Portada del libro Un Dios Olvidado.
Portada del libro Un Dios Olvidado.
Calificación recomendado de Rehilete
Calificación recomendado de Rehilete

Reseña por Memo Fromow

Un Dios Olvidado (2025)
Mirando Murillo y Aranza Álvarez
Escena
Libro: Novela Gráfica

Un sabroso entremés primitivista que promete mucho.

A veces, cansados de tanta historia, se vale tomarnos un descanso de tantas lecciones amargas y darnos una vueltecita por los dulces recovecos de una fantasía sin mayores ambiciones que ser lo más distinta posible al mundo en que se nos dio ser.


Nada de luchas sociales, de hondas meditaciones sobre la naturaleza de la nacionalidad ni la ficción; sesudas disquisiciones literario-filosóficas ni mementos mori. ¡No! Nada de eso hoy, mesero, hoy quiero postre, y después de eso, otro postre, y de postre… un tecito de manzanilla que tampoco conviene pasarse.

Un Dios Escondido es el trabajo de titulación de dos alumnas de Escena: Miranda Murillo y Aranza Álvarez. Escena es una de las instituciones más activas en las últimas décadas en cuanto a la formación de profesionales de las artes gráficas, un sector creciente entre los estudiantes mexicanos desde hace ya varios años a pesar de la batalla cuesta arriba que es su inserción en una industria que en México sigue en pañales, o como algunos argumentan, ni siquiera existe aún como tal.

La historia que nos cuentan es una tan, pero tan distante de casi todo lo que acostumbramos en la cultura mexicana, que de veras tuve que consultar varias veces los antecedentes de las autoras para ver si de veras no estaba alucinando producto de dejar mi horno encendido. Luego recordé que no todo lo mexicano, como dije arriba, tiene que ver con denunciar o analizar problemáticas nacionales o incógnitas históricas: de modo que dejé de preocuparme y sólo rocanroleé tranquilo de la mano de esta fantasía primitivista espolvoreada de un ambientalismo tan romantizado que funciona más como escenografía que como llamado de atención que pueda sacarte del estado de relajación al que te debe llevar una lectura sin mayores pretensiones.

Oda y Kennu son hermano y hermana. Viven en Otteio, hogar de su tribu, una antiquísima comunidad de prístinas costumbres que pide prestado mucho de su identidad de las antiguas naciones del norte de América: un poco de Inuit por allá, otro tanto de Kwakiutl, un toquecito de los iroqueses y otro poquito de tantos que no sabría, ni tendría mayor caso intentar listar.


Esta gente ha vivido por generaciones y generaciones sobreviviendo a la manera que Rosseau y otros idealistas imaginaba que hacían los aborígenes de antaño: en pacífica convivencia entre ellos mismos y en armonía con la naturaleza ¿o no?

Aquí es donde el velo idealista se rasga un poco, y se atreve a dar un pasito adicional en el reino de lo simbólico retratándonos la relación antagónica que la tribu tiene con su medio ambiente, representado convenientemente por un monstruo horripilante llamado Ugraf, del que hay que cuidarse cuando llega cierta temporada del año: clásica alegoría del invierno entre los pueblos de antaño, y aquí un literal monstruo estilo jefe de videojuego que depreda a los simples pobladores que lo temen, pero quienes también saben hacerle frente lanza en mano cuando hace falta.

Oda es gentil y sensata, digno arquetipo de la sabiduría femenina; Kennu, en cambio, vanidoso y atrabancado como cabría esperarse de un adolescente con mucho qué demostrar. Su dinámica es una que hemos visto ya muchas veces: dos hermanos que chocan a diario en lo accesorio, pero se adoran en donde importa. Sobre ambos, vela la figura de su padre Omari, un guerrero viudo que vive lamentándose no haber podido proteger a su esposa del monstruo que acecha su vida y la de su pueblo.


Los hermanitos viven el momento haciendo los pininos de la juventud, cuando acaban dándose, por novelescos circunloquios, de bruces con el peligro más grande que este pequeño mundo puede ponerles delante: Kennu, ansioso de validarse frente a su padre y frente a los suyos, actúa guiado del orgullo solo para acabar regándola en grande, poniendo en peligro a su hermana y poniendo las fuerzas de la trama en curso de colisión. Para él, esta prueba de madurez se vuelve un asunto de vencer o morir. Oda, en cambio, cautelosa por la reflexión a la que obliga una naturaleza compasiva como es la suya, ve en el peligro, sin embargo, algo que una tradición incuestionada desde hace eones había impedido notar a su pueblo.

Y por sobre ambos, está, de nuevo, su padre, llevado de la ira y la culpa, presto a echar todo a perder otra vez.

No hay que ser un prodigio de las letras para saber donde va la cosa: estoy seguro de que, aún sin haber dado mayores detalles al respecto, ya habrás deducido para donde va la trama. Esto es, a su modo, un drama de enredos donde las cosas no son lo qué parecen (aunque tampoco son tan diferentes). No puedo decir que la manera en que se conduce la historia sea particularmente original, ni tampoco sus personajes, también muy manidos dentro de su arquetipo.

La ambientación, como dije arriba, bebe mucho del imaginario de la Norteamérica precolombina y, tanto en sus diseños como en su mundo, recuerda mucho (pero MUCHO, por eso insisto) a Avatar: la Leyenda de Aang. Las similitudes continúan dada su combinación de momentos serios con un humor gráfico basado en gags sacados del animé y un estilo de dibujo que se esfuerza por ser manga, pero que tampoco quiere llegar a tanto: hay mucho que recuerda aún a la animación occidental de la pelea pasada. Personalmente, he disfrutado bastante ese híbrido cartoon-manga que ha dado felices resultados en el pasado en cosas como Los Boondocks, Code Lyoko, la versión animada de Martin Mystery o, por supuesto, Avatar, por citar solo algunos. Quizás más que al manga, Un Dios Olvidado, se parece a ese híbrido animado que le ha dado por perfeccionar a franceses y estadounidenses estos últimos 30 años.

Hecha esa laaaaarga nota, me temo que, fuera de lo inusual que es ese estilo mestizo frente a la ola de autores que quieren ser a todo trance manga, tampoco estamos frente a algo particularmente notable en cuanto a su apartado gráfico: los fondos son su punto más fuerte en cuanto derroches de atención al detalle. Luego tenemos el manejo del color, que, aunque no tan sutil como en otros autores mexicanos, se nota que saben cómo utilizarlo para dar una buena ambientación. Las anatomías están… bien. Bien y ya: de pronto los cuerpos se mueven raro al punto que yo, sin ser quiropráctico no puedo evitar notar que no deberían verse así; las caras de pronto fallan con ganas y aunque nunca llegan a lo abominable, de pronto lo único que puedes ver es la excesiva curvatura de los perfiles entre la nariz y la frente, o un par de ojos que, de pronto, lucen mucho más grandes de lo que eran un cuadro antes.

Con algo de suerte, lo próximo que veamos de Miranda y Aranza, habrá limado estos detalles y será clara muestra de un potencial más trabajado.

Me disculpo si por momentos esta reseña se lee como demasiado crítica, pero lo cierto es que, si bien Un Dios Olvidado es un trabajo decente, sobre todo considerando su carácter curricular y lo primerizo de sus autoras, lo veo más como una promesa, un paso preparatorio antes de dar el salto.

Yo, por mi parte, espero que las chicas no se queden a medio camino: que sigan y triunfen donde otros aburridos como yo no nos hemos atrevido y que logren vivir del arte: está bien empezar con algo ligero para rocanrolear la tarde sin mayores pretensiones; pero (y díganme payaso) yo espero de mis autores que me lleven a las estrellas que no pude alcanzar, y confío, como dije arriba, que esto sea solo el entremés antes del banquete que se nota, las autoras pueden darnos.

No nos dejen con las ganas.