Portada de la película Santa Sangre.
Portada de la película Santa Sangre.
Calificación recomendado de Rehilete
Calificación recomendado de Rehilete

Reseña por Augusto Montero

Santa Sangre (1989)
Alejandro Jodorowsky
Productor Fílmica Real
Película: Novela Gráfica

El surrealismo chileno hecho mexicano.

El surrealismo, extraño y fascinante, odiado por unos, amado por otros (yo estoy en el segundo bando). Y hablando de odiado por unos y amado por otros, tenemos a un personaje que cabe perfectamente en este ámbito: Alejandro Jodorowsky, probablemente el chileno más surreal que ha visto el mundo. Y es imposible hablar de este director chileno, sin mencionar la corriente que el creó: la psicomagia.


Si usted, querido lector, no sabe qué es la psicomagia, no se preocupe, que aquí le explicamos: podríamos definirla como una técnica terapéutica que emplea actos simbólicos para sanar el inconsciente. Propone realizar rituales poéticos que actúan como metáforas vivas, permitiendo resolver traumas o bloqueos emocionales sin pasar por la razón; se basa en que el inconsciente acepta el símbolo como un hecho real, facilitando una profunda liberación psicológica. Charlatanería pura y dura para unos, genialidad para otros. Usted decida, yo no tomaré partido de algo tan controversial. Sin embargo, de lo que sí tomaré partido es respecto a recomendar la película mexicana (aderezada con Chile) Santa Sangre.

El filme construye su trama como un ritual de trauma y destino: no avanza en línea recta, sino en espirales donde el circo y la familia se confunden hasta volverse indistinguibles. Jodorowsky parte de una premisa casi de melodrama criminal —un niño marcado por una infancia extrema— y la transforma en un relato de posesión psicológica, más interesado en la coherencia emocional de la pesadilla que en la causalidad clásica. El resultado es una historia hipnótica y cruel, que te obliga a seguirla no porque “explique” cada paso, sino porque cada giro parece inevitable dentro de su lógica de culpa, fe deformada y espectáculo.

En el primer gran bloque, la cinta fija el origen del conflicto en la infancia de Fénix: el derrumbe de sus figuras parentales no es un episodio aislado, sino la lección fundacional de que el amor puede exigir sacrificios y que la identidad puede ser un disfraz impuesto. Cuando el relato salta a la adultez, esa semilla se convierte en mecanismo narrativo: el regreso de Fénix al mundo exterior no trae libertad, sino la reactivación de un programa interno. La relación con su madre se vuelve el motor de la trama y, a la vez, su trampa: más que simple manipulación, es una simbiosis que le roba agencia y lo reduce a extensión de una culpa heredada. Incluso el deseo y la ternura aparecen como campo de batalla: el romance funciona como posibilidad de salida, pero la historia lo utiliza para medir el alcance del control materno, donde cada gesto autónomo se paga y cada acercamiento afectivo puede ser reescrito como traición.

Todo empuja hacia un clímax en el que el protagonista debe elegir entre seguir siendo instrumento o recuperar voluntad propia. Ese mismo diseño es también su límite deliberado: por momentos la película sacrifica transiciones o motivaciones “realistas” para sostener una lógica más mítica y alucinada, lo que puede sentirse abrupto si se busca un encadenamiento convencional de causas y efectos. Aun así, la historia termina sosteniendo una idea contundente: la liberación no consiste en salir del circo, sino en romper el guion familiar que confunde devoción con dominio y amor con condena.

La película llevará a quien está dispuesto a entrar al juego psicomágico del buen Jodo a un extraño paseo por ese México que tantos consideramos más extraño que la IA (surreal hasta el extremo), pero que sin lugar a dudas nos da mucho placer. Reitero, esta no es una película para cualquiera, es compleja y complicada de entender, pero si te liberas de tus ataduras concretas y aceptas la parte abstracta de la vida, seguro la disfrutarás.