Portada del libro Las Armas de la Ilusión.
Portada del libro Las Armas de la Ilusión.

Reseña por Memo Fromow

Las Armas de la Ilusión (2026)
Jordi Soler

Alfaguara
Libro: Memorias / Biografía

La vieja juventud presenta el recuento de una era.

Si en 1999 me hubieran dicho que en algún punto esos días serían historia antigua, cuyos sucesos serían vistos como eventos lejanos, tan lejanos como para mí eran en ese entonces los de los 50’s o los 60´s, pues hubiera contestado “Obvio”. Pero secretamente, en mi fuero interno, en mi centro más chicloso y refractario a todo lo que no fuera un durísimo presentismo vital, no le hubiera creído ¡Para mi joven yo, los noventas y dosmiles durarían eternamente! Pero como dice Panteón Rococo: el tiempo pasó y todo cambió ¡el tiempo pasó, y todo acabó!

Alguien más que se ha dado cuenta desde hace tiempo que las cosas ya no son como antes es Jordi Soler, veterano escritor y ex-chavo de onda en los tiempos del grunch, Radioactivo y el zapatismo chiapaneco: quien entendió, entendió banda. Hay quien diría que los 90´s en México fueron los nuevos 60´s, con todo y la Secretaría de Gobernación respirándole en la nuca a todo lo que oliera a disidencia. La crónica de las dos décadas siguientes a la rebelión de los Zapatistas es lo que nos ofrece, desde su muy personal perspectiva, Jordi Soler, a quien quizás conozcas por su labor literaria y cultural de los últimos 25 años, consistente de una veintena de libros (si no es que más) y una constante participación en cuanto proyecto alternativo surgiera durante ese tiempo.

Las Armas de la Ilusión es el recuento de ciertos incidentes especialmente coloridos durante la carrera de Jordi Soler, desde sus inicios como operador de una estación de radio y las peripecias que pasó por poner desde esa trinchera su granito de arena por la causa del subcomandante antes-conocido-como Marcos, hoy Galeano; hasta el tedio laboral como miembro de la diplomacia cultural mexicana y los agridulces resultados de mezclar el trabajo con el placer: la absoluta indiferencia de los irlandeses por José Luis Cuevas es mucho más llevadera cuando implica que puedes dormir en la casa de Oscar Wilde.

El ritmo de la narración va de la trepidante emoción y optimismo de los noventas hasta dar, más o menos a eso de la mitad del libro, con un súbito desgano tanto en ritmo como en la concepción del autor por las cosas de las que, en el umbral de su madurez, empieza a verse rodeado: la rutina laboral, el ajustarse a los lineamientos de una política cultural caprichosa, cuando no anodina, y la desazón de envejecer, la cual, aunque nunca se afronta directamente como tema del libro, determina el tono de las últimas 80 páginas, aproximadamente.

No voy a mentirles: el ánimo de leer se fue apagando conforme avanzaba y acababa viéndome más y más hundido en detalles de una vida personal en proceso de regularización según los cánones domésticos. La remembranza de su expedición por Bulgaria para asistir a un evento oficial con Sergio Pitol me recordó a algunos de los más ácidos pasajes que Ibargüengoitia o Gustavo Sanz escribieron para describir la vida de los cultos en Estas Ruinas que Ves o Muchacho en Llamas.

La transición del autor que va de un jovenazo fresco limón metido en todo lo relacionado con la contracultura a un funcionario cultural cada vez más hundido en el odioso ceremonial de la burocracia diplomática es revisitado con una ligereza que suena a una suave mofa de todo lo relacionado con lo culto; como desacralizando no solo la pacata etiqueta que rodea a los creadores, promotores, publicistas y otros engranes de la maquinaria cultural, sino también al proceso de institucionalización de casi todo lo que alguna vez se vio como una herramienta revolucionaria (como la literatura y la música). Pasamos de verlo en los caóticos eventos auto organizados y a menudo desmadrosos en apoyo al zapatismo, a una desangelada cena de gala con el ahora “rey-emérito” Juan Carlos de Borbón para honrar a Elenita Poniatowska, evento plagado de pequeñeces bochornosas que no por cómicas dejan de exudar un cierto tufo de la decepción propia de la vejez; tanto propia de las ideas que una vez nos hicieron jóvenes. Ante la temprana decrepitud de las ilusiones en la nueva modernidad líquida, sólo nos queda reír, y a veces, sin muchas ganas.

¡Pero no hay que poner caras largas! Además de la siempre bienvenida remembranza de un tiempo para mí tan entrañable como son los tardíos 90's y tempranos dosmiles, esta cajita de recuerdos tiene lo suyo: la estrambótica figura de Fernando Vallejo hace un cameo que despierta memorias que yo creía haber soñado; el tan bien evocado fin de siglo me trae imágenes encantadoramente borrosas de lo que fue la vida de mis hermanos mayores, cuya cultura juvenil me pegó de rebote y asumí como mía en un grotesco, pero constructivo período de mi vida. Yo miro estas crónicas con la complicidad de quien vio lo mismo que el autor, y estoy seguro de que los lectores treintones compartirán conmigo la nostalgia de lo que fue vivir, aunque fuera de coletazo esa época, por no hablar de los que la experimentaron en plenitud.

Y para los más jóvenes, en cuyas manos acabe este libro, sepan que el mundo no siempre fue como es ahora: hubo un tiempo en que la emoción de la cultura era un poco el saberla proscrita, prohibida, pero prohibida de veras, no las funas de juguete que hoy día son cosa de cada semana. Tiene que picar un poco: cuando deja de hacerlo, se momifica y se convierte en lectura obligada de la escuela. Es un poco el proceso de toda cultura, y puede ser vano pensar que aún advirtiendo de ello, se logrará torcer una dinámica social con milenios de antigüedad; pero si no es advertencia, cuando menos que sea, como sospecho quiere ser este libro, un llamado a disfrutar la sensación de lo nuevo y rompedor, tan propia de la juventud, mientras dure.

Ya habrá tiempo de ser viejo…

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