Portada de la película Matando Cabos.
Portada de la película Matando Cabos.

Reseña por Lalo Enríquez

Matando Cabos (2004)
Alejandro Lozano

Videocine
Película: Comedia

Una comedia mexicana que coquetea con Tarantino.

Hay momentos en la vida que te quedas pensando “¿Cómo carajos llegué aquí?”. En su película Pulp Fiction (Tiempos Violentos en Latinoamérica) el director Quentin Tarantino nos ofrece una historia donde justamente se responde a esa pregunta. Si bien Matando Cabos no es que sea una libre adaptación de la comedia negra del fetichista de pies, sí resulta marca la influencia de dicho director gringo en la trama y desarrollo de los eventos que le suceden a los dos protagonistas de tan enredada película ¿Pero cuál es ese momento what the fuck del qué hablo? Pues imagínense lo siguiente: tener al jefe más temible y odioso del mundo, secuestrarlo por accidente en ropa interior y luego perderlo en la cajuela de un coche robado. Así como suena es lo que verás en la hora y media que dura la película.

Nuestros protagonistas son Jaque y el "Mudo", dos oficinistas comunes que terminan metidos en la peor (y más divertida) pesadilla de sus vidas. Tras un enredo monumental en una fiesta, terminan con el magnate Óscar Cabos —que casualmente es el futuro suegro de Jaque— desmayado y cautivo por error. En su intento desesperado por devolverlo a su casa en secreto antes de que despierte y los mate, les roban el auto con el millonario en el baúl. A partir de ese momento, la trama se fragmenta en mil pedazos. Lo que sigue es una cacería nocturna por las calles de la Ciudad de México donde se cruzan con unos secuestradores novatos que iban por el mismo objetivo, un exluchador legendario llamado "Mascarita" y su guardaespaldas sediento de sangre. Todo se vuelve un efecto dominó de malas decisiones, casualidades absurdas y mucho humor negro.

¿Y dónde está la sombra de Tarantino? Al igual que en clásicos como Pulp Fiction, la historia no se cuenta de principio a fin de forma normal. En lugar de eso, el guion salta en el tiempo y nos muestra la misma noche de locura desde los ojos de distintos personajes, hasta que todos terminan chocando de frente en un final explosivo. Los diálogos son rápidos, sarcásticos y súper ingeniosos, logrando que termines encariñándote con criminales bastante ineptos. Aquí, la violencia es tan exagerada que deja de ser un drama para convertirse en una broma brillante, adaptando ese estilo "tarantinesco" a la perfección con el ingenio mexicano.

Recomiendo verla porque, francamente, fue un respiro de aire fresco que cambió las reglas del juego. Nos demostró que el cine mexicano no tenía que limitarse a dramas tristes y densos; también podía darnos historias de acción trepidantes y descaradas. Es una maravilla ver cómo el guion logra amarrar cada pequeño cabo suelto a pesar del caos, y la dupla que forman Joaquín Cosío y Silverio Palacios es oro puro. Es una aventura irreverente que te garantiza casi dos horas de risas sin complicaciones. No por nada muchos críticos consideran esta película como una obra de culto. Incluso se hizo secuela (la cual no es muy recomendada ciertamente), porque la gente quiso saber más de algunos personajes. Pues cuando algo queda en la memoria colectiva (“pinche visco”) es que vale tomarse el tiempo de reírse un rato de las desventuras de dos tontos en la Ciudad de México a inicios de los dos miles.

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