




Reseña por Memo Fromow
En la Palma de tu Mano (1951)
Roberto Gavaldón
Mier y Brooks
Película: Novela gráfica
El futuro no le pertenece a nadie.
El pasado está muy atrás y el futuro aún no existe: es de quien lo tome, de quien lo haga. Hay quienes toman a la vida por los cuernos y empeñan sus días en tratar de dirigirla a donde quieren sin que a veces la fortuna se moleste en premiar tanto esfuerzo; hay quienes la toman como viene: aprenden a dejar de preocuparse y a amar la bomba; finalmente, están los que son tan buenos vendedores que de algo que no existe hacen buena mercancía ¿A quién no le gusta pensar que el futuro está ya escrito y es solo cosa de saber leerlo para tomarle la delantera al destino? Tan fácil que es: está en todos lados, en las estrellas, en los números, en los sedimentos del café, en las tripas de los animales y en donde quiera, pa' pronto. Pero como aprender esas cosas toma mucho tiempo y mientras hay que trabajar, mejor se lo encargamos al horóscopo o al charlatán vestido a la oriental que tengamos más cerca de casa.
Así se gana la vida el ““““Profesor”””” (y me faltan comillas) Karin, charlatán profesional interpretado por Arturo de Córdova en la que debe ser una de sus más convincentes interpretaciones. Karin es un estafador profesional que emigró de Europa con su amante Clara y ahora se dedican en conjunto a exprimir a los capitalinos del antiguo Distrito Federal merced a una ingeniosa operación en que Clara atiende a gente de alcurnia en una estética, aprende sus chismes y luego los recomienda con Karin, a quien le sopla todo el chisme caliente de modo que, al ir a verlo las clientas de Clara, quedan apantalladas por todo lo que el Profe “lee” en la palma de sus manos. El negocio va viento en popa y a Karin le alcanza para un suntuoso estudio-escenario frente a la Alameda Central, en Avenida Juárez. Pero con todo, nunca es suficiente para un hombre ambicioso como él, y cuando Clara le pasa el chisme de que el riquísimo Vittorio Romano acaba de morir después de descubrir la infidelidad de su mujer con su sobrino, Karin siente que el gordo acaba de ponérsele mero enfrente, listo para pegarle y salir de pobre de una vez. Clara le dice que tal vez no sea tan buena idea mezclarse con gente potencialmente peligrosa, pero el personaje se tragó al hombre, y orgulloso de su propia habilidad como charlatán, Karin va solito a meterse a la boca del lobo en busca de unos cuantos billetes.
El género noir no es ni ha sido nunca lo mío, pero desde que colaboro en Rehilete me he dado cuenta de que estas historias pueden ser (en el mejor de los casos) genuinos cuestionamientos a la naturaleza del poder y sus instituciones; y cuando no, son de perdis un entretenido rompecabezas para traerte con la mente encendida un rato tratando de adelantarte a los giros de los guionistas. En la Palma de tu Mano es, dentro de los cánones fílmicos del cine de oro mexicano, una película sorprendentemente ambiciosa en cuanto a la complejidad de su misterio. Tampoco es para volverse loco, que no es El Halcón Maltés, ni siquiera una novela de Paco Taibo II: es una historia romanticona que, si estás de buenas para aguantar pasajes bastante lentos, te recompensará con unos buenos giros de tuerca sin salirse de la estética ni las convenciones morales típicas del cine clásico nacional.
Esto último no es realmente una desventaja: igualmente buenos resultados puede darte transgredir las reglas de un género como saber seguirlas con la maestría que permite el dominio de una narrativa bien conocida y el ambiente de En la Palma de tu Mano es de lo mejor logrado que he visto en cuanto a ceñirse a la estética noir más conocida, y eso sin caer en el cliché del detective y la femme fatale… Bueno, en ese sí, pero es justo el moralismo mexicano de la época lo que previene a la película de caer en el remedo del cine gringo y termina adaptándolo mediante el establecimiento de una dualidad moral/virtud que poco cuadra con la imagen estadounidense y plenamente cínica de este tan bien conocido tropo. Ya verán a qué me refiero cuando la vean.
La labor conjunta de Roberto Gavaldón y sus ayudantes en esta ocasión, Eduardo Bringas y Alex Phillips, consigue una iluminación tan dramática por cuanto apoyada en las sombras, que convierte a la vieja Avenida Juárez en una suerte de Nueva York sombría y criolla con su Hemiciclo a Juárez sumido en la penumbra, los vapores nocturnos y las luces de neón del estudio de Karin, así como de otros refugios para noctámbulos en los que transcurre esta historia. Nunca dejamos de movernos en la penumbra, como es ley en el buen cine negro, ya sea en las oscuras calles de la ciudad, como en las carreteras a medianoche, las casonas adornadas al gusto del art noeveau en boga entre los ricos del alemanismo o en las cantinas y tugurios que componen la nueva noche mexicana, reflejo del alma torva de sus nuevos habitantes, antiguos moradores de la provincia inundada de sol. No será la verdadera noche, sino solo un set, pero para ser una adaptación de un género típicamente estadounidense, da un gatazo más que convincente.
Si me preguntan, Arturo de Córdova no era precisamente un gran actor: no me quito la sensación de que todo lo dice un poco igual, y aquí no es la excepción: la película es fiel a sus modelos estadounidenses hasta en ese tono neutro de sus actores que es el equivalente mexicano del famoso Atlantic Accent tan distintivo de las películas gringas de la época. Pero para un actor como de Córdova, algo monótono de por sí, le viene como anillo al dedo para interpretar a un personaje confiado, calmado y todo-lo-puedo al estilo de Humphrey Boggart.
El viejo-nuevo México de los 50's se esforzó siempre por parecerse a su modelo del norte tanto en las instituciones, el modo de vida y prácticamente todo, que los efectos de esa marea cultural no podían ser ajenos al cine, industria ligada al extranjero como la que más. Como dijimos, eso no es necesariamente malo, y en esta ocasión, nos da como resultado una hibridación muy orgánica entre la moral nacionalista y puritana del México que entraba en la modernidad tecnificada con el escepticismo y frialdad distintivos del noir, los cuales eran la contracara del optimismo norteamericano e hicieron al género policiaco una especie de consciencia oscura del estadounidense que, por supuesto, aquí en México ya nos encargaríamos también de importar, adaptar e hibridar conforme a nuestra propia tradición de tristezas.
Vale la pena echarse estas casi 2 horas de enredos, mujeres guapetonas en los trapos más a la moda del siglo pasado y amores trágicos pero expresados con una inverosímil mesura. Es lo más cercano que he visto a un Casablanca mexicano, solo que sin nazis, ni ínfulas imperiales: una modernidad todavía con nostálgico sabor a provincia.


