Portada del libro No Hay Fotos de aquella noche.Portada del libro No Hay Fotos de aquella noche.
Calificación recomendado de Rehilete
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Reseña por Memo Fromow

No Hay Fotos de Aquella Noche (2025)
Gabriel Rodríguez Liceaga
Trillas
Libro: Novela

Cuando el mundo ya no sabe a nada, sabes que algo hay que hacer.

No es nada nuevo hablar de la desazón vital que para muchos reviste la existencia contemporánea, asfixiada por el tsunami consumista y la sobrecarga sensorial propia de la sociedad del espectáculo: después de consumir glutamato monosódico y otros super-potenciadores del sabor a raudales, acabamos por dormir el sentido del gusto y la capacidad de asombro ante el mundo. Cuando te quemaste una de las capacidades sensoriales más maravillosas y humanizantes de la que es capaz nuestro cerebro, sabes que estás en problemas, y al borde de un colapso filosófico de proporciones existenciales. Y sí, por lejano y metafísico que suene eso, hasta el consumidor más pedestre es vulnerable a caer en esa vorágine que lleva a absolutamente ningún lado.


El fondo de ese barril cósmico es el lugar en donde ha centrado su vista de fabulador Germán Rodríguez Liceaga, un narrador joven que lleva haciendo algunas olas desde, al menos, 2018.

Estas son historias con un intenso sabor al tedio de nuestro siglo y que podemos identificar muy bien con varios de los lugares comunes y símbolos que nos son conocidos por haber crecido a su frío abrigo, de modo que aunque nos sean conocidos y por tanto cómodos, Liceaga alcanza a señalarnos la insuficiencia de los reclamos consumistas para llenarnos por dentro más allá de un poco de vaga nostalgia, reminiscencia del sentimiento de seguridad de la infancia añorada entre Bob Esponja, videojuegos y logos de equipos deportivos extranjeros.

Estos cuentos nos hablan de gente que hace mucho dejó de creer en aquello en lo que hacía, pese a que en varios casos son los supuestos mediadores de lo humano con lo divino: con Dios, con el arte y con la magia. Reducidos ahora a meros sobrevivientes del naufragio espiritual de nuestro tiempo, se dedican a vagar por ahí rematando sus dones según lo necesiten para sacar el día o de plano poder entretener mejor sus ahora aburridas vidas. Que chasco. Los hay también seres que no son tan sublimes, pero que, igualmente, ven sacudido su sentido de la realidad, cada vez más tambaleante frente al embate brutal de las necesidades físicas y de la fantasía, que en estos escenarios no se salva, como nada, de ser sujeta a la comercialización más descarnada. Se nota que al joven Liceaga le ha calado muy en lo hondo la filosofía de este siglo en cuanto a la reificación y banalización de las relaciones humanas… y de todo aquello relacionado con lo humano, realmente.

A pesar de un velo de humor absurdo, la rabia impotente y la desazón se traslucen apenas pasados los primeros párrafos de cada una de las historias de este volumen. No hay risa que alcance a cubrir la amargura que destila cada página. Si en las entrevistas que le he leído, Liceaga parece querer ir de cómico, queda claro que su verdadera vocación es la de la indignación: como decía José José, uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser. El elemento cómico se pierde muy pronto contrarrestado por la crudeza de los escenarios con que nos confronta el autor. Por desternillantes y surreales que se puedan presentar los escenarios cuidadosamente preparados, el show se lo roban otros elementos que devuelven al lector muy pronto a ras de suelo.

¡Y qué bueno! Que no haya descanso para esas perezosas conciencias que parecen convencerse a sí mismas de que no hay nada malo con su vacuidad mientras el abismo a su alrededor crece y crece, asolado nuestro entorno como está por la violencia y el kitsch desbocados; que creen que la risa lo redime todo o los pone por encima de la situación que se parodia. En la boca equivocada, la risa no despierta la conciencia, solo crea distancia con la realidad. No aquí, muchacho, no aquí: prepárese para reírse dos segundos antes de recibir sus buenos catorrazos de realismo contemporáneo.

La presencia de los ídolos pop y de tantos otros elementos familiares no son aquí ningún bálsamo, los interpreto mas bien como un acre recordatorio de como esos mismos ídolos no son más que torpes analgésicos que pretenden dormir nuestro disgusto valiéndose del fantasma de la nostalgia porque, bueno, eso es lo que pasa en gran parte de los cuentos. De acuerdo, no solo se vale de personajes y objetos conocidos para ello; estos son, a fin de cuentas, solo el símbolo de algo más grande: la inocencia engullida en el torbellino posmoderno que se tragó todos los significados y nos dejó aquí abajo antes de que la historia se acabara de verdad (y no parece que lo vaya a hacer pronto); pero como dije arriba, los magos, los ministros y los artistas, cuya actividad suponemos un remanso de grandeza, se ven aquí también a la deriva.

Diría que al final solo nos queda reír, pero ya vimos que eso de poco sirve. Si me preguntas, la fantasía y el acre humorismo que son la divisa de la escritura de Liceaga pasan a muy segundo plano frente a la hecatombe espiritual perfilada como horizonte para nosotros, los aburridos hombres y mujeres del mañana y y lo que queda de nuestras desabridas existencias.

Yo te sugeriría que te lo tomes más bien como una advertencia para que te sacudas las telarañas y tomar tu vida por asalto antes de que los tentáculos del consumismo sin sentido alcancen hasta lo mero más profundo de ti.

Hace muchos años, le comentaba a un amigo que a menudo los cuentos de Chejov, tan anodinos y quietistas como pueden a veces parecer, son, para el lector más maduro, más bien una llamada de atención: un recordatorio de que en esta vida uno se tiene que poner las pilas o nos va a cargar la fregada.

Yo estoy un tanto cansado de la risa fácil y las situaciones extravagantes que a veces parecen más reclamos efectistas salpimentados con un poquito de nostalgia milenial para pasarlo mejor. A mi edad, creo que prefiero tomar la vida y la ficción más por el lado de la acción.