando y repensando como sociedad desde hace décadas.

Acusaciones de ser un mero heredero del género de explotación (mexploitation) no le han faltado, pero frente a lo ya mencionado, me parece una crítica de plano perezosa y superficial. Yo, con todo, sé apreciar un gran trabajo estético cuando lo veo y no solo me alegro mucho de ver lo lejos que ha llegado Jorge Gutiérrez, cuyas creaciones me hacen feliz desde mi secundaria.

Con el entusiasmo que ha suscitado entre el público, tengo buenas razones para esperar que El Guapo será pronto cobijada por una productora de peso y nos presente la historia del Judás, Mags y compañía en toda su gloria, que tampoco tengo la sangre tan fría para no disfrutar: ver a los malos llevarse lo que se merecen de la mano de un luchador con mano de cuchillo (qué recuerdos de Evil Death) y una vampiresa de vastas curvas.


Y sobre todo, quiero ver como a ese maldito de Chupi le tumban todos los colmillos a buenos golpes. Porque, a fin de cuentas, como dijo Carlos Monsiváis y como no me canso de repetir: la ficción y las luchas son el único lugar donde el bien y el mal se enfrentan en condiciones de igualdad.


¡Házmela buena, pinche Guapo!