Portada de la película Maya y los Tres.
Portada de la película Maya y los Tres.
Calificación recomendado de Rehilete
Calificación recomendado de Rehilete

Reseña por Memo Fromow

Maya y los Tres (2021)
Jorge R. Gutiérrez
Netflix
Película: Animación

Chicanerías y japonerías mesoamericanas ¡Por lujo y nada más!

Siendo más joven, me desconcertaba un poco que una de las banderas del movimiento chicano en Estados Unidos era una pirámide escalonada de estilo mesoamericano. ¿Cómo -pensaba yo- es que se vincula tanta gente con una cultura que muchos de ellos apenas conocieron sino en versiones de libro de texto de hace 50 años? ¿De dónde viene el vínculo con una cultura que muchos de sus padres o abuelos ya habían olvidado o diluido por años de mestizaje, si es que hubo tal vínculo en primer lugar? ¿Qué sentido tiene ese imaginario en un contexto tan condenadamente distinto de todos los Méxicos como es Estados Unidos?


Luego que supe un poco más de la tradición de lucha y resistencia activa que es la historia de los mexicanos y sus descendientes en EE.UU después de la guerra de 1847, tuvo un poco más de sentido: no porque efectivamente fueran los descendientes y transmisores directos de los antiguos habitantes de Mesoamérica, cuyo legado no pudo haber llegado a ellos sino distorsionado por el ruido de décadas de historiografía criolla y otro tanto de asimilación cultural (por las buenas o por las malas); sino porque cuando se es un stranger in a strange land, solo queda, frente al naufragio identitario, agarrarse de lo que se pueda con uñas y dientes y no dejarlo ir, y cuando juegas así ¿ya para qué guardar formas ni gazmoñerías? Entonces se vale todo, y todo lo tenemos en esta serie, aztecas, incas, piratas, aventureros, fantasía, pinole, chile y mole…todo menos Historia, porque muy lejos de la Historia es que vive la fábula. Jorge R. Gutiérrez no se sonroja de meter en un mismo saco un montón de gatos y ver que sale de todo esto.

Maya es la princesa del reino de Teca (toda similitud con la mal llamada cultura azTECA (duh), es pura coincidencia), una chica muy rebelde y muy moderna que no tiene mayor interés al cumplir los 15 años que andar por ahí en las noches buscando con quien medirse a golpes y andar de aventuras peligrosas más propias de hombres (aunque a estas alturas bien sabemos que esa imagen, en la ficción contemporánea, sólo existe para romperla): una clásica chica rebelde de manual. Su vida relativamente apacible entre aventuras juveniles es turbada, primero, por el aviso de que a sus 15, ya debe empezar a buscar con quien hacer principitos, sentar cabeza y hacer lo que le toca en la sociedad, cosa que no le apetece para nada; y segundo, porque los dioses la reclaman como su parte de un macabro trato hecho hace mucho tiempo ya… y de paso avisan que pronto todos se van a morir. Como nadie se conforma en paz a la idea de dejar de existir, Maya y sus padres empiezan a buscarle la 5ª pata al gato para ver cómo darle la vuelta al destino hasta que dan con una profecía sobre unos héroes que salvarán al mundo mundial de un Armaggedon, y qué conveniente, porque justo en puerta hay un Armaggedon que debe ser conjurado, y esta serie no se llamaría Maya y los Tres si solo necesitáramos de Maya para resolver el entuerto.

A continuación tenemos 9 capítulos más de un muy esquemático viaje del héroe que, si somos sinceros, hemos visto ya muchas veces: el underdog en el que nadie cree, que le demostrará al mundo lo que vale; la chica ruda con pasado trágico; el gigante gentil con corazón de oro; el punto bajo donde todo parece perdido solo para hacer más triunfal el momento del triunfo, y ya de paso, una andanada de chistes disparejos que lo mismo sacan una genuina sonrisa que te dejan frío a no ser que tengas entre 6 y 11 años, pero que no dejan de tener un cierto retintín de novedad al verlo en un contexto como es el de esta Latinoamérica híper fabulada donde no existe la Historia más allá de la fantasía ¿Cómo, si no, es que existiría este setting similar a la América donde perviven los estados indígenas, pero los zombies llevan morrión y coraza a la española? Donde hay afrodescendientes, pero ni rastro de europeos que los hubieran trasplantado allí; animales de corral desconocidos fuera del continente conviviendo como si siempre hubieran existido allí desde el inicio de la creación… por la misma razón que el casco de Maya parece el de Zero de la saga Megaman, que existen dioses con superpoderes y todos hablan en spanglish: Porque son caricaturas mijo, no esté fregando.

Pero más allá de estas conveniencias de la trama, es claro el reclamo de una América con la que muchos ucronistas de medio tiempo fantaseamos por años ¿Cómo sería América Latina sin el baldón del colonialismo ni los horrores de la Historia? Para empezar, no sería latina, y aunque es imposible saberlo desde nuestra posición, hijos como somos de los cánones culturales y narrativos europeos, es siempre un placer imaginar a aquellos que fueron también nuestros ancestros glorificados al más puro estilo Hollywoodense: como dije desde el principio, esto no es ni pretendió jamás tener nada de histórico, sino ser un conjunto bien llevado de imágenes establecidas, para bien o para mal, en el imaginario latino-estadounidense para deleite de audiencias que hasta hace poco, eran aún marginales en los productos mainstream y de pasada reinventa su propia percepción de esa amalgama rara que conocen en el exterior como lo “latino”.

Pero no siempre basta la pura fuerza de la imaginación para sacar el trabajo. La verdad es que, como relato, lo que vemos en Maya y los Tres está muy visto. Sus arquetipos son bien predecibles y a veces es hasta incómodo lo mucho que se estira la caracterización para caer en moldes que parecen por momentos sacados de una partida de juego de rol; su moralidad y su comedia, aunque de pronto dan en el blanco, se ajustan con exagerada disciplina a un molde de personajes que se hizo popular y envejeció prematuramente durante la pasada década en la animación estadounidense. No es un producto que brille por su audacia narrativa, no a estas alturas; ni siquiera cuando fue hecho. Para un niño /adolescente en busca de afirmación o que empieza en la búsqueda de sus raíces en un mundo donde aún son marginadas con mayor o menor discreción, es un excelente producto que no solo le resultará entretenido, sino será empezar con el pie derecho en la vindicación de una muy importante parte de su identidad; porque resulta claro que Maya y los Tres es un producto muy bien apuntado al público estadounidense, nada extraño viniendo de alguien como Jorge: un tijuanense con carrera en el mundo del entretenimiento gringo. Pero precisamente por ello es que mucho de lo que veremos en la serie, a los de la otra América nos resultará o muy redundante por cuanto la afirmación de identidades autóctonas es algo muy machacado en los discursos oficiales de por acá, o muy ajeno por cuanto fue pensado en buena medida para un público extranjero, con el que, a pesar de que compartimos en mucho nuestra educación como consumidores con los güeros, también conservamos una importante distancia cultural.

Por eso luego tampoco hay que emocionarse tanto cuando algo nuestro aparece adaptado para ojos internacionales: es fácil caer en una poco digna actitud a la notice me senpai, y, en medio de la euforia, empezar a querer encajar lo que vemos en la tele con la realidad, consciente o inconscientemente.

Ahora lo mero bueno: No inventes, que despliegue de virtuosismo visual es esto. Cuando juntas los recursos de Netflix con la visión de un director como Jorge y un equipo de animadores en forma, obtienes una explosión de color y forma que revive al barroco de su tumba solo para morirse otra vez de gusto por como lo reinventan series como esta. Todo está saturado de un detalle al punto que valdrá la pena detener el metraje cada 10 segundos solo para ponerle más atención a los detalles de los broches de oro que llevan los personajes. Jorge, desde que lo conocí en El Tigre: las Aventuras de Manny Rivera, tenía vocación de churrigueresco y creador de mundos. Ahora, con dinero, bailó el perro y baila por horas y horas en las que no te puedes creer cómo es que se mantiene el nivel de detalle con la velocidad a la que se mueven los personajes; cómo puede mantenerse igual primor en todo canijo momento. El equipo creativo no teme a las grandes némesis de los animadores; las multitudes y el movimiento súper acelerado estilo pelea de Dragon Ball Z, solo que aquí sí se aprecian los movimientos hasta en los momentos de más desbocada acción y que se suceden A-CADA-RATO. Jorge nació para dirigir cine y televisión, se nota a leguas: lo único que se reprocha es que, a tan alta velocidad, no se puede apreciar como merece todo el nivel de detalle que debe haber costado sangre, sudor y lágrimas de las buenas. El director y compañía saben que crecimos adorando las peleas épicas y las tramas desbocadas estilo animé: el hombre verdaderamente conoce a su público. Que gusto poder ver tanta energía con los protagonistas que tanto morro educado con animé y visiones románticas de las culturas indígenas en la primaria quisimos ver, aunque nos agarre tan tarde en la vida. Me alegro de haberlo visto: ya a la chaviza de hoy le toca disfrutarla a tope, que el streaming globalizado y no vivir en los dorados 90's sí tiene sus ventajas.

La Francia de los siglos XVII, los primeros años del cristianismo o el desprecio de Platón contra los artistas fueron algunos momentos en que la relación ficción-realidad alcanzó un punto crítico; en que la capacidad de la ficción para cambiar el mundo, no solo como mero entretenimiento, fueron materia de debate público por cuanto esa capacidad las convertía en un potencial elemento de subversión. Si lo piensas bien, en todo momento y lugar, el papel de la ficción como mentiras que moldean la realidad (y por ende, como agente de cambio), ha sido materia de debate contrastándolo contra su capacidad de belleza y consuelo: admito que puede ser desbocado sacar este debate respecto a Maya y los Tres, pero la verdad, después de haberla visto puedo decir que es justo el tipo de serie que me hizo falta cuando fui niño. Poco me hubiera importado ver que nada se correspondía con mis clases de historia de primaria si con ello tenía la imagen del mundo como mi joven yo creía que debía a ver sido: una lección moral donde los buenos se llevaban el premio de la manera más mesoamericano-caribeña posible, y ciertamente habría hecho mucho más llevadero el necesario desencanto de seguir avanzando en las páginas de los libros y las décadas de la Historia real, cada vez más sombrías y crueles. Cierto, poco o nada habría realmente aprendido de Maya, fuera de ciertas lecciones morales universales presentes en muchas otras series, pero la imagen mental de mi América que habría sacado de ahí me hubiera dado ánimo para acometer la tragedia de la Historia y el presente con esa inexplicable entereza de quien cree en el cielo sin creer en todo lo demás: no sabes por qué te sientes tan tranquilo, pero sabes que lo estás; la mala opinión que exista contra ti y lo que amas, poco importa contra ese mundo que llevamos dentro, y que, para un morador como soy de la era de la televisión (como lo es casi toda mi generación) está inextricablemente ligado a lo que vimos en las pantallas, que tanto contribuyeron a educarnos.

Podrá ser falso, podrá ser incorrecto, podrá llevarnos a creer cosas que no deberíamos: de corregirnos ya se encargará la realidad, pero la huella de optimismo (o pesimismo) que puede quedarnos de esas ficciones que nos dieron ser, formarán parte de nosotros de un modo u otro: mejor que al menos sea una donde el color de la piel y el origen no constituyan motivo de vergüenza.

El mundo es esclavo de la Historia; la ficción, de nadie.