Portada de la película Rojo Amanecer.
Portada de la película Rojo Amanecer.

Reseña por Augusto Montero

Rojo Amanecer (1989)
Jorge Fons
Cinematográfica Sol
Película: Drama

Cuando el 2 de octubre se quería olvidar...

Hay un lema no oficial de los estudiantes mexicanos: “2 de Octubre no se olvida”. Si uno es mexicano, sobra la explicación; si no lo es, sólo diré que ese día es una cicatriz incurable en el cuerpo de esta nación llamada México. Ese día del año 1968, el gobierno represor del presidente Gustavo Díaz Ordaz mandó a callar a tiros a los estudiantes universitarios de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional, debido a que estos protestaban por los excesos de violencia en que incurrían las autoridades y porque querían un cambio en general de las estructuras del poder.

Tras la tragedia nacional ocurrida ese día, el gobierno silenció cualquier tipo de mención sobre lo acontecido en la Plaza de las Tres Culturas. Sin embargo, el arte es frecuentemente el terreno de la resistencia y la protesta, por eso, el séptimo arte no se podía quedar atrás; allí es donde aparece esta joya censurada de su tiempo: Rojo Amanecer.

Esta poderosa narración sitúa a una familia de clase media en el edificio Chihuahua del complejo habitacional de Tlatelolco la mañana del 2 de octubre de 1968, entre tensiones domésticas y el hervidero político del Movimiento Estudiantil. El desayuno funciona como microcosmos del país: los hermanos universitarios Jorge y Sergio confrontan a su padre funcionario, Humberto, por la represión gubernamental y la violación de la autonomía de la UNAM; el abuelo Roque, veterano de la Revolución, aporta una visión áspera de la violencia política; la madre Alicia intenta apaciguarlos, mientras los menores Carlos y Graciela observan sin comprender del todo. El filme incrementa gradualmente la tensión con interrupciones de servicios —teléfonos muertos, luz cortada— y una presencia militar creciente en azoteas, preludio del horror. La manifestación en la Plaza de las Tres Culturas se transforma abruptamente cuando bengalas del helicóptero desencadenan el fuego: estudiantes asesinados, sombras recogiendo cuerpos, la ciudad encapsulada en miedo y censura. El departamento se vuelve refugio improvisado cuando llega un grupo de estudiantes heridos con historias cruzadas de supervivencia y pérdida. Finalmente tenemos la “confirmación” en televisión de la narrativa oficial que culpa a “francotiradores estudiantiles”.

[Spoilers en este párrafo] La madrugada estalla en brutalidad cuando el Batallón Olimpia irrumpe en el departamento: cateo ideológico, amenazas, ejecuciones sumarias y resistencia desesperada dentro del hogar. La secuencia culmina en una masacre que deja con vida sólo a Carlos, cuyo descenso entre cadáveres, papeles y sangre se convierte en imagen indeleble de duelo y desolación. La versión cinematográfica elimina un breve cameo que prolongaba su caminata final, pero el impacto permanece intacto. Como pieza de memoria histórica, la obra entrelaza lo íntimo y lo político con precisión, denunciando la violencia de Estado y el control mediático, y dejando una herida abierta que interpela al espectador mucho después de terminar.

El gran logro de esta película es su propia existencia. Grabarla fue toda una odisea, porque se hizo todavía bajo el régimen priista, que veía con malos ojos remover en el pasado. Sin embargo, hablar de lo que no se quiere hablar es justamente poner el dedo en la llaga y señalar lo que está mal, y es que fue la primer película que se atrevió a levantar la voz sobre un tema que quería ser olvidado, pero como mexicanos sabemos una cosa: ¡2 de octubre no se olvida!