Portada de la película El suavecito.
Portada de la película El suavecito.

Reseña por Memo Fromow

El Suavecito (1951)
Fernando Méndez

Cinematográfica Intercontinental
Película: Romance / Drama

Una historia de crimen, redención y pachucos.

Y no empiecen con sus albures: esto no es para reír… como no sea de algunas de las posiciones más ingenuamente moralinas del México recatado que se ve aquí. El Suavecito es una película que a pesar de tanto drama, no deja de sentirse como una especie de panfleto alarmista con moraleja, apta para toda la familia, y si fuera más regañona, caería dentro de horrores moralistoides como Mariguana: el Monstruo Verde o El Fabuloso Mundo de los Hippies, pero a diferencia de ellas, El Suavecito es más que un cuento preventivo dados sus (involuntarios) valores documentales; y de pronto, también fílmicos.

Guadalupe es la novia de Roberto, un jovenazo bien fresco y pachucote que habla como toda la gente del resto del país cree que hablamos los del centro de la República: cantadito y lleno de chilanguismos de los 50's en cada frase. Lupita es una novia bonita, pobre y abnegada que cuida a su padre viejo e invalido y le aguanta sus fregaderas al Roberto, quien trabaja de quién sabe qué, pero anda bien billetudo últimamente. ¿A quién no le gusta un novio de dinero? Pues a Lupe, y ya que estamos, tampoco a la mamá de Roberto, con quien vive y que, aunque no dice nada, resiente la ausencia y andanzas de su hijo, sabiendo que seguramente tantas idas a Acapulco y tanta muchacha con la que se junta no son señal de nada bueno ¡pero se aguanta como las machas! A fin de cuentas, no se muerde la mano que alimenta y a ella no es como que le sobre el dinero.

Después de todo, Roberto no es malo: es solo un joven algo pleitero que no pasa de agarrarse a catorrazos cada tanto (y andar un poco de padrote, también). Para malos está El Nene, quien le recuerda a Roberto que él no se manda solo y que, si puede llevarse al baile a Guadalupe, a él sí se las va pagando todas juntas, o si no… Su relación no está del todo clara, pero parece que trabajan juntos de cuando en cuando, aunque El Nene sea quien claramente lleva la sartén por el mango.

Con semejante vidita, es solo cuestión de tiempo para que la noble Lupita se harte de su Suavecito y se vaya con otro, que aparece, providencialmente, en la figura de Carlos Martínez, un taxista pobre, pero honrado, que ya está a punto de terminar de pagar su carrito y está más que dispuesto a ser el Hombre en la vida de esta sufrida mujer. Ay que bonito…pero El Suavecito no está dispuesto a hacer honor a su apodo, y aunque hace como que no le duele, va a dedicar el resto de la película a vengarse de su Ex y de su nuevo galán, sin saber que quien saldrá más cambiado de este borlote, va a ser él.

Esto, que empieza como una venganza adolescente, acabará con Roberto atravesando su propio via crucis moral que lo hará revalorar el tipo de vida que quiere, aunque, hay que decirlo sea de la manera más moralista y ñoña posible. Seh, la manera en que se desenvuelve esta historia es una obvia advertencia a prueba de idiotas para los permisivos padres de los 50's que dejan a sus hijos irse de fiesta a deshoras, bailar bailes indecentes con música gringa y vestirse con esos trajes de chicanos: Dios no lo permita. ¿Qué no hay ya decencia?

Miren, a lo mejor soy solo yo, pero el moralismo de esta película le rezuma por todos los poros y sin embargo ¿saben qué? la verdad es que está lo suficientemente bien escrita para que la moraleja se conjugue de manera orgánica con el argumento, el cual, a pesar de su simpleza, resulta entretenido en virtud de unas actuaciones poco creíbles (como las acostumbra el cine de Oro mexicano) pero que son salvadas por su protagónico, quien, por cierto, es su propio tema.

Recuerdo que cuando cumplí 13 años, me dije a mí mismo: ahora en lugar de decir “sí”, voy a decir “Simón”, como mis hermanos mayores y así voy a sonar bien fresco limón. Sí, sí, sí, eso haré. Pues Roberto me da mil vueltas desde hace más de 7 décadas: tantas cosas que yo creía eran invenciones de los 80's o 90's resultó que eran cosa ya inventada desde el año del caldo, pero verlas utilizadas en un contexto dramático como el de esta historia causa una extraña disonancia que, sin embargo, no deja de hacerme sonreír. Roberto es EL personaje que se roba la película, aunque tenga que compartir el tiempo de metraje con su mujer, su novia y el taxista ¿Cómo se llamaba? ¡Carlos! Ándale, ese cuate.

En efecto, El Suavecito fue el papel que consagró a Víctor Parra, el actor que hasta entonces no había terminado de insertarse de manera concreta en el mundillo actoral: en adelante su carrera despegaría en lo que sería una trayectoria de premios y participaciones varias con otras leyendas de la pantalla como Ricardo Montalbán.

Es una película bonita: sermoneadora, pero no regañona; dramática, pero no demasiado, dado que el tono tan ingenuo ya te avisa que esto no va a acabar tan mal: una película muy elemental pero disfrutable, como dije, sobre todo gracias a su potente personaje principal. También verás lo que era la moda juvenil de la época, aunque bastante descafeinada por la mirada pacata del cine regulado de la época: “jóvenes” (como de 30 años) bailando como no te imaginabas que se hacía y unos trajes que harían sonrojar a Edy Smol o a tu gurú de la moda preferido.


Esta es una ficción tan tímida que nos habla más sobre la época en que se hizo que sobre el mundo en el que se vivía: para eso está Los Olvidados o el cine de documental: aquí déjate llevar por la magia del cine y deja a estos “chavos” ser chavos.

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