




Reseña por Memo Fromow
El Peñón de las Ánimas (1943)
Miguel Zacarías
Clasa Films
Película: Romance
La lealtad a Dios, el amor a la mujer, el honor a nadie.
En la biblioteca de mi abuelo, me tope con un Método para Corregir Caballos Resabios; escrito por un miembro de la familia Rincón Gallardo, los depositarios del título de Marqués de Guadalupe. Iba dedicado al sobrino del autor con las palabras: “Para que recuerdes a tu viejo tío, deseando que seas siempre caballero, cristiano y valiente”.
Los Marqueses de Guadalupe eran de esos aristócratas mexicanos medio trasnochados con títulos de juguete, que no valen para ningún efecto práctico desde la proclamación de la República en 1824, pero que todavía ciertas familias de postín presumen como enseres de súper-lujo en ciertos círculos. Porque aún dentro de las familias con dinero existe la distinción entre aquellos que se han dejado agringar y otras que se ufanan de conservar lo “mexicano” como sello de pedigree. La charrería como una de las representaciones por excelencia de lo mexicano responde no tanto a una percepción acertada de la realidad mexicana como a una distinción de clase que viene desde tiempos de la colonia: ya entonces poseer, alimentar y entrenar un caballo era prohibitivamente caro, de modo que tenerlo en condiciones para llevarlo a hacer suertes charras delante de los mirones, y encima embutido en un traje que vale otra pequeña fortunita, es un signo infalsificable de riqueza, y dependiendo de cómo lo veas, de mexicanidad, aunque sea de dientes para afuera.
Pero ¿por qué el charro es el emblema de lo mexicano? Si bien estoy seguro hay muchas respuestas para eso, aquí me aventuro a decir que es, como tantas cosas que a los turistas y a muchos mexicanos nos han educado a identificar con la quintaesencia de la nacionalidad, un invento conjunto del régimen post revolucionario y del cine mexicano. El charro fue las más de las veces durante la historia de México un hombre poderoso o bien su capataz, y como sucede tan a menudo en la historia de México, ese poder se manifiesta de manera bastante brutal y abusiva: charros fueron muchos miembros de los terribles Rurales, maloras de pueblo, bandidos, caciques o aspirantes a caciques.
¿Por qué pues, el régimen que, con todo y todo, abanderaba supuestamente a todo lo revolucionario, erigiría al charro como su bandera? Bueno, sospecho que no fue del todo su elección: el cine mexicano, como toda industria no paraestatal, estuvo llevada de empresarios y directores que financiaron los proyectos por su cuenta y proyectaron las imágenes que dichos realizadores querían transmitir. No es coincidencia que al revisar la lista de productores y directores de la época de oro, varios de ellos resultan ser socialités o millonarios con vínculos políticos y, por supuesto, miembros de la Asociación Nacional de Charros, una muy conservadora asociación de gente aún más conservadora al punto de ir en comisión a visitar al Paquísimo original, Francisco Franco, para presentarle sus respetos en una época en que el mismo estado mexicano tenía rotas las relaciones con España.
Diablos, señorita…
Dicho todo esto, se entiende mejor la atmósfera que impera en una película como El Peñón de las Ánimas, dirigida por Miguel Zacarías, quien estaría cargo también de varias otras producciones clásicas.
Los Valdivia son una familia de prósperos hacendados, cuya cómoda, aunque ocupada existencia es solo turbada por la sangrienta enemistad que tienen con otra familia de propietarios: los Iturriaga.
La película empieza con la novedad de que a la región ha regresado el único Iturriaga que queda vivo, y el abuelo, el severo Braulio Valdivia, le da la tétrica misión a su nieto Manuel, de despachárselo para cerrar este sangriento capítulo de historia familiar de una vez y para siempre. En una nota más feliz, le dice también que su prima Ángela (interpretada por la mismísima María Félix) está de vuelta de estudiar en (¿Cómo no?) Eshhhhh-paña, y está lista para casarse con él.
Más ranchero no se puede esto poner.
Pero el destino tiene otros planes: Ángela, que es ya toda una señorita elegante que lee a Gustavo Adolfo Becquer, se topa en el campo con un charro muy cantor y muy caballero con la cara de Jorge Negrete, de cuyas maneras suaves pero varoniles se enamora sin remedio, solo para descubrir poco después que, chan chan chaaaaaan, se trata de Fernando Iturriaga, el último enemigo vivo de su familia.
A continuación, tendremos a los Valdivia provocando a Iturriaga en varias ocasiones, encuentros de honor, citas amorosas, solemnes disquisiciones sobre la honra del hombre y algunas que otra canción para que Jorge Negrete se luzca, que no lo trajimos hasta aquí solo por su linda cara… aunque también.
Si me preguntas, la película dura unos 25-30 minutos más de lo que realmente debería durar: el último tercio parece una repetición del segundo, con Angela volviendo a escaparse, con sus primos volviendo a enojarse y con Iturriaga volviendo a indignarse con la diferencia de que ahora sí llegamos al final de la película.
Después de ver varias cintas de cine mexicano clásico, no puedo evitar pensar que el estándar de actuación tampoco era precisamente de lo más alto: lo mismo que varias producciones del período, las interpretaciones de algunas de las grandes eminencias de la pantalla no dejan de resultarme bastante acartonadas, no solo por lo absurdamente floreado de varios de sus diálogos que parecen sacados de libro de proverbios, sino por la escasa variación de actitudes y tonos de voz. Sospecho que algo tendrá que ver con la necesidad de que el mensaje quede bien clarito no solo en términos acústicos, sino también en virtud de la respetabilidad que imprime una figura que no deja de hablar impostado ni para ir al baño: como dijimos antes, estas películas no solo tenían el propósito de entretener, sino de limpiar la imagen de un México de hacendados honorables y paternalistas que tenían el honor ante todo, así que no pueden perder el acartonado estilo sermoneador ni aunque acaben como helado de paletería barata, donde todos los sabores saben igual.
Por otro lado, este defecto no es privativo del cine de charros: el cine mexicano de antaño, bien visto, tampoco gozaba del nivel actoral con el que muchos insisten en recordarlo.Nno en muchas de sus producciones insignia, cuando menos. Curiosamente, se siente bastante menos acartonado en las comedias, pero eso es tema para otro momento.
Carlos Monsiváis rastreaba parte de la genealogía del drama mexicano al melodrama español de estilo Pérez Galdós en sus momentos más dramáticos como en Marianela: no es difícil tampoco detectar la solemnidad que emana al tratar de asuntos de honor como en Doña Perfecta o los Episodios Nacionales: oratorial, pomposo, como si supiera que está quedando grabado. Es claro que directores como Zacarías o Juan Orol, que trasladaron bastante de esa percibida continuidad con lo español a sus argumentos y personajes, hayan producido películas que parecen la adaptación de novelones del XIX, pero con magueyes y nopales de fondo.
Si bien las tomas rara vez son demasiado complejas ni atrevidas (por no hablar de la burda, a veces hasta cómica edición), lo cierto es que captura como promete la imagen clásica del campo como nunca nadie que no fuera hacendado lo vivió. Lo romántico del escenario convence para volver a suspender la verosimilitud y dejarse llevar por el ambiente; no tanto por sus escenografías, no siempre bien logradas (de hecho a veces muy torpes, como el falsísimo cielo crepuscular del cementerio, a donde convenientemente, nadie va a otra hora que no sea la puesta de sol) sino por el cuadro moral que ofrece de servidores leales, pendientes de la honra de sus amos y los de arriba severos pero justos con los suyos. Toda una gran familia que se es leal a sí misma hasta para ir a agarrarse con otra.
Si estás dispuesto a conceder dos que tres licencias, vale la pena entrarle a esta pieza histórica del cine mexicano.


