El surrealismo chileno hecho mexicano.
El surrealismo, extraño y fascinante, odiado por unos, amado por otros (yo estoy en el segundo bando). Y hablando de odiado por unos y amado por otros, tenemos a un personaje que cabe perfectamente en este ámbito: Alejandro Jodorowsky, probablemente el chileno más surreal que ha visto el mundo. Y es imposible hablar de este director chileno, sin mencionar la corriente que el creó: la psicomagia.
Si usted, querido lector, no sabe qué es la psicomagia, no se preocupe, que aquí le explicamos: podríamos definirla como una técnica terapéutica que emplea actos simbólicos para sanar el inconsciente. Propone realizar rituales poéticos que actúan como metáforas vivas, permitiendo resolver traumas o bloqueos emocionales sin pasar por la razón; se basa en que el inconsciente acepta el símbolo como un hecho real, facilitando una profunda liberación psicológica. Charlatanería pura y dura para unos, genialidad para otros. Usted decida, yo no tomaré partido de algo tan controversial. Sin embargo, de lo que sí tomaré partido es respecto a recomendar la película mexicana (aderezada con Chile) Santa Sangre.
El filme construye su trama como un ritual de trauma y destino: no avanza en línea recta, sino en espirales donde el circo y la familia se confunden hasta volverse indistinguibles. Jodorowsky parte de una premisa casi de melodrama criminal —un niño marcado por una infancia extrema— y la transforma en un relato de posesión psicológica, más interesado en la coherencia emocional de la pesadilla que en la causalidad clásica. El resultado es una historia hipnótica y cruel, que te obliga a seguirla no porque “explique” cada paso, sino porque cada giro parece inevitable dentro de su lógica de culpa, fe deformada y espectáculo.
En el primer gran bloque, la cinta fija el origen del conflicto en la infancia de Fénix: el derrumbe de sus figuras parentales no es un episodio aislado, sino la lección fundacional de que el amor puede exigir sacrificios y que la identidad puede ser un disfraz impuesto. Cuando el relato salta a la adultez, esa semilla se convierte en mecanismo narrativo: el regreso de Fénix al mundo exterior no trae libertad, sino la reactivación de un programa interno. La relación con su madre se vuelve el motor de la trama y, a la vez, su trampa: más que simple manipulación, es una simbiosis que le roba agencia y lo reduce a extensión de una culpa heredada. Incluso el deseo y la ternura aparecen como campo de batalla: el romance funciona como posibilidad de salida, pero la historia lo utiliza para medir el alcance del control materno, donde cada gesto autónomo se paga y cada acercamiento afectivo puede ser reescrito como traición.
Todo empuja hacia un clímax en el que el protagonista debe elegir entre seguir siendo instrumento o recuperar voluntad propia. Ese mismo diseño es también su límite deliberado: por momentos la película sacrifica transiciones o motivaciones “realistas” para sostener una lógica más mítica y alucinada, lo que puede sentirse abrupto si se busca un encadenamiento convencional de causas y efectos. Aun así, la historia termina sosteniendo una idea contundente: la liberación no consiste en salir del circo, sino en romper el guion familiar que confunde devoción con dominio y amor con condena.
La película llevará a quien está dispuesto a entrar al juego psicomágico del buen Jodo a un extraño paseo por ese México que tantos consideramos más extraño que la IA (surreal hasta el extremo), pero que sin lugar a dudas nos da mucho placer. Reitero, esta no es una película para cualquiera, es compleja y complicada de entender, pero si te liberas de tus ataduras concretas y aceptas la parte abstracta de la vida, seguro la disfrutarás.