Portada de la película María Isabel.
Portada de la película María Isabel.

Reseña por Augusto Montero

María Isabel (1968)
Federico Curiel

Películas Rodríguez
Película: Romance

Una telenovela convertida en película.

La vida en general me parece una tragicomedia: tiene sus lados amargos y dulces, en qué medida ya depende de la situación de cada quien. Hay que llorar cuando toque y reír cuando se pueda. A veces, tristemente, la tragedia supera a la comedia; o sea, la desgracia a los buenos momentos; sin embrago, en los malos momentos, jamás hay que agachar la cabeza y darle un zurdazo a los cretinos que se lo merezcan. Más o menos, esa es la historia de una india -interpretada por la señorona Silvia Pinal: María Isabel.

Dicen que cuando la vida te dé limones haz limonada, pero el problema de esta historia es que a esta mujer el destino se los daba por kilos. La historia nos cuenta la vida y obra (o desgracias mejor dicho) de una joven indígena de buen corazón que, tras la trágica muerte de su mejor amiga, asume la crianza de la hija de esta. Huyendo de la miseria y del desprecio de la familia de la niña, migra a la Ciudad de México buscando un futuro mejor.

La cinta se construye como un clásico cuento de "Cenicienta". La protagonista consigue empleo doméstico en la mansión de Ricardo Mendiola, un hombre viudo y adinerado. A partir de ahí, el guion desarrolla una evidente lucha de clases: María Isabel enfrenta constantes humillaciones, discriminación y el rudo choque cultural al interactuar con un mundo elitista que la subestima por su origen y analfabetismo. Curiel maneja con eficacia el tono lacrimógeno, logrando que el espectador empatice profundamente con los incansables sacrificios maternales de la protagonista.

Aunque la resolución romántica resulta predecible y la representación indígena peca de estereotipada para los estándares actuales, la película triunfa al denunciar la marginación. Es un relato emotivo cuyo núcleo sobre la resiliencia femenina y la maternidad elegida sigue resonando fuertemente en el imaginario popular mexicano.

El valor de esta obra recae en cómo expone los problemas que adolece la sociedad mexicana de clase alta en cuanto a la relación con quienes considera sus “criados”, más que sus empleados. Sin mencionar el latente -pero negado- racismo que deben de sufrir las personas de etnia indígena (burlas, humillaciones, desprecio, ignorancia…) a la hora de trabajar en las grandes ciudades. Aunque, como buena obra de ficción, la película aporta su dosis de humor negro (muy satisfactorio) cuando esa “india pata rajada” le suelta sus buenos madrazos a todos aquellos que la sobajan.

La razones por la cuales vale la pena ver esta película son variadas -la cual podríamos decir que es una telenovela sin más, incluso con todos los clichés que pudiéramos hallar. La primera es la soberbia actuación de doña Silvia Pinal; la segunda tiene que ver con una historia satisfactoria de justicia social (aunque sea ficción); la tercera y última por ser una historia bien ejecutada donde hay un equilibrio entre humor y desgracia que hace muy llevadero las dos horas de película, realmente es disfrutar el film de nuestra cenicienta mexicana.

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