




Reseña por Memo Fromow
Naufragio (1978)
Jaime Humberto Hermosillo
Conacite Uno / Dasa Films
Película: Drama
Todas las lágrimas se ahogan en el mar.
Hay quien vive toda la vida colgado o colgada de una ilusión, por absurda y ridícula que sea; presa de su propia esperanza, a la que se aferra como el sobreviviente de una tragedia en el mar. Nosotros, desde nuestros seguros navíos, todavía a flote, los contemplamos con misericordia, sabiendo que hará falta un milagro para preservarlos del mar cruel que todo lo devora, mientras un bajo orgullo nos consuela diciendo que a nosotros no nos va a tocar, que para nosotros serán siempre solo cielos claros y gentiles oleajes. Pero a todo mundo le llega su momento de luchar contra viento y marea, solo tenemos la fortuna de no saber cuándo será.
Leticia y Amparo son dos oficinistas maduras (interpretadas por María Rojo y Ofelia Murguía) que trabajan para el gobierno de la Ciudad de México con todo el tedio setentero que puede evocar esa atmósfera. No es que les vaya mal en plena tormenta económica del sexenio Lopezportillista, pero se vive algo apretado cuando eres mujer sola en el México de antes, y sobre todo cuando andas pagando por fantasmas del pasado. Porque verán, Amparo es chambeadora y luchona, pero tiene la extraña fantasía de que su hijo Miguel Ángel, desaparecido hace años después de un escándalo que involucra un desfalco al gobierno de la Ciudad de México, va a volver un día de estos, quizás incluso esa misma noche; si señor, va a volver, de eso no hay duda, en cualquieeeeeeeeeeeeeeer momento, a partir deeeee… ¡ahora! Bueno, el de antes no contaba, pero ahora sí! ¡Ahora!...
Ya me entienden. Empezamos con la tristeza de una madre que sobrevive chambeadoramente para mantener viva la fantasía de un hijo ausente. Para evitar que pierda demasiado el piso y deje que las consecuencias de esta alucinación lleguen demasiado lejos tiene a Amparo, su amiga que vive con ella y que ve el mundo como todos los demás: ella está convencida de que Miguel Ángel está muerto, y no solo eso, sino que las circunstancias de su huida fueron tan sórdidas como dicen los rumores. Corrupción, robos y otras cosas que una madre no está dispuesta a aceptar sobre su hijo por parte de nadie… hasta que llega el shock de realidad, y de la impresión queda reducida a un estado de salud muy delicado.
Ya nadie más que Amparo aparece dar más de dos pesos por su amiga y los espectadores ya estamos preparándonos para ahuecar el ala, cuando de pronto, chan, chan chaaaaaaan… aparece Miguel Ángel, con todo y un brazo de menos. Todos festejan, todos ríen y estamos seguros de que de ahora en adelante todo va a estar muy bien. Sí señor. Pero esto no sería una película de uno de los períodos más pesimistas de la realidad mexicana si todo fuera a salir muy bien, y pronto nos daremos cuenta de que incluso cuando los sueños se cumplen, cuando lo hacen en el sexenio de López Portillo, traen una doble cara que nos hace pensar que tal vez los sueños lucen mejor en nuestras cabezas, lejos del corruptor contacto con la realidad.
Hay un punto en el cine mexicano en que las cosas dejan de lucir limpias, diáfanas en blanco y negro, y empiezan, en cambio, a aparecer en colores, pero granulosas. Les prometo que apenas descubra el porqué, pararé las prensas y se los haré saber, aunque yo sospecho que se lo debemos a la aparición y generalización del super 8, un formato barato en tiempos de precariedad y democratización del cine… pero tampoco me crean gran cosa. Lo que sí me pueden creer y comprobar es la presencia de esta calidad tan distintiva en la película y que responde tan bien a una estética bastante generalizada por esa época. Si me preguntan, no me gusta, nunca me gustó: demasiados recuerdos de mi niñez viendo películas que entonces no entendía transmitidas a las dos de la tarde en los Domingos más aburridos de la existencia, cuando pesaba sobre mí el tener que ver estas historias que me resultaban tan ajenas y la consciencia de que al día siguiente había escuela. No es la mejor asociación de recuerdos, pero ahora que todos hemos crecido como individuos y como sociedad, sentenció que… sigue sin gustarme este estilo… ni la moda de los 70's para el caso.
Esta extraña estética, que no es para nada exclusiva del cine de Jaime Humnerto Hermosillo, no acaba de cuajar en mi gusto, pero hay que tragársela para ver importantes películas como María de mi Corazón, Mecánica Nacional, El Milusos, Los Caifanes, Doña Herlinda y su Hijo, etc. Y aunque no concedo demasiado a la cinematografía de Naufragio, hay que reconocer que vale la pena aguantarse los remilgos para poder aventarse completita esta trágica y extravagante fábula sobre los peligros de la esperanza en tiempos de devaluación.
Me parece que es en algún lugar de la obra Chejoviana que se menciona al “hombre de la campana”: Chéjov desearía que detrás de todo hombre o mujer feliz y satisfecho, de cualquiera que se crea invulnerable a los desencantos de la vida en virtud de su sola felicidad, hubiera un hombre con una campana, alguien que importune y moleste tocándola cada vez que empecemos a dormirnos en los laureles de la comodidad; para recordarnos como el poeta romano Memento Mori; como el cartujo, recuerda hermano que haz de morir; como el cráneo entre los pastores de la Arcadia feliz, Et in Arcadia Ego. No sé si soy solo yo, pero Naufragio es de esas películas que me arruinó la tarde haciéndome recordar que tal vez detrás de todos mis sueños aguarde no el vacío agridulce del sueño cumplido, sino otro dolor, quizás más difícil de calmar que el del deseo sin cumplir.
Ingrata vida.


