Portada del libro Marcas.
Portada del libro Marcas.

Reseña por Memo Fromow

Marcas (2025)
Ferzog

Fondo de Cultura Económica
Libro: Novela Gráfica

Un exquisito slice of life juvenil en vestiduras de gótico tropical.

El dolor es una consecuencia de estar vivo. Hay muchas otras cosas que delatan esta pesada condición, pero el dolor debe ser, sin duda, la más común de las sensaciones asociadas con esto de moverse, hablar, sentir y, en general, vivir. Es normal: preocúpate cuando ya no esté allí, mientras, tómate un paracetamol y llámame por la mañana.

Por supuesto, las cosas dolorosas por lo general dejan cicatrices: unas por fuera, otras por dentro, pero suelen ser situaciones que no queremos que los demás vean; son secretos de familia, pruebas de que hemos llorado y que también sentimos. ¡Dios nos libre de dejar que los demás sepan eso!

Como quiera que sea, hay algunos que las llevan mejor que otros, y un poco sobre esas marcas y el cómo vivir con ellas es de lo que nos habla esta interesante y primorosa novelita gráfica que nos regala el artista que va por el mundo bajo el misterioso epíteto de Ferzog.

Magnolia es una adolescente de esas que todo lo hacen bien: una clásica morra de los plumones que depende de la validación externa y ansiosa por agradar a los demás: una adolescente medio ñoña de manual, vamos. Lo que la mantiene a flote contra el naufragio emocional es su tremenda pasión por el Volleybol y la fanática dedicación a su equipo de la escuela, en el que, a pesar de ser una jugadora destacada, sigue sintiéndose insegura por una sensación ominosa que no la deja en paz: un je ne sai quoi que la hace creer que no pertenece, que algo hay de malo en ella.

Para echarle más leña al fuego, debido a un malentendido, debe pasar parte de la temporada en la escuela de verano ¡ella! que nunca se había sacado un 5. Ahora deberá pasar valioso tiempo de entrenamiento en compañía de bagalardos, fichitas, truhanes, flojonazos y demás gente demasiado normal que nada más no va con ella. Acabándola de fregar, la escuela está situada en un antiguo edificio colonial y es regentada por una enigmática mujer de hábitos inquietantes y un estilo más adecuado para principios del Siglo XX que para alguien encargada de medio enderezar adolescentes y estudiantes mediocres. La directora Aura Inés (encima con nombres de mujeres solitarias) no admite que se le contacte sin razón y amenaza con duros castigos a los infractores.

Magnolia quiere salir de ahí para regresar con su equipo a la brevedad: tiene mejores cosas que hacer que andar rodeada de tarados, así que acosa continuamente a la directora con cartas para convencerla de que ella no debe estar ahí. Esto no le cae en gracia a una mujer con hábitos de bruja y todo parece apuntar a que un asunto turbio y místico está por resolverse de la peor manera en las carnes de una chica ingenua que ha provocado a las fuerzas del más allá sin apenas darse cuenta.

Hasta ahora, nos han presentado con elementos propios de una clásica novela gótica americana: edificios antiguos, una antagonista sombría que, por completar el ambiente, hasta se viste como en fantasía steampunk y una protagonista joven con un misterio que desvelar. La mesa está servida lectores.

La que nos propone Ferzog es una bella ambientación, hecha con cuidado y paciencia. Sin embargo, debo decir que más o menos al iniciar el último tercio de la narración, todas estas expectativas quedan inesperadamente subvertidas, y de un misterio gótico, damos la vuelta a algo totalmente diferente y que no estoy tan seguro de que se corresponda tan armónicamente con el tono para el que el autor nos había estado preparando: no es malo, no te equivoques, pero sí me sacó un poco de onda y me hizo bajarle dos rayitas a mis expectativas. Llegas esperando un cuento macabro estilo Muñeca Vestida de Azul de Delfina Careaga, pero acabas encantadoramente norteado por la vuelta que el autor acaba sacándote. Por supuesto no voy a decir de qué se trata, eso sí arruinaría la trama, pero creo que vale la pena recalcar lo súbito del cambio de dirección. Yo soy amigo de las vueltas de tuerca, pero (sin que sea un reproche) debo confesar que conservo mis dudas respecto a la organicidad de ese giro en una narración como la que nos habían propuesto. Al final, el cambio tan abrupto, si bien aporta para la moraleja que Ferzog nos quiere dar, cancela varios de los hilos misteriosos que se nos tendieron en un inicio y soluciona la trama con excesiva facilidad.

Ahora bien yo diré misa, sí, pero nadie nos quita las preciosas viñetas con que nuestro autor regala la vista. Tenemos perspectivas complejas, anatomías bien estudiadas y arranques de inspiración con escenarios dignos de una historia fantástica medieval (aunque esos no tan seguido). Ferzog es un dibujante más que competente que conoce muy bien su oficio y nos lo demuestra con un trazo claro y firme, sazonado además de una encantadora textura estilo lápiz que le reduce severidad sin restarle decisión. No sé si los dibujos sean hechos con software o si sean hechos tradicionalmente (yo me inclino por lo primero) pero esas líneas con acabado imperfecto e intensidad variable dan un toquecillo amistoso que permite al sketch traslucirse a través del dibujo terminado, una técnica que me alegro se haya puesto de moda.


Las anatomías son, sin duda, su punto fuerte; Magnolia es una atleta y el autor nos lo recuerda contorsionándola a su antojo; la directora Aura Inés, por su parte, si bien más tiesa en su papel de señora amargadona, permite a Ferzog lucirse en su faceta de modisto de París y la viste con trajes dibujados con el primor de un diseñador. Los cuerpos son elegantes y creíbles sin abrumarse ni complicarse demasiado con detalles. No necesitamos ver cada músculo: como buen artista, a Ferzog le basta con darnos los trazos esenciales y dejar que el cerebro haga el resto del trabajo.

Las arquitecturas y espacios complejos no amilanan al autor y tenemos de todo: picados, contrapicados, planos inclinados y perspectivas muy bien dominadas por mano maestra y segura. Si puede imaginarlo, Ferzog puede dibujarlo.

El color, por su parte, echa mano de un simbolismo sencillo pero funcional: la mayor parte de la obra está coloreada en una escala de grises con ocasionales destellos de colores claramente asignados a los personajes según su papel: aguamarina bien vivo para Magnolia, morado lúgubre para la directora; teoría del color básica, pero siempre efectiva. Solo las últimas páginas están a todo color para destacar el notorio cambio de tono.

Marcas es una moraleja de juventud que, si desmerece un poco del tono que adopta inicialmente, compensa de sobra con la elegancia de su apartado gráfico: un estilo delicioso que te permite leer y releer, pero, sobre todo, mirar y mirar.

Con esta calidad, no me sorprendería que pronto Ferzog nos deje para irse a las grandes ligas; o tal vez incluso ya está ahí, y detrás del pseudónimo se oculte un artista ya destacado en la industria que ha bajado de su empíreo artístico para regalarnos a los mortales un cachito de su talento y una lección que, con todo, sigue siendo importante a cualquier edad.

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