Portada del libro Los de Abajo.
Portada del libro Los de Abajo.
Calificación favorito de Rehilete
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Reseña por Augusto Montero y Memo Fromow

Los de Abajo (1915)
Mariano Azuela
Paso del Norte
Libro: Novela

La Humanidad en una botella o el desencanto de la Revolución mexicana.

En teoría la gente se une a una revuelta popular porque ya no tiene nada que perder; pero, además, también suele ser por un ideal. Ciertamente, este suele pasar a un segundo plano; sin embargo, tiene su peso a la hora de tomar las armas. Cuando el ideal se va desvaneciendo, sólo queda el saqueo, las ansias de venganza y los deseos de supervivencia. De alguna manera, así va siendo el sentimiento general en lo que toca a las guerras a lo largo de la historia de la humanidad; empero, hay cierto romanticismo a la hora de luchar por una causa que se cree justa. El desencanto que queda cuando el romanticismo se acaba se refleja magistralmente en la novela Los de debajo de Mariano Azuela.

Mariano Azuela era un viejo descreído y pesimista al iniciar la Revolución, y sobrevivió a ella como un viejo AÚN más descreído y pesimista. Toda su literatura es una sucesión de crímenes, infamias, injusticias irredentas, aprovechados, infames, corruptos. Y bueno, lo que gusten y manden pedir de las alcantarillas morales. Los de Abajo, Esa Sangre, Mala Yerba, Las Moscas y varias más, todas van para el mismo sitio: nuestra continua lucha sobre la tierra es para nada; hasta cuando te toca ser de los grandes, no eres más que una minucia, la cual tendrá el magro lujo de ver cómo la vejez y no la pobreza, acaba contigo. Nada realmente nuevo en una tradición pesimista con siglos de edad y tratada por muchos otros antes, pero que con Azuela toma los ropajes del altiplano y del inverso de la Belle Epoque que fue el México de principios de siglo.

La novela está organizada en tres secciones que cubren la presentación del tema, el desarrollo de las batallas y el desenlace del conflicto revolucionario. El personaje principal, Demetrio Macías, es un agricultor de Juchipila, Zacatecas, que se incorpora a la Revolución Mexicana no por convicción ideológica, sino forzado por una disputa personal con un cacique local que lo obliga a rebelarse. Tanto él como sus hombres comienzan la contienda sin tener metas bien definidas. Posteriormente, se integra al grupo un tal Luis Cervantes, desertor del ejército federal con formación académica. Cervantes se da cuenta con asombro de que los revolucionarios carecen de un propósito ideológico claro. Luego de importantes victorias, como la captura de Zacatecas en 1914 junto al general Natera, el grupo experimenta tanto el éxito militar como un deterioro ético, evidenciado en actos de revancha (como la quema de la propiedad del cacique por Demetrio) y fricciones internas.

El contexto político se vuelve más complejo con el enfrentamiento entre Pancho Villa y Venustiano Carranza. Ante la inestabilidad, Luis Cervantes decide abandonar la causa y emigrar a Estados Unidos; clásico de algunos individuos que aprovecharon el conflicto para beneficio propio y después se largaron con lo que pudieron agarrar: no en vano varios críticos identifican al personaje de Cervantes con Martín Luis Guzmán, intelectual y tránsfuga de la Revolución que luego fue figura señera de la escena cultural mexicana, autor de varios libros y político de trayectoria agridulce (más agria que dulce).

Finalmente, después de que Villa es derrotado, Demetrio y su gente retornan a la región de Juchipila en una situación de extrema pobreza, continuando la lucha por pura inercia. Son emboscados por las tropas carrancistas, que buscan erradicar los últimos grupos leales a Villa, lo que resulta en la destrucción total del contingente de Demetrio. La obra concluye destacando la inutilidad del conflicto y el impacto devastador que la guerra tiene en la psique colectiva.

Literariamente es fácil encajonarla como un realismo social de manual y a otra cosa, como ha pasado injustamente con varios de los mejores y más complejos autores del período bajo la etiqueta genérica de “Novela de la Revolución”. Y bueno, hasta cierto punto, Los de Abajo está, efectivamente entre los productos más convencionales de dicha hornada; sin embargo, cabe recalcar algo que la distingue notoriamente del simple costumbrismo con el cual, no se puede negar, sigue estando tan emparentado: la crudeza con la que sabe combinar su talento descriptivo con el horror de la guerra moderna. Ni Juan A. Mateos en sus Mártires de Tacubaya, ni Victoriano Salado Álvarez en sus Episodios Nacionales Mexicanos tan plenos de estampas de guerra, ni Ireneo Paz en Algunas Campañas, ni Miguel Díaz Covarrubias, ni Manuel Payno y les apuesto que ningún otro de los narradores previos a él, captura con la misma vehemencia la crueldad de la guerra al mismo tiempo que se mantiene fiel al estilo preciosista del costumbrismo previo a él, tan rico en cursilería digna de Jaimito el Cartero: a la descripción de un amanecer descrito con los más bucólicos e innecesarios florilegios sigue la destrucción sin sentido como solo el siglo XX, problemático y febril, supo darle a la humanidad. El efecto de contraste es abrumador y se siente inesperadamente sincero por cuanto ni el mismo autor se esperaba estar pisando terreno nuevo, sino siguiendo los pasos del “buen gusto” en las letras.

Los de abajo trata justo de eso: de la gente pobre cuya única salida de la pobreza durante esos tiempos convulsos fue unirse a la guerra. De todos modos, era obligatorio irse a pelear, agarrados por la leva de un bando, del otro o por el de más allá, pues la otra opción era el fusilamiento. Entonces es cuando surge la pregunta ¿a quién le importan los pobres? ¿A quién diablos le importan los de abajo?

La obra en cuestión tuvo dos ediciones en las que metió mano el propio autor: la primera, publicada en 1916 en El Paso, Texas (una de las capitales del exilio mexicano donde se publicaron muchos libros y periódicos mexicanos durante esa época) y una segunda en 1920. Si en la primera aparecían algunos discretos destellos de esperanza por lo que saldría de la guerra y por el villismo en particular, en la 2ª nuestro viejón vuelve a las de siempre, borrando ese poco de simpatía e introduciendo a un nuevo personaje, el loco Valderrama, supuesta y bastante obvia encarnación de su pensamiento, que ve a los cataclismos históricos como palos de ciego dados por gente demasiado hundida en su propia miseria para darse cuenta que nada cambiará jamás y con un corto paréntesis de destrucción catártica como único consuelo de una vida condenada desde el principio: el desafortunado sino de un pueblo en la periferia de la Historia. Mala suerte.


Obra crítica y cruda sobre cómo siempre son los de abajo quienes terminan sufriendo las consecuencias de los manejos de los de arriba. La obra habla sobre mucho más que simplemente el conflicto armado más sangriento de nuestra nación: a partir de las descripciones del campo de batalla y de la vida diaria de aquella gente, dio el cuadro moral de una época nueva que renovaba los vicios de la humanidad con la renovada crueldad de la guerra en vías de industrialización; vio a la vorágine del Nuevo Mundo arrastrar a una castigada porción de la humanidad al campo de una lucha como no se había visto antes, y lo peor, sin saber realmente para qué (o quién) morían… o al menos eso era lo que él veía, sin conceder un rastro de crédito al acto de rebelión y dignidad que es pelear en un régimen de opresión que va del tirano en la cumbre a la miseria en la base.

No. Desde la mesa de su consultorio, el tétrico Dr. Azuela lo miró todo con el frío primor del científico que quiso ser poeta y sentenció: hoy como ayer, he ahí la humanidad.