




Reseña por Memo Fromow
La Sangre Vacía (1982)
Rubén Salazar Mallén
Lecturas Mexicanas
Libro: Novela
El despropósito de creer: una denuncia contra la violencia política.
Se puede ser un militante de muchas cosas y de muchas causas: el cuidado de la naturaleza, los derechos de los animales, de la igualdad de derechos, etc. Pero ¿De dónde viene la palabra militancia? Pues del verbo militar. Cosa de soldados, de gente muy dura, muy disciplinada y completamente entregada a su objetivo.
En la famosa novela Los Días Terrenales, de José Revueltas, uno de los más célebres e íntegros militantes de la izquierda mexicana, tenemos la escena de un dirigente comunista dejando de lado la muerte de su propia hija bebé en favor de seguir desempeñando su rol: para él, todo lo que no sea su militancia, ha pasado a segundo plano, la militancia se ha tragado al hombre y es ahora un monje: alguien para quien el mundo presente no existe sino como un necesario peldaño para el etéreo mundo que vendrá, para la venida de Dios a la Tierra. Llámese Cristo, llámese la Dictadura del Proletariado, ahora es una entelequia, algo que no pertenece a este mundo, lo que dicta su actuación en él.
El fanatismo es una de las más arquetípicas y más fácilmente identificables conductas humanas, y también una de las más peligrosas, por obvias razones. Ríos de tinta se han vertido para denunciar sus peligros, desde ensayos geniales como los de John Locke y Voltarie, hasta novelas como las de José Revueltas, o aquella que nos ocupa el día de hoy. Eso sí, bastante menos lúcida, mucho menos bella y escrita por un personaje quizás aún más torvo: Rubén Salazar Mallén.
Salazar es de esos personajes de segunda (muy segunda) línea en el panorama de las letras nacionales. Hoy son muy pocos quienes lo recuerdan fuera del ámbito estrictamente literario o académico, que fue aquel en el que en vida se desempeñó: y quienes lo recuerdan, generalmente lo hacen en virtud de un detallito chiquitito, casi insignificante y que sin embargo es casi lo único que los lectores casuales recuerdan de él cuando de casualidad se topan con él: ser un partidario del nazismo.
Y lo peor es que ni siquiera era un buen nazi: no era un convencido como Salvador Borrego o alguien que al menos llevó el baldón con elegancia como Vasconcelos en su momento. Era simplemente alguien tan, pero tan anticomunista, que se definía más por lo que odiaba que por lo que era.
Ahondar en su vida y su obra no ayuda mucho a su imagen: un hombre jorobado que escribió siempre de cuán solitaria y sin sentido era la existencia, no digamos los propósitos que pretendemos darle, y sobre todo, la política.
Mallén vivió y murió en la oscuridad como un grisáceo profesor universitario de ciencias sociales y colaborador periodístico para hechos de actualidad, dejando atrás obras que hoy ya no se editan y artículos periodísticos más útiles e interesantes para conocer la figura del propio Mallén, que para informarse sobre una actualidad que hace mucho dejó de ser actual.
Así pues, se entiende un poco mejor La Sangre Vacía, una novela corta y acelerada sobre la guerrilla urbana en el México de los 70's, la cual recrea la vida de una célula terrorista integrada por estudiantes que enmascaran sus actividades subversivas bajo la fachada del Consejo de Estudios Sociales, un órgano con fines puramente académicos. Julio Robles lleva una doble vida como intelectual de día y cabeza/verdugo de esta célula en sus ratos libres. La brutalidad de sus medios contrasta con la imagen de hombre estudioso y metódico que proyecta de frente a amigos y enemigos por igual.
Nuestra novela empieza con un audaz asalto a mano armada que termina con mucha sangre, el primero de muchos crímenes cometidos por la célula de Robles, integrada tanto por otros universitarios como por gente sencilla cuya colaboración es vital para la logística del grupo, aunque nunca deje de traslucirse un discreto desprecio que Robles y los compañeros más intelectuales del grupo sienten hacia ellos.
Entre la presión policial, los riesgos propios del oficio y las rencillas internas, vemos a los miembros del grupo caer como moscas bajo la perturbadoramente serena mirada de Julio, quien siempre sabe qué hacer, lo asume como pérdidas necesarias para la causa y se las arregla para reclutar nuevos adeptos. Ningún sacrifico es excesivo para nuestro protagonista, cuya severidad empieza a hacer mella no solo en él, quien se nos presenta como un alma condenada, sino ante a sus colegas, a quienes su celo revolucionario comienza a aparecerles como un riesgo para su propia integridad.
Se trata de una historia clásica, si lo piensas bien; transitada antes ya por muchos autores y en varias historias: el hombre a quien consume su causa, carente ya de sentido por cuanto destruye lo mismo que dice proteger, contraparte complementaria de la figura del avaro a quien sus riquezas poseen y no al revés, como debe ser.
Nadie queda bien parado en este juicio a la sociedad: los revolucionarios son unos carniceros; los industriales mezquinos y egoístas; la ciudadanía un hato de borregos que o son víctimas pasivas del terror o se dejan manipular de otros más listos que ellos.
Cabe esperarlo de un hombre amargado, pero no esperes tampoco una gran revelación de un hombre con más resentimiento que imaginación y cuya recreación de la guerrilla desde el interior responde más a la imagen propagada por la prensa de la época que a un testimonio de primera mano, lo cual se hace patente en la manera tan simple en que Mallén imagina la vida en clandestinidad: algo que se lleva como una segunda chamba, sin siquiera barruntar la complejidad de la logística detrás del activismo radical. No esperes aprender gran cosa de esta parte de la historia mexicana aquí: sus personajes son arquetipos para probar un punto, no un documental.
Lo verdaderamente interesante de este libro es la audacia y agilidad tan tremendas de su prosa. No perdemos tiempo: tan pronto Julio o alguno de los personajes se propone algo, al párrafo siguiente ya está manos a la obra. Mallén no pierde tinta en vana ambientación, al menos no como estamos acostumbrados a entenderla: la propia velocidad del relato es su propia atmósfera, pues la rapidez de la prosa, el ritmo imparable, están en perversa armonía con la vacuidad de las acciones de nuestros personajes; vanas hazañas con vanos propósitos y con vanos finales. La vida no vale nada, solo los instantes de ella que sirven para matar o ser matado en aras de un propósito que es, en el mejor de los casos, ilusorio, cuando no se trata en realidad de una máscara para dar apariencia de nobleza a motivaciones más mezquinas, como el rencor, la lujuria, el resentimiento o la mera estupidez.
La Sangre Vacía es, tanto como creación literario, como en su calidad de ejercicio formal, una obra desoladora, que no da tregua ni en su forma ni en su fondo, fiel reflejo de un hombre que no creía ya realmente en nada más que el trágico destino de la humanidad.
Antes de todo, cuando era muy joven allá en los años 20, Salazar Mallén fue un liberal, postura que estaba mejor representada en el México de entonces por el Vasconcelismo (con bastantes comillas, cabe agregar). Ese fue el primer amor de Mallén; después sería, irónicamente, comunista, antes de desencantarse de todo y contentarse con ser un cronista de su siglo. Pero en el fondo, como buen liberal, aquello en lo que creía era en la posibilidad del hombre de ser libre. Nada de lo que encontró en el menú político de su época lo convenció (mucha fe en el mercado tampoco parece que tuviera) pero en lo esencial, en su vitriólico rechazo a la izquierda vivía la creencia sincera de que la condición única en que el hombre puede ser digno es en libertad.
Nunca halló un camino que él considerara convincente para alcanzar ese propósito, pero cuando menos, consideró igualmente válido el propósito de advertir contra uno de los muchos caminos que hay para ser sometido.
Uno menos.


