La fortuna favorece a los audaces... y a los guapos.
Todo es un poco más fácil cuando eres guapo: te escucha la gente, te admiran las mujeres, no te ladran los perros. Pero si encima eres Pedro Infante, no hay desgracia que se te resista, y de forastero puedes pasar en tres días a millonario
¿Qué no se hace por una cara bonita?
Hoy que se habla tanto del 'pretty privilege', del CV sin fotografía o de lo que significa excelente presentación en los anuncios de trabajo, vale la pena mirar al pasado y ver lo despreocupado que estaba el mundo por ese tipo de cosas en 1955. O al menos lo despreocupados que estaban los guapos, que esta película está llena de ellas y ellos: con razón es tan fácil la vida en la pantalla.
De la mansión de la familia Valverde acaba de escaparse con toda la platería Óscar, el enésimo vagabundo (y chofer) que recogió de la calle la angelical, aunque algo lurias, señora de la casa, Doña Emilia. Con este van quién sabe cuántos, y la costumbre tiene ya hartos a su marido Miguel, a sus hijas Susana y Laura, y a su sufrido mayordomo Audifáz, quienes están seguros de que esta última decepción con Óscar hará recapacitar finalmente a Emilia, sin saber que Pedro Infante, o más bien Alberto Medina, un muy mal vestido sujeto que acaba de tener un accidente casi fatal en carretera anda buscando urgentemente un teléfono, y cuando Pedro Infante toca a tu puerta, nadie sabe lo que va a pasar.
Doña Emilia no aprendió nada, o si lo hizo no se acuerda, porque apenas toca la puerta, lo recibe como su nuevo protegido para desgracia de toda la casa, que intenta deshacerse de él: pero es que solo tenían que verlo sin rasurar, porque de pronto, todas las mujeres recapacitan sobre el nuevo conductor.
Para variar, y como suele pasar con los personajes de Infante, su nobleza de carácter y la buena cara (muy buena cara) que pone al mal tiempo no tarda en ganarse a cuanta chica bonita en esta película, al punto que al segundo día ya está a punto de andar con la hija del Sr. Vértiz, un millonario del que el malhumorado Don Miguel Valverde necesita hacerse amigo. De modo que en menos de tres días Alberto pasó de vagabundo a tener comiendo de su mano al mismísimo Sr. Valverde.
Lo que nos queda de la película será una corta comedia de confusiones en la que al bigotón favorito del México de ayer y hoy le sale todo bien mientras nos deleita con esa voz que le ganó el corazón de medio continente.
Esta comedia no necesita gran cosa para funcionar: un par de escenarios muy sencillos, otro par de caras bonitas y el resto corre por cuenta de Pedrito Infante. Es increíble cómo esta película pudo tener tanto éxito de taquilla en su momento con lo que debió ser una paupérrima inversión en utilería y escenografía: verdaderamente, en toda la película apenas salimos de la casa de los Valverde, y cuando lo hacemos es para hacer una de esas clásicas tomas viejas en los automóviles en los que CLARAMENTE el coche no se está moviendo o a un par de sitios que bien podrían ser el patio de mi casa o la sala de la tuya.
Los actores, aunque varios destacarían después en otros proyectos (menos Miroslava, quien se quitaría la vida cinco semanas después de filmar esta película) y por ende no se trata de malos actores, aquí interpretan personajes que son poco menos que pretextos para que Pedro Infante haga su magia: las mujeres caen rendidas ante él, mientras que los hombres son víctimas de sus tretas y su humor. Infante es inconmensurable. Es difícil pensar que esta película no se hizo a su medida, pues la abarca prácticamente toda; la trama se mueve en función a sus acciones, los personajes cambian y avanzan cuando el toque mágico del guion lo hace entrar en escena. Como historia no es fuerte en absoluto: esto es un show cómico de variedades alrededor del cual se inventaron una historia romántica para que amarre. Es una encantadora sucesión de chistes, canciones y situaciones disparatadas que tiene clara su mayor filiación con el acto circense o de carpa que con el séptimo arte: pasamos de juegos de palabras a situaciones de pastelazo en una misa escena más de una vez y lo disfrutas de cabo a rabo.
La clásica fantasía telenovelera de ser pobre pero honrado aplica solo a medias aquí, y quizás por eso se siente mucho más fresca respecto a sus otras menos afortunadas iteraciones: no en vano Escuela de Vagabundos se considera con toda su ligereza e imposible absurdo, una de las más icónicas películas mexicanas. No se trata de ningún sermón moralista donde la virtud recibe su justa recompensa sobre las apariencias, que aquí triunfan sobre todo: como buena comedia ligera, asume de lleno el absurdo de su premisa y la lleva hasta las últimas consecuencias de modo que lo que regularmente terminaría con un “como si esas cosas pasaran”, termina en una sincera carcajada cuando el depositario de toda esa imposible suerte es el querido de todos Pedro Infante. ¿Cómo enojarse con él?