




Reseña por Memo Fromow
Un Chavo Bien Helado (1990)
José Joaquín Blanco
ERA
Libro: Crónica
La derrota no sabe a música disco: la desolación anímica de una generación.
Es un clásico de twitteros sin mayor noción de la historia añorar cosas que nunca vivieron ni conocieron, ni conocen hoy tampoco, por mucha información que haya: ni en México (ni en buen aparte del mundo) las estéticas y movimientos que asociamos a ciertas décadas como el jipismo sesentero o el paraíso de la posguerra y el New Deal de los 50´s gringos fueron cosas que se vivieran en México del mismo modo. En lugar del encanto de The Apartment o I Love Lucy, nuestro collado de siempre era más bien como Los Olvidados, a medio camino entre algo parecido a la modernidad y la miseria horrenda de siglos pasados que ni la industrialización alcanzaba aún a borrar. Los productos culturales mexicanos de esta época no se parecen en casi nada a la estampita publicitaria de fayuca que tantos insisten en identificar como un pasado ideal.
Los 80's en México fueron especialmente amargos: nuestro país se hundía más y más en deuda producto de la ilusión petrolera provocada por el embargo de la OPEP y las políticas monetarias estadounidenses que, si para ellos significaron la recuperación económica después de sus tristes setentas, para México y otros endeudados significó una derrota económica y moral que dio nombre a “La Década Perdida”. En este caldo de desilusión, pobreza, desempleo e inflación rampante, se terminó lo que quedaba de entusiasmo por el Milagro Mexicano y los jóvenes se sumían en un marasmo depresivo donde nada parecía funcionar. Peinados afro y sacos de solapas inmensas para las élites urbanas agringadas y miseria generalizada para el resto.
Es precisamente el retrato de esta época el que traza con colores de apocalipsis José Joaquín Blanco, uno de los más grandes críticos literarios de México junto con Carlos Monsiváis. Justo como el Monsi, Blanco cultiva el género de la crónica como un crítico ácido y descarnado de la sociedad mexicana, poniendo el dedo en las llagas de siempre, pero que parecen reinventarse con cada década en modalidades cada vez más odiosas: el autoritarismo estatal, el gandallismo empresarial, la corrupción ubicua ¡La vida apesta! Pero hay que vivirla igual.
Esta colección de crónicas toman acontecimientos muy específicos como excusa (los juegos olímpicos, manifestaciones, crímenes) para hacer la disección de las actitudes vitales de los mexicanos de entonces con un enfoque sociologizante que si resulta bastante pesado y por momentos sermoneador, él será el primero en reconocer como tal y escarnecerse por tomar tal tono aún sabiendo que lo último que necesita el país es al enésimo comentarista intelectualoide de banqueta que pretende comprender la entelequia del “mexicano” al estilo de Octavio Paz, Samuel Ramos o Jorge Portilla: colocándose desde una muy a menudo inexistente distancia de los acontecimientos y emitiendo juicios tan lapidarios como inútiles. Blanco entiende su labor no como la del médico de la nación sino como su cronista: pocas opciones tiene el hombre de letras ante el cataclismo más allá de documentarlo, si bien no con vocación historiográfica, bastante esclarecedora como testimonio crítico del zeitgeist de una época que parece haberse borrado de la memoria de todos los que nacimos después de 1990.
La de Blanco es una prosa ácida, a menudo incómoda y en veces injusta en la acrimonia que muestra hacia el respetable público. Lo cierto es que es muy necesario para una audiencia que ha a olvidado viejos males al punto que hoy los ve como alternativas preferibles a los de una época también difícil como es la nuestra, pero que requieren muchas cosas más allá de una nostalgia ciega por un pasado ficticio que ni siquiera es el nuestro.
Mezclados con la crónica de los eventos, también vienen algunos textos más introspectivos en cuanto a la manera que afronta la vida cotidiana la gente como él: los “intelectuales”. Particularmente desoladores (en un panorama ya bastante deprimente) son estos pasajes dedicados a abundar en las sensación de desencanto para con las viejas ambiciones de los que sin ser aún viejos (insisto, en los 80's), han visto tiempos mejores. Tiempos en que las cosas parecían tener un significado más allá de simplemente sobrevivir a los estragos de la debacle económica, la creciente indiferencia social y, por supuesto, la edad que empieza a alcanzarlos con su bien conocido rosario de achaques que hacen de la vida un poco más desabrida al quitarle a él y a los de su generación, hasta el gusto del exceso: crónica del tiempo que pasa sobre el país y sobre el cuerpo que ya no halla el gusto en la borrachera ni le exceso, ya sea físico o anímico. Me imaginaba a la vida bien diferente…
En alguna entrevista que le escuché en RadioINAH, Blanco comenta la obra de su colega Monsiváis y como no le es del todo grata reconoce su agudeza, pero deplora el estilo tan barroquizante del querido Monsi. Como lector de Monsiváis, soy el primero en reconocer que sus textos pueden ser bastante oscuros en ese afán estilístico tan particular que, sin embargo, lo hace único; no obstante la objeción de Blanco no deja de resultar extraña por cuanto su estilo es muy, pero que si muy similar. Acuñando neologismos con barbarismos, prolongando monólogos imaginarios hasta alcanzar con los pensamientos de un hipotético anónimo los razonamientos más abstractos y otros enrevesados, pero creativos recursos discursivos. Con todo, el de Blanco resulta un estilo más amistoso que el de Monsiváis, pero no deja de ser sospechosamente similar.
El presente libro es un pequeño pero significativo testimonio de un hombre acostumbrado a hacer una crítica bastante más profunda que la simple jeremíada de todos los tiempos vociferada por el medio de oposición en turno (los cuales él denuncia como oportunistas sin mayor programa que el golpeteo grillero). En honor a la justicia, si bien muchos de los males aquí presentes siguen vigentes, otros tantos son ya cosa del pasado salvo para los que insisten en vivir del pesimismo para no enfrentar su presente; claro, nuestra época, nuestra vida tiene problemas nuevos, y me atrevo a decir que hasta peores, pero hay que vivirla. Peor es no creer ni hacer nada para no decepcionarse, que la vida te pase por arriba sin sentirla como un chavo bien helado.


