Portada de la película Leonora.
Portada de la película Leonora.
Calificación recomendado de Rehilete
Calificación recomendado de Rehilete

Reseña por Memo Fromow

Leonora (2025)
Lena Vurma / Thorsten Klein
Dragonfly Films
Película: Biográfica

Precaución: La creación de arte puede ser nociva para la salud.

Es fácil dejarse ilusionar por el espejismo de la vida del artista: una vida colmada de lujos, glorias, honores y dedicada en exclusivo al ejercicio de la creatividad con el objeto de aumentar la belleza del mundo. Sin duda, la vida del pirata es la vida mejor.


Luego creces solo para darte cuenta de que tantos de tus ídolos del mundo del arte son un manojo de complejos, traumas, inseguridades, tragedias y horror. Aunque no creo en el lugar común de que el sufrimiento sea una necesaria contracompensación por el don de la creatividad, es innegable que mucho de lo que ha hecho grandes a los grandes ha sido el saber convertir el dolor de su existencia en algo maravilloso que, si no sirvió (en muchos casos) para aliviar su propia pena, se convirtió en inspiración y deleite de generaciones enteras. Los hay felices que pudieron combinar una vida de alegría con la capacidad creadora del genio: Leonora Carrington, sin embargo, no fue una de ellas. Una vida compleja en tiempos complejos. Ahí le tocó vivir, como diría Cristina Pacheco (insértese el 'Mambo del Politécnico').

Leonora Carrington es de esos nombres consagrados en el mundo de la gráfica mexicana, aunque sospecho que, como yo, gran parte del respetable público la ubicará por poco más que el nombre y el piropo nacionalista de que eligió nuestro país como residencia e inspiración. Su obra y su vida, por lo demás, hasta ver esta película, nos son más bien ajenas como lo suelen ser las sensibilidades extrañas que inspiraron un trabajo del que sabemos poco más que haber sido, como las etiquetas del tequila, 'Hecho en México' ¿Y cómo culpar a nadie por eso? Las vanguardias a las que perteneció Carrington responden a un momento histórico y a una sensibilidad más bien ajena a la tradición mexicana; no en vano Carrington era hija de un millonario inglés que la mandó a estudiar a París, la patria de todo lo que resultaba chocante y extraño a alguien como él, no digamos a un país tan aferrado socialmente a sus tradiciones como el nuestro. Aunque estoy bastante seguro de que Carrington abreva de la tradición plástica medieval-renacentista en clave nórdica, de mucho prestigio y antigüedad en las Europas, eso no es tan bien conocido de este lado del charco, al menos no como una influencia de demasiado calado en nuestras artes nacionales; de ahí que cosas muy vistas en el arte holandés, aquí parezcan salidas de una mente trastornada y que, aunque sí estaba muy trastornada, trabajaba sobre modelos bien conocidos dándole toques vanguardistas.

Viendo bien, te darás cuenta que esas figuras espigadas en entornos de ensueño que pueblan la obra de Carrington son muy similares a las que se ven ya en El Bosco, Lucas Cranach o los Brueghel. Vino nuevo en odres viejos.

Pero me desvío. Ahora sí, a lo que nos truje. Leonora es una producción mexicano-alemana-británica-rumana (uffff), escrita y dirigida por los muy germánicos Thor Klein y Lena Vurma, estelarizada por la británica Olivia Vinall, con actuaciones de la mexicana me-pego-un-tiro-si-no-es-italo-descendiente Cassandra Ciangherotti en el papel de Remedios Varo y el mismísimo Javi Noble, alias Luis Gerardo Méndez, en algunos roles secundarios. Klein y Vurma se basaron en el libro homónimo de la muy mexicana y ligeramente polaca Elenita Poniatowska de todos nuestros corazones, quien tuvo la ocasión de conocer a la pintora en su mero mole hace ya varias décadas.


Esta es un película contemplativa, muy centrada en tomas lentas, sencillas. Con excepción de algunas escenas clave en las que sí se ve que hubo mayor producción, la mayor parte del tiempo estaremos al interior de casas, pasillos, apartamentos y similares; entornos fáciles de manejar para que pongas atención a los diálogos, estos casuales para tratar de mostrarnos de manera familiar la forma de relacionarse de esta gente tan chic y elegante... cuando no están ebrios o enojados o simplemente indispuestos, lo cual parece ser el modo estándar de Leonora.

Pobre Leonora, su trabajo parece ser fiel reflejo del tipo de vida angustiosa que llevara prácticamente desde que era niña: ella solo quería ser un caballo, pero todo lo que obtuvo fue una familia que se rehusó a comprenderla (aunque no a mantenerla), amantes caprichosos, borlote político y exilio autoimpuesto, lejos de todo lo que conocía a ver si así se hallaba.

Europa es el escenario durante unos dos tercios de la película, durante los cuales nos centramos en sus años de juventud con Max Ernst, pintor surrealista como el que más y mentor de la propia Leonora en materia de espíritu y de técnica pictórica. Luego llega la guerra y la vemos irse para España donde pasa una temporada en un hospital psiquiátrico antes de partir para nuestro viejo México: allí se vuelve más artista y más pintora, se casa con un fotógrafo húngaro, encuentra chamba con Remedios Varo, exhibe en galerías de postín y va a conocer Xilitla, a donde la invita el excéntrico Edward James a conocer el jardín que hoy es el deleite de los turistas.

Si me preguntas, no veo mucha influencia de las antiguas culturas mexicanas en el trabajo de Leonora Carrington, pero, por otro lado, yo soy un vainilla figurativo al que hay que enseñarle las cosas de frente o si no, se le escapan, así que bien puedo estar omitiendo cosas importantes en mi apreciación. En la película, vemos cómo Leonora encuentra una especie de confort en el trato campechano de algunas mujeres que acompañan a los trabajadores de James, pero no te equivoques, esto no es una historia de sanación por medio de nativos exotizados: la imaginería en estos tramos de la película es por momentos bastante críptica al punto que no estoy muy seguro de haber entendido la relación de la protagonista con sus congéneres huastecas: cuando estamos en Xilitla todo se mueve como más lento y algunas escenas, en virtud de la intimidad personal que parecen querer acentuar, parecen no tener relación entre ellas. Recursos muy propios del cine de arte: no todo nos lo pueden decir a la cara, hay que inferir... tal vez por eso me sentí un poco perdido aquí, lo que no me impidió disfrutar con las tomas de la Huasteca potosina ni aprender un poco más acerca de la peculiar personalidad que fue Edward James.

Algo que sí creo que la película nos queda a deber es la profundización en el trabajo y técnica de Leonora como artista; si la conocemos como persona, la creadora queda prácticamente ignota. Aquí vinimos a conocer a las personas en sus dolores, no tanto aquello por lo que todos los conocemos. Lo que perdemos en información lo gana la película en discreción.

Es tentador al tratar la vida de artistas irse por la parte más colorida, por aquello que mejor conocemos de ellos. Leonora, lo que quiere, es ser una película mucho más íntima, que aborda la lucha de la creadora con sus propios demonios, pero que lejos de recurrir a alegorías surrealistas, exóticas y otros tantos adjetivos asociados con esta corriente artística, ejerce una mesura digna de un británico de la era edwardiana, en quien el dolor solo puede salir cuando ya no lo puede evitar y preferentemente lejos de donde sea visible, no vaya a dar de que hablar a la gente... y así más o menos sale en la que debe ser la escena más espectacular de la película, esa sí un derroche de imágenes inesperadas y cargadas de significado, como esperábamos los que entramos con ganas de sumirnos en la espiral de la locura de mediados de siglo. De lo bueno poco.

Uno de mis placeres culposos es ver películas que retratan a México desde fuera, entre más estrambótico, desubicado y alejado de la realidad, mejor. Pero la sutileza de esta película me dejó sintiéndome indiscreto. No esperes grandes exabruptos y excentricidades, más bien un muy cerebral retrato sobre la carga, no tanto del artista, sino del ser humano que carga su ración de dolor en la tierra.