Una estampa de los 2000's en la que se disecciona la victimización.
“Me odian por ser bonita”. Dicha frase, es usada normalmente por mujeres de manera justificada e injustificada (dependerá el caso, pero aquí no ahondaremos en particularidades) que creen, correcta o incorrectamente, que las personas son crueles con ellas por envidia de su belleza. Sin embargo, hay ocasiones en que la expresión se tuerce aun más; volviendo odio en deseo perverso; y haciendo que la suerte de esas pobres mujeres bonitas, pero vulnerables, sea el de una agresión de índole sexual.
Nadie niega que crecer en medio de la pobreza tiene muchos puntos negativos, y uno de ellos sin duda es la vulnerabilidad en cuanto a ser víctima de una, o varias, agresiones sexuales. Sé que es un tema fuerte y difícil de abordar, pero ciertamente no creo que suavizar el discurso sea lo correcto cuando debemos tocar este tipo de situaciones. Y algo que logra la película de la cual hablaremos hoy, Perfume de Violetas, es justamente de no irse por las ramas y mostrar las cosas tal cual son, por más feas que muchas veces sean.
Dirigida por la cineasta y antropóloga social mexicana Maryse Sistach, es una obra fundamental del cine nacional, que ofrece una mirada cruda y desgarradora a la vulnerabilidad femenina en los márgenes urbanos. La historia se centra en la profunda amistad entre dos adolescentes de secundaria, Yessica y Miriam, quienes habitan en un barrio precario de la Ciudad de México.
Yessica es una joven rebelde e incomprendida que sufre abusos en un entorno familiar tóxico, mientras que Miriam, más tímida e ingenua, encuentra en ella un escape a su monótona vida. La narrativa brilla al construir este vínculo solidario, un refugio temporal contra un mundo hostil. Sin embargo, la tragedia detona cuando Yessica es víctima de una violación perpetrada por un conocido de su hermanastro. A partir de este punto, el guion expone magistralmente la negligencia de los muchos sistemas que supuestamente deberían de proteger a las mujeres (y a las personas en general) de transgresiones como esta. La historia no se enfoca solo en el acto violento, sino en la revictimización: la indiferencia de las autoridades escolares, la ceguera voluntaria de las madres y el machismo arraigado que aísla a Yessica. Su desesperación la empuja a tomar decisiones erráticas que terminan por fracturar su única red de apoyo: su amistad con Miriam, conduciendo la trama hacia un clímax trágico e inevitable.
Más que un drama adolescente, la historia de Perfume de Violetas es una denuncia social contundente. Sistach teje un relato asfixiante donde la verdadera tragedia es el desamparo institucional y familiar, demostrando cómo la pobreza y la violencia de género truncan irremediablemente la inocencia.
La película no solamente vale la pena verla por sus múltiples premios Ariel ganados, o por ser un clásico dosmilero del cine mexicano, sino que también porque nos permite crear empatía hacia las personas que deben hacerle frente a la marginalidad cotidiana para poder no ya vivir, sino sobrevivir. Y a veces sobrevivir con los traumas que implica el daño a la dignidad humana; y que es más frecuente si se es mujer. Así que si uno está dispuesto a sensibilizarse y pasar un trago amargo de lo que es la realidad para un gran número de personas en este país, esta es una película muy recomendada.