


Reseña por Memo Fromow
Una Familia de Tantas (1949)
Alejandro Galindo
Producciones Azteca
Película: Comedia
Cuando el mundo se te cuela en casa.
¿Qué le pasó a las buenas costumbres? Preguntan los abuelos y la gente que no es abuelo ni tiene edad de serlo, pero a la que le irritan los jóvenes de hoy, olvidando seguramente que los verdaderos abuelos han vivido toda la vida como unos salvajes.
Pues miren, no es que yo sea fan de las jaladas tan feas con que de pronto el presente nos agobia, pero la verdad es que, si las cosas eran como la familia de esta película (un super clásico del cine mexicano), estoy bastante seguro que vale la pena aguantar el escándalo y las incomodidades de hoy, antes que soportar a Fernando Soler con traje y corbata las 24 horas respirándote en la nuca hasta para ir al baño y recordándote cada-maldito-minuto que algo estás haciendo mal.
Estamos en casa de los Cataño, una familia tan pacata que lo hace a uno preguntarse si en este país hubo, no digamos una Revolución, sino si tan siquiera cambio de siglo. Desde el retrato de Porfirio Díaz en la sala hasta la rígida y santurrona disciplina que impera en todos los órdenes de sus vidas, esta familia fue diseñada para representar la caricatura de esas florecillas de invernadero que se las arreglaron, después de la Revolución, para hacer como si el porfiriato nunca hubiera pasado. Es un retrato de ese México que siguió creyendo la caricatura de ser Europa con morenos, donde la “gente decente” de los 1910's insistía en vivir.
Rodrigo Cataño, empresario e inflexible Patriarca de su familia, rige su casa como un monasterio secular de la contabilidad: domina a sus hijas, mujer y empleada doméstica como un severo profesor, mientras que sigue tratando a su hijo como un niño en lo esencial. En su casa, todos los tiempos están debidamente regimentados, y hasta el fin de la infancia de su hija Maru está claramente señalado para sus 15 años, que están ya muy próximos. Por supuesto, la vida sigue cuando se va a trabajar: Maru y sus hermanas tienen sus propios problemas y asuntos entre manos, totalmente ajenos a la voluntad de su padre, que se precia de tenerlos bien en cintura. Poco se imagina el viejo cuanto pasa a sus espaldas ni la que se le viene encima cuando a su puerta toca el dinámico Sr. Del Hierro, vendedor de aspiradoras para la House Machines Co. Don Rodrigo está en al chamba, y le toca abrir a Maru, quien todavía no se acostumbra a eso de “ser una mujer” (…a los 15 años) y de la visita de un simple vendedor de puerta en puerta acaba por hacer un enredo digno de conspiración palaciega.
Mientras vemos cómo el nuevo siglo llega a esta casa en forma de aspiradora multiusos con boquillas integradas para los lugares difíciles, sentimos tambalearse el precario orden en que Don Ro creía tener su casa. Resulta claro que el guion es una fina mofa, no siempre alegre, de una gama de actitudes del México del XIX… en plena década de los 1940's. Don Rodrigo nunca es objeto de burla directa, ni parte de sus hijos ni del guionista, pero no podemos evitar sonreír por lo bajo al saber todo lo que él no sabe. Sin ser panfletaria, la película fue (y quizás aún sea) un exhorto a bajarle dos rayitas a lo payaso y aceptar que no todo el mundo va a persignarse cada que se sienta a la mesa. El mundo está muy cambiado, y aunque Maru no tenga permiso de salir a la calle más que para el pan, basta ese brevísimo roce con el mundo para notar que no se puede vivir así.
En 1940 México, y el mundo también, estaban viviendo el inicio de la modernización a la estadounidense que vino a romper con una tradición de siglos en cuanto a lo que se consideraba la vida en general. La vida cambió tanto que de pronto ya muchos no reconocían seguir viviendo en el mismo país… y sin embargo, todo parecía seguir tan igual. Es una ilusión pensar que lo que pasaba en las capitales se replicaba en el interior del país: tan duro era el México Viejo, que hay quien dice que, al producirse el éxodo del campo a la ciudad, fue la ciudad la que se volvió un poco más un ranchote que otra cosa. Para variar, fue Monsiváis quien mejor describió este extraño híbrido moderno-confesional que era la vida urbana en México: donde los mecanismos de juicio moral propios de la vida rural se importaron a la ciudad, total que de todos modos la mayor parte de la gente no tenía privacidad ni en casas de vecindad ni en casas multigeneracionales regidas por criterios morales provenientes de otro siglo.
En el campo seguían mandando los caciques con la brutalidad de siempre, pero ahora con traje y su pin del PRI. En la ciudad seguía el terror de la vida en familia donde el día se mide según las devociones religiosas. El paso de los años por las fiestas del santoral y los hitos de la vida, celebrados con la debida pompa católica disfrazada a la francesa o a la gringa según el gusto y lo moderno del millonario en turno.
Por mucho que Don Ro creyera estar manteniendo las buenas costumbres en la casa y remodelando sus electrodomésticos, lo cierto es que lo que le pasó no es sino la reedición en glorioso blanco y negro de lo que había sido siempre la vida en México y el mundo. Al final, todos sabemos a qué jugamos: hombres de su edad sabemos que las desgracias no se pueden evitar; es la manera en cómo lo llevamos lo que distingue a las generaciones. La suya se enojaba y se tapaba los oídos diciendo “no oigo no oigo soy de palo”, cacheteaban a las mujeres y a otra cosa. Si algo hay que reconocerle al American Way of life, es que era un poco más sincero consigo mismo que la obsesión hispánica con la quimera del honor en tiempo de masas, y si algo hay que reconocerle a la chamaquiza y a nosotros los millenials, es que progresivamente se ha vuelto más fácil hablar de lo que nos molesta antes que pegarle a la pared o a la esposa e hijas.
Una Familia de Tantas, parece tener una cierta moraleja modernizante, y lo cierto es que la lleva, pero cierto es también que el cine comercial rara vez tiene otra agenda que la taquilla: es una película hecha por gente de su tiempo, hablando de cosas de su tiempo, que sucede que son cosas de todos los tiempos. Nada más. No pensemos, al más puro estilo vasconcelista en conspiraciones para descatolizar México, solo el consumo extendiéndose, solo una muy necesaria conversación que la sociedad estaba teniendo consigo misma.
No requirió otra guerra civil empezar a soltarnos el pelo: tomó muchas, una familia a la vez.




