




Reseña por Memo Fromow
Sueños de la Razón (2015)
Jorge Aguilar Mora
Era
Libro: Narrativa histórica, ensayo literario
Cuando una era de maravillas está por comenzar...
Pocos tiempos ha habido tan fecundos en el pensamiento humano como el siglo XVIII, en el que descubrimos las leyes esenciales que rigen los destinos del mundo físico y humano y, aunque sabíamos que todavía quedaba mucho por hacer, quedaba claro para esta sufrida humanidad, que en adelante todo iba a ir muy, pero que muy bien.
Que tiempos señor Don Simón, de la fe inquebrantable en el progreso y en la humanidad en peso… ¿o no?
Es fácil, llevado por las simplificaciones facilotas de escuela positivista, asumir un montón de asunciones masticaditas sobre el pasado de la humanidad: pensar que en un tiempo, todo era de una determinada forma y así sucesivamente hasta terminar de pulir nuestro orgullo de moradores del “futuro”, de lo glorioso Siglo XXI, a cuya mayor gloria apuntaron desde el principio de los tiempos todos los progresos y dolores de la humanidad. Chi cheñor, y quien diga que no, es un oscurantista.
Por si toda la irónica retahíla anterior no fuera suficientemente clara: no, las cosas en la historia y en la humanidad nunca son tan fáciles; a la par que un movimiento, que una “tendencia” dominante en un momento dado del devenir humano, existen muchos otros, los cuales, en muchos casos, fueron fieros contendientes por la hegemonía cultural de la época. Si bien es fácil darle al siglo XVIII el conveniente apodo “de las luces”, es muy necesario, aunque algo más incómodo, reconocer que dentro de la luz hay espectros y colores. El Iluminismo es más bien un término paraguas para recoger a la disidencia filosófica que venía teniendo lugar desde, bueno, desde siempre, pero que alcanzó su cenit ayudado por el inédito progreso técnico que vieron las ciencias entre los siglos XVII y XVIII. ¿Disidencia contra qué? Sobre todo, contra el hegemón cultural que representó el cristianismo desde la caída del imperio romano.
La Historia de ese lento, pero vastísimo cambio tiene uno de sus mejores cronistas en las obras del cultísimo Isaiah Berlin, historiador de las ideas en la cultura europea. En ensayos como Las Ideas Políticas en la Era Romántica, Las Raíces del Romanticismo Alemán o Contra la Corriente, el viejo sabelotodo nos da una muy meticulosa introspección a las raíces de lo que fue el siglo XIX merced a un osado salto en las profundidades ideológicas del siglo XVIII: nuestro presente no se entiende más que a través de su pasado. Allí nos da cuenta de muchos movimientos que vivieron contiguos a la ilustración, muchos de ellos diametralmente opuestos a los postulados de la misma, sin ser a su vez reaccionarios. Así, conocemos desde reaccionarios de tomo y lomo, amantes del antiguo régimen como Joseph de Maistre, Joseph Gorres o Georg Haman “El Mago del Norte”, hasta ilustrados amantes de la libertad, pero que no le compraban todo el paquete al racionalismo, tomándolo por una empresa deshumanizante y nihilista en su fondo. Ahí tenemos a la más bien olvidada corriente del idealismo alemán en sus diversas escuelas, desde los mismísimos y superfamosos literatos del temprano Sturm und Drang como Friedrich Schiller o el favorito de los niños, Wolfgang Goethe con sus escarceos científicos anti-newtonianos, hasta los infumables de la filosofía: Schelling, los hermanos Schlegel, Hegel, Novalis, Holderlin, Tieck, y otros tantos que de este lado del charco conocemos más bien poco fuera de las aulas de Filosofía. Con todo y sus ya entonces rebuscadísimas tesis, es innegable que tuvieron un peso determinante en como los pueblos de Europa empezaron a repensar su papel en el mundo, en la historia y como agentes de la misma.
Quizás en virtud del proverbial aislamiento de la América hispanoparlante de entonces que ese movimiento apenas y se conoció (al menos por su nombre) en nuestro lado de América. Algo también habrá tenido que ver la tremenda cerrazón del pensamiento y el severo control que se hacía del mismo bajo el régimen español, que cuidaba muy bien de dejar entrar cualquier cosa que oliera a cambio en sus colonias, fuera de ciertos muy limitados círculos.
Por eso y muchas cosas más, es sorprendente encontrar en la literatura mexicana un cronista tan puntilloso de este momento en la historia del pensamiento, tan distante por lengua y tradición al nuestro; pero pensándolo bien, Jorge Aguilar Mora era, definitivamente, uno de los pocos hombres en las letras mexicanas a la altura de semejante tarea. La obra es impresionante por los niveles de profundidad en la investigación a los que llega en este libro, el primero de una trilogía que, desafortunadamente, quedó trunca por la muerte del autor.
Y bueno, me he quedado solo en el Idealismo Alemán, pero lo cierto es que este libro y sus sucesores abundan en muchísisisisisimo en otros aspectos de la desbordante vida cultural europea durante los albores del siglo XIX: la música, la literatura, la ciencia, la política; todos estos rubros son abordados por el autor con un derroche de cultura que no puede sino dejarme anonadado ante la capacidad de investigación de un solo hombre. Desde chismes hasta profundas disquisiciones en torno a los incompletos saberes científicos de la época, Mora los aborda a través de un curioso artificio narrativo. El narrador de los acontecimientos es omnisciente y abarca con su mirada todos los continentes que le interesan e incluso la vida interior de los personajes que le conciernen, pero solo sabe lo que puede saberse hasta el año en que está narrando: cuando habla en 1799, él no sabe aún lo que hallará Humboldt en América, embarcándose como está en Marsella en ese momento; ni quién quedará como papa en el cónclave de Venecia efectuado ese año.
Por supuesto y como dijimos anteriormente, no se puede conocer el presente, ni ninguna época para el caso, si no es a través de sus antecedentes, y a la par que comenta los acontecimientos “de actualidad”, nuestro informado narrador nos refiere a los eventos de años, décadas anteriores que han dado lugar a las circunstancias desde donde escribe, por ejemplo, la discusión sobre las asunciones y espacios a priori entre los sucesores de Newton y el uso tácito de esa misma herramienta conceptual por parte del astrónomo William Herschel 60 años después, y luego por parte de Kant 10 años después de Herschel, a 7 décadas de esa polémica sostenida en la década de los 1710's… y uno cree que conoce algo de historia por saber dos que tres cosas de Newton.
Lo especialmente enrevesado del párrafo anterior y el hecho de que trate sobre un tema que a muy poca gente le quita el sueño, me sirve para dar una idea de la profundidad que se gasta este libro en los asuntos que trata y de la inabarcable variedad de pensamientos que existían (y existen) en torno a temas que nuestra pacata “cultura general” contemporánea da por cerrados y cuyas simplificadas conclusiones asume como únicas e irrebatibles desde su nacimiento por la pura fuerza de nuestra ventajosa posición presentista. Cosas como la Evolución, la Gravitación Universal, el Cálculo Diferencial o el Planeta Neptuno son cosas que muchos asumen como indiscutibles, como ideas que nacieron completas y en su forma actual desde el día 1, sin concebir que, como toda idea, vinieron acompañadas de un largo trabajo de refinación a través de la polémica: episodios como la lucha cuesta arriba del Doctor Thomas Young por demostrar que la concepción newtoniana de la luz era errónea; el reconocimiento del género novelístico ante el público europeo a través de las elucubraciones del grupo de Jena; la creciente relevancia del concepto de lo sublime como idea rectora de lo que sería la belleza en un mundo crecientemente descafeinado por obra del racionalismo. Estos son solo algunos ejemplos que da Mora a lo largo del libro para mostrarnos el desarrollo de una idea a través de los años y del lente de una época, pero el libro abunda en muchos más tesoros de elocuencia y erudición para demostrarnos cómo la Historia está muy lejos de ser una simple línea recta hacia las cosas que ya sabemos hoy.
Ahora bien, aunque el libro abarque tantas cosas, mi énfasis inicial en los caminos seguidos por la escuela alemana de filosofía no fue un mero capricho: este tremendo viaje intelectual es hecho no solo gracias al mecanismo del narrador omnisciente, sino también a través de seguir con especial atención a ciertas figuras señeras del período, atención que continuará en los tomos siguientes de esta trilogía: seguiremos con detenimiento la juventud, la formación y la evolución intelectual de Alexander von Humboldt, de Anne Louise Germaine de Staël-Holstein (Madame de Staël para los cuates); los hermanos Wilhelm y Friedrich Schlegel, y a través de una atrevida conjetura sobre como pudieron haber sido sus pensamientos, veremos el transcurrir de estos pocos, pero riquísimos años.
Fiel a la manera tan única que tiene en sus obras de contar las cosas, Mora nos ha preparado no solo un banquete de erudición, sino una manera literariamente original para llevarnos de la mano a través del nacimiento de un nuevo siglo: uno pleno de maravillas que los aburridos moradores del presente difícilmente podríamos imaginarnos sin ayuda desde nuestra mediocre educación histórica.
Esto no es un libro amistoso ni para todos: asume que sabes muchas cosas y que estás familiarizado con muchos términos y eventos de toda clase, desde históricos hasta científicos. Pero no te espantes, que si alguien odiaba a los snobs era Jorge Aguilar Mora: no hay ninguna vergüenza en leer este libro apoyado de otros; lo mismo que cuando en algunos casos hay que leer diccionario en mano, hoy tenemos internet para remover un poco en lo que no entendimos antes de continuar la aventura. En verdad, una de las cosas que más me enriqueció de haber tomado este libro, fue lo mucho que me obligó a investigar de otras cosas. Déjate llevar bien adentro del agujero del conejo: empieza con preguntar por los nombres de las personas que el autor nos pone enfrente y acaba checando tratados de óptica para medio-entender los términos del debate científico en el siglo XVIII, aunque sea por las puras risas: por imposible que suene, te va a sonar mucho más actual de lo que te imaginas.
Estamos ante una obra monumental en sus pretensiones y sus logros, pese a haberse quedado apenas en las primeras estaciones de su desarrollo. En 2024, Jorge Aguilar Mora dejó inconcluso el tercer tomo de esta serie que pretendía abarcar todo el siglo XIX, empresa imposible si me preguntan; pero si alguien hubiera podido hacerla, era él. Por mientras solo nos queda sumergirnos en el torbellino del pensamiento en este año de 1800: desde Rehilete seguiremos reportando los avances de estos jóvenes alemanes locos y de ese General Bonaparte, a quien solo Dios podrá decir hacia donde lo llevará su ambición…
Hasta aquí mi reporte Joaquín, reportando para ustedes Memo Fromow, corresponsal de Rehilete para el siglo XIX.


