




Reseña por Memo Fromow
Rosauro Castro (1960)
Roberto Gavaldón
Cinematográfica Azteca
Película: Drama
Un mal mexicano: El lado oscuro de este ranchote llamado México.
El tema del cacique rural que tiene a una comunidad cogida del cogote es un tema tan trajinado en la ficción mexicana que se ha vuelto casi un lugar común. Pero bueno, no es para menos, la verdad. Por algo será: Pedro Páramo de Juan Rulfo , Río Escondido de Emilio Fernández, Esa Sangre de Mariano Azuela, El Agua Envenenada de Fernando Benítez, El Fin de la Esperanza de Rafael Bernal o Santo contra Cerebro del Mal, por supuesto, del Santo. Y tantas otras. Todas ellas tratan de o tienen por fondo un pueblo que vive atenazado por el capricho de un solo (y por lo general, infame) hombre.
Sí, se ha contado hasta el hartazgo, pero quiero creer que la persistencia de este arquetipo responde a su supervivencia en la realidad mexicana. Varias veces en Rehilete he criticado la falsa correspondencia que a menudo se crea entre realidad e imaginario popular, que a menudo perpetúa ideas e imágenes ya muy desactualizadas, les da un peso que ya no tienen en la vida real y se convierten en ideas zombie, cascarones vacíos que muy poco guardan ya de verdad: la tendencia al homicidio y el exceso provenientes de “la sangre indígena”; la eterna taciturnidad del “indio”; el Norte como pool genético de pura “sangre blanca” como lo quiso Vasconcelos y otras estupideces por el estilo. Y tampoco es que la literatura por ser literatura se libre en automático de replicar mitos, pero en el caso de la figura del cacique, se salva por un motivo: porque salvo algunas actualizaciones, es un fenómeno palpable aún hoy en forma de cabezas del crimen organizado o políticos que capitanean vastas clientelas electorales o cábalas políticas donde campa el tráfico de influencias aunque ya no usen sombreros.
La mayoría de las obras que tratan el tema no pretenden ser un análisis sociológico-económico de las complejas redes relacionales en el México profundo y se bastan con la imagen más exterior y arquetípica de un cacique sin ahondar demasiado en el mundo que le dio origen. Creo que aún no se ha hecho la gran novela o película del cacicazgo como fenómeno (al menos no del de nuevo cuño), pero en lo que llega, nos queda todavía la imagen del viejo cacique más charro que burócrata que hace lo que quiere, cuando quiere, como quiere y le vale madres todo.
En esa escuela se inscribe la película que reseñamos hoy: Rosauro Castro, de Roberto Gavaldón y protagonizada por el ubicuo Pedro Armendariz.
En uno de esos pueblos que tanto se parecen entre sí, donde las mujeres son mujeres y los hombres que no le gustan a Rosauro Castro se mueren, se celebra el funeral de Pedro Cardoza, excandidato a presidente municipal y enemigo de Castro, de cuya culpabilidad todos están seguros, pero que nadie está dispuesto a hacerle pagar. Después de todo, sigue siendo el hombre más rico y poderoso del pueblo.
A Rosauro le tiene sin cuidado y está muy feliz viviendo su vida como acostumbra, entre vino mujeres, canciones, y cuando le da tiempo, también está su adorado hijo, su sufrida madre y su esposa-saco-de-boxeo para cuando está de malas. Poco cuidado le ocasiona la llegada al pueblo de un nuevo fiscal que viene dispuesto a poner fin a tantos abusos, ya a otros como él se ha sacudido nuestro bigotón maldoso para andarse espantando de burócratas gubernamentales. Pero sucede que, al mismo tiempo, vuelve para ver a su madre enferma Benjamín, un joven a quien Rosauro exilió de la localidad por algún pleito ranchero. Al cacique se le juntaron los problemas: un crimen fresco, un fiscal nuevo que lo tiene bajo la lupa y el regreso de un enemigo que está dispuesto a declarar en su contra. Si no hace nada al respecto, se olvidan de quien es el jefe. Para colmo, el presidente municipal, amigo suyo y garantía de su impunidad, se le anda saliendo del huacal con eso de la ley y el orden. No hay enemigo pequeño, pero de nuevo, a Rosauro eso le vale y la soberbia le hará tropezar a él, un hombre que parecía seguro en la cima de su pequeño feudo, pero ya fuera de época en esta nueva era de las instituciones que ya no admiten tiranuelos de pacotilla como él… a menos que pertenezcan al partido, pero eso es otra cosa.
De nuevo tenemos al sombrío Roberto Gavaldón, asiduo director de dramas y hábil manejador del claroscuro. No sé si seré solo yo, pero Rosauro Castro es una película de sombras: las escabrosas callejas del pueblo lucen deslumbrantes de sol y la penumbra es más fuerte que la noche misma al caer el sol. Iluminación tan dramática parece un sello suyo como podrás corroborar en otras películas como La Barraca o La Otra. No se me escapa que, a fin de cuentas, tratándose de una película en glorioso blanco y negro, poco más puede hacerse que no sea valerse del contraste lumínico como elemento para destacar los props de la producción, pero es que de veras esto es algo que no ves, por ejemplo, en Buñuel, donde las sombras parecen más matizadas y tímidas pese a las ambientaciones de pesadilla que consigue más bien valiéndose de un imaginario alucinante. Y bueno, también los callejones empedrados y construcciones como son las de los pueblos mexicanos del Bajío se pintan solos para producir escenografías tan dramáticas dada su relación con la luz, bien juntitas todas las cosas para tapar el sol en el día como los pueblos moriscos de España, que son su modelo urbanístico; no en vano a veces el viejo cine español se parece (como en tantas otras cosas) al mexicano.
Pedro Armendáriz es un actor de carácter que domina la película lo mismo que Rosauro sobre el pueblo: todos los personajes se subordinan a su presencia y aunque no me convence ese tono de voz que usa en prácticamente todas las películas que le he visto, debo decir que este es justo el personaje para el que un actor como Armendariz está hecho. Y bueno, también interpretaba a menudo personajes sospechosamente similares entre sí, de modo que tal vez yo he caído en encajonarlo.
El guion es uno bastante monótono, lleno de requiebros y expresiones bien rancheras de esas que le oías a la gente de antes, aunque rebajada por las “groserías” que la censura les permitía. Muchos estereotipos del macho muy macho y mujer sumisa; hijos leales y madres abnegadas. Ya sabes, México de utilería fingiéndose México de verdad, pero es divertido. La historia deja claro para donde va desde el principio y aunque tiene un buen giro por ahí del último tercio, el final no tiene demasiado sentido, si me lo preguntas.
En fin, que esta es una película donde los maldosos hacen maldades. Considerando el moralismo del cine clásico mexicano no creo dar spoliers si te digo que lo que verás será la irónica caída de Rosauro, consumido por la misma fuerza en bruto que en años pasados. Considerando la época en que fue hecha, no creo que sea muy conspiranoica la hipótesis de que era un poco cine de propaganda para hacer quedar bien el centralismo del todavía nuevo régimen priísta, que ya no toleraba cacicazgos a la antigua de pistola y sombrero; ahora puro gobernador o presidentillo municipal empistolado y ensombrerado… pero con pin del PRI en la solapa. En ese sentido se aparece a otras obras que hacen eco del optimismo institucional del período como la ya citada Río Escondido o Flor Silvestre.
Vale la pena, aunque sea para ver ese México de brocha gorda de la vieja propaganda, sin un gramo de sutileza, pero cuya ingenuidad, tanto en la forma como en el fondo, aún conmueven.


