Portada del libro La Tumba.
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Calificación favorito de Rehilete
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Reseña por Augusto Montero

La Tumba (1964)
José Agustín
Ediciones Mester
Libro: Ediciones Mester

A veces estar en la onda puede llevarte a la tumba.

Cuando uno crece, se da cuenta que ser estúpido no es exclusivo a los jóvenes; pero ser joven sin ser estúpido realmente es toda una hazaña. Creerse el rey del mundo y sentirse don v… Sí, sí, no me vengan que a sus dulces 16 años no pensaban que ya sabían todo de la vida; que sus padres no los entendían porque ya son viejos (ya no están en onda -aunque esa palabra hoy día ya no se usa, pero se entiende de igual manera- y su tiempo ya pasó); que la única manera de vivir es arriesgando la vida misma, porque así se sabe que están en este plano (sexo, drogas, alcohol y rock n’ roll -o reggaetón actualmente- para que la fiesta nunca acabe). Y aunque parece algo moderno, en realidad, está idea de la juventud rebelde en una u otra medida es algo común a toda la historia de la humanidad; sin embargo, vamos a enfocarnos exclusivamente en la década de los 60 en México.

La Literatura de la Onda fue un movimiento contracultural que surgió en México durante la década de 1960, caracterizado por dar voz a la juventud urbana y romper con el canon literario solemne de la época. Impulsado por autores como José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña, este estilo se distinguió por el uso de un lenguaje coloquial cargado de modismos, referencias constantes al rock and roll, la psicodelia y una actitud rebelde frente a las instituciones tradicionales. El término fue acuñado originalmente por la crítica Margo Glantz para agrupar estas obras que exploraban la libertad sexual, el consumo de drogas y el rechazo a los valores burgueses, marcando una transición fundamental hacia una narrativa más espontánea y cercana a la realidad inmediata de las calles mexicanas.

Dentro de ese movimiento, hay un autor que leí a mis 16 años, José Agustín. ¿El libro? La tumba. Lo digo con orgullo, en sentido de reconocer la vergüenza juvenil. Vamos, que me da ternura mi yo de hace 15 años, porque puedo reconocer, sin que me dé pena ajena -porque hace 5 o 6 años me hubiera dado pena ajena pero justamente aceptar sin vergüenza tu pasado indica madurez- que cuando leí ese libro dije: “Literal, soy yo”. Sí, yo me sentía el protagonista vale verdura que se siente bien fregón y quiere desafiar al status quo desde la comodidad de su burbuja de privilegios.

La novela nos narra las desventuras adolescentes de Gabriel Guía, un adolescente de clase media-alta que vive una crisis emocional y existencial. Desde el inicio se percibe su desencanto: la escuela, la familia y las normas sociales le resultan sofocantes, y su lenguaje -directo, juvenil, lleno de jerga- refleja una rebeldía más íntima que heroica. Gabriel se siente aislado, irritado con el mundo y, sobre todo, atrapado en una mezcla de aburrimiento, rabia y tristeza que no sabe nombrar del todo.

A lo largo del relato, Gabriel intenta afirmarse a través de pequeñas transgresiones y de una actitud desafiante frente a los adultos, mientras su vida afectiva y sexual aparece como un territorio confuso, impulsivo y a veces cruel. En ese vaivén, las relaciones con amigos, la figura de los padres y ciertos encuentros decisivos van intensificando su sensación de vacío. El “descenso” del protagonista es un recorrido por su mente, donde la lucidez y la autodestrucción se rozan constantemente. El resultado es el retrato de una juventud que choca contra la hipocresía y el confort, y que termina revelando el costo emocional de vivir sin brújula. La novela deja una impresión amarga: la rebeldía como grito y como síntoma.

Si usted, estimado lector, conoce a algún adolescente descarriado con afición a la lectura -lo cual sería algo raro, pero agradable- recomiéndele encarecidamente la lectura de esta novela de juventud, porque a veces sentirse reconocido dentro de un libro ayuda a tener otra perspectiva de la vida. Quizá le caiga el veinte de su actitud o quizá la empeore, pero el hecho de que toque una fibra en él ya habrá hecho que su lectura valiese completamente la pena. Me despido por ahora con mi parte favorita de la obra, una que incluso una ex compañera de preparatoria me publicó en mi muro de Facebook hace años porque ella se burlaba de mí por el hecho de que yo me sentía identificado con el protagonista:

Clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic…