


Reseña por Augusto Montero
Leona (2018)
Isaac Cherem
Fosforescente / Terminal
Película: Drama / Romance
El problema de no ser una buena hija judía.
Ahhh las tradiciones, a veces parecen anticuadas (y a veces lo son). Otras veces son más un problema para la vida antes que una forma correcta de vivirla (si es que hay tal cosa como una forma correcta). Es importante mencionar que yo no me pondré a juzgar y decir si tal o cual “norma comunitaria” es arcaica o errónea, -genuinamente no soy quien para hacer eso- pero sí abordaré una película que expresa los problemas que bajo mi subjetividad -importante recalcar la palabra subjetividad- implica seguir viviendo con normas demasiado rigurosas que determinan una deshonra y expulsión de dicho “club exclusivo”.
Hablar del judaísmo puede ser un tema complicado y sensible (entre la persecución histórica, el Holocausto y el controversial Estado de Israel). Pero en este caso no vamos por el camino de hablar de la religión en sí o su comunidad vista desde el exterior -¿o quizá sí?- sino de cómo es el rol esperado de la mujer judía: la vida que se espera viva por haber nacido dentro del seno de esa religión.
La película Leona, del director judío Isaac Cherem, sumerge al espectador en la vida de Ariela, una joven muralista de veintitantos años que vive en la burbuja tradicional y conservadora de la comunidad judía-siria en la Ciudad de México. Su vida parece predestinada: casarse con un hombre de su círculo, formar una familia y seguir los lineamientos religiosos inmutables. Sin embargo, Ariela se siente cada vez más asfixiada por estas expectativas, especialmente por la presión constante de su madre para concretar un matrimonio conveniente.
La trama se complica cuando Ariela conoce a Iván, un joven ajeno a su comunidad, inteligente y de mente abierta. Lo que comienza como una amistad cautelosa, pronto se transforma en un apasionado y secreto romance. Ambos se ven obligados a llevar una doble vida, encontrándose a escondidas en cafés y apartamentos, mientras Ariela teje una red de mentiras para evadir la vigilancia familiar. Esta relación clandestina es una exploración de su autonomía, pero también la expone al riesgo de la exclusión social. Cuando el romance es inevitablemente descubierto, la reacción de la familia y el clan es inmediata y devastadora. Ariela se enfrenta a un doloroso ultimátum: renunciar a Iván y a su libertad o ser expulsada de su entorno, perdiendo todo lazo con su herencia y seres queridos.
La película es un intenso drama de formación que se centra en esta batalla interna, documentando el alto costo emocional de luchar por una identidad propia frente a la lealtad hacia la tradición, forzando a Ariela a tomar una decisión que la marcará para siempre.
Una vez un hombre sabio dijo: “En la vida tienes que elegir tu difícil”. Es difícil estar dentro de la comunidad, es difícil estar fuera de la comunidad: elige. La vida son elecciones; estas marcan nuestro rumbo y quienes somos. No somos lo que somos por haber nacido en tal lugar o dentro de una comunidad; somos lo que elegimos ser. Al final la película nos deja una reflexión profunda: para poder vivir plenamente debemos tener el valor de querer ser (y hacer) lo que creamos mejor para nosotros mismos.




