Portada de la película Los Olvidados.
Portada de la película Los Olvidados.
Calificación Esencial de Rehilete
Calificación Esencial de Rehilete

Reseña por Augusto Montero

Los Olvidados (1950)
Luis Buñuel

Ultramar Films
Película: Drama

Oye, México, creo que te olvidaste de alguien.

Se siente feo -por no decir horrible- cuando es la fiesta de un compañero de la escuela o del trabajo y no te invitan. A veces genuinamente no es por hacerte el feo, sino que te olvidaron porque no te consideraban tan amigo y se les fue, o quizá simplemente no eras tan importante como creías. Sea cual sea la razón, duele en el ego y en el autoestima. Ahora pensemos que no es una fiesta, sino eso a lo que se les olvido invitarte es a ejercer tus derechos humanos, esos que te permiten conservar la dignidad humana; y quien olvidó la invitación no fueron tus compañeros de oficina sino la Nación, el Estado como ente protector del ciudadano. ¿La razón del olvido? Sencillo: eres pobre. Así de cruda y cruenta es la atmosfera que envuelve a una joya del cine mexicano: Los Olvidados del exiliado español, naturalizado mexicano, Luis Buñuel.

Esta obra de arte, en su momento, incomodó mucho al gobierno, pues obviamente ponía el dedo en la llaga en cuanto a los marginados de un país que supuestamente estaba viviendo el “Milagro mexicano”. Y eso de bonanza económica con pobreza extrema en las calles de la capital, como que suena contradictorio ¿no les parece? Y es que la pobreza (el vagabundo que pide limosna a la mitad de un puente) incomoda no sólo a los ricos, sino también al aspiracionista clasemediero que se siente superior a éste, pero teme, a su vez, llegar a convertirse en él. En parte por eso despreciamos a los pobres: nos incomoda reconocernos en ellos… pero si estamos de buenas les damos una moneda para reconfortar nuestro espíritu. Algo así sucede cuando nos enfrentamos a esta cinta.

La historia gira en torno al Jaibo, un delincuente que escapa del reformatorio para retomar el liderazgo de una pandilla violenta. Su regreso marca el destino trágico de Pedro, un niño con anhelos de rectitud atrapado en la espiral de su entorno. El conflicto estalla cuando el Jaibo asesina a Julián, un delator, bajo la mirada cómplice y aterrada de Pedro. Desde ese momento, el vínculo entre ambos se vuelve una soga asfixiante: el Jaibo manipula y roba la poca esperanza que Pedro intenta cultivar trabajando.


Buñuel introduce pinceladas surrealistas, como el sueño de Pedro, que subrayan el hambre y el desamparo materno reinantes. La narrativa no ofrece misericordia [para evitar spoilers continúe leyendo después de finalizado este párrafo]: Pedro muere a manos del Jaibo en un arranque de furia animal, y su cuerpo termina arrojado a un basurero, símbolo del absoluto olvido social. Finalmente, el Jaibo es abatido por la policía, cerrando un círculo de fatalismo donde la pobreza no es un peldaño, una prueba moral rumbo a la redención, sino una tumba señalada de antemano. Es una crónica feroz sobre la pérdida de la inocencia en un mundo que se niega a mirar el dolor de las figuras incomprendidas que habitan en sus oscuros márgenes.

Hay muchas razones por las cuales ver esta película. Podríamos hablar de que está considerada por varias listas como la mejor o segunda mejor película en la historia del cine mexicano, también hablar sobre el detalle de que Los Olvidados, junto con Metrópolis de Fritz Lang, toda la obra cinematográfica de los hermanos Lumière y El Mago de Oz de Víctor Fleming, son las únicas obras del séptimo arte que han sido reconocidas como Memoria del Mundo; que arrasó en los premios Ariel y en el Festival de Cannes.

Pero más allá de lo mencionado, me iré por mi propia recomendación. Ver esta película nos abre una ventana incómoda, pero necesaria para observar y crear empatía hacia aquellos que, precisamente, están olvidados. Aquellos marginados que han sido obligados a vivir al margen de la sociedad, porque en realidad, estamos más cerca de encontrarnos de ese lado del espectro que en el de los millonarios; cualquiera de nosotros puede ser olvidado y defenestrado por el Estado. Sólo reconociendo la pobreza del ser humano, es que podemos salvarnos como humanidad del olvido absoluto en el que día a día vivimos, aunque no nos demos cuenta.