Calificación recomendado de Rehilete
Calificación recomendado de Rehilete

Reseña por Memo Fromow

El Estruendo del Silencio (2006)
Bernardo Fernández, Bef
Fondo de Cultura Económica
Libro: Novela

En el vacío, todo suena más fuerte.

Muchos tuvimos que esperar casi 20 años para conocer la faceta cienciaficcionera de Bernardo Fernández Bef. En Rehilete ya hemos tenido el placer de reseñar la otra novela futurista de Bef,
Gel Azul. Cual no sería mi sorpresa al saber que esta no solo era su novela gemela, sino que originalmente fueron publicadas en conjunto solo para que tuvieran que mediar 20 años desde su terminación hasta su republicación en una edición que no se fuera a la trituradoa, como parece haberle sucedido a la primera iteración de esta novela. Es un curioso episodio del que los autores jóvenes podrían aprender mucho acerca de la dinámica de la industria editorial, de los vaivenes y desencantos que es a veces necesario atravesar antes de alcanzar el triunfo. Pero a lo que nos truje: robots, naves espaciales y mucho cyberpunk.

En algún momento de un futuro tan adelante que no tiene ni sentido intentar suponer cuando, un autómata insectoide tiene por misión el mantenimiento de una nave con características orgánicas que recuerdan convenientemente a las de una medusa y guiada por una inteligencia artificial híper eficiente. Ambas entidades se limitan a labores mecánicas y estrictamente tipificadas por su programación original: así lo han hecho por milenios, sin preguntarse nunca sobre nada más que el funcionamiento de la nave y resolver los problemas que se presenten de manera acorde a los protocolos. De pronto, la cosa empieza a soñar…

En un pasado remoto, el mundo fue gobernado por superricos tan caricaturescamente ricos que recuerdan a villanos de animé; las corporaciones japonesas hacen y deshacen a su gusto en un mundo en el que no cuentan más que la ambición y la agresividad sin tomarse el menor reparo moral a la hora de chuparle la sangre al resto del mundo. Qué tiempo para estar vivo.

A la cabeza de uno de los más voraces entre estos monstruos transnacionales está Koji Cuauhtémoc Kobayashi, un insufrible junior que reúne todos los peores tropos relacionados al plutócrata inescrupuloso que pueden venirte a la mente. Como es costumbre en las criaturas que nacieron para heredar un mundo, este híbrido de mexicana y japonés es infeliz a pesar del poder y riqueza prácticamente ilimitados de que dispone y entretiene su desencantada existencia haciendo miserables a otros por capricho y mirando con cinismo casi todo asomo de nobleza que se le acerque.

Es fácil imaginar como estas dos tramas están conectadas, sin embargo, no lo diré para dejar sembrada la semilla de la duda: baste decir que nos encontramos ante una clásica disyuntiva como la que nos han planteado desde hace décadas obras como Yo, Robot, ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? o Ghost in the Shell: ¿dónde termina la máquina y empieza el hombre? ¿Qué hace a un humano, y a veces a un robot más humano que un humano mismo?

Por supuesto, las respuestas concretas a dichas preguntas no existen realmente. Al menos aún: como el nudo gordiano, la resolución vendrá antes de un golpe de la realidad que de elaboradas elucubraciones filosófico-literarias. Como sucede a menudo, la realidad supera a la ficción.

Cabe esperar en una novela hecha hace ya más de 20 años que, uno de los placeres en los que podemos incurrir hoy gracias al beneficio de la retrospección, es el poder regodearnos en los yerros de la profecía Befiana comparándolos con nuestra actualidad. El presente, hoy pasado, que determinaba nuestras profecías hace 2 décadas ha cambiado mucho: la batuta no pasó al Japón, sino a China; la inteligencia artificial es bastante distinta de como la imaginábamos entonces, con lo limitado de las herramientas que teníamos entonces a disposición; el poder se ha fragmentado regionalmente en lugar de concentrarse en una sola élite capaz de regir los destinos del mundo entero, etc. Contrario a lo que pueda pensarse, no encuentro el placer en señalar y decir “te equivocaste”, sino en una juguetona (y algo cínica) nostalgia por recordar las concepciones que teníamos entonces acerca del mundo, su funcionamiento, y su futuro. Cuán ingenuos éramos entonces, y con qué soberbia creíamos poder predecir con precisión de relojero el movimiento de la Historia.

Contrario a Gel Azul, esta es una narración más pausada, que se toma con más calma su tiempo, lo que se ve reflejado en el volumen del libro: el thriller requiere de gran velocidad para inducir el vértigo que provoca seguir pistas vivas. Aquí el lánguido transcurrir del tiempo es un elemento determinante para definir el tono general del libro: todos los días se sienten iguales en la infinitud del tiempo y las estrellas o entre los placeres sin chiste de una vida que no depara sorpresas más allá de algunas sádicas diversiones cada vez más insípidas.

Aunque por momentos me sentí asfixiado entre el retrato estereotípico de un tirano corporativo y la monótona jerga futurística que describe el funcionamiento de una nave espacial, entendí que esa pesadez es premeditada y era antes un logro de ambientación que un abuso de lenguaje: la tiranía y la perspectiva de un tiempo infinito son circunstancias que deben sentirse atrapantes, y más importante, dan gran valor al contraste que surge al llegar el clímax de la historia. Después de páginas y páginas enrareciendo el ambiente de monotonía moral y cósmica, la chispa que viene a romper estos dos empantanamientos narrativos se valora y brilla mucho más.

Verdaderamente, después de tanto desganado horror, el final es un poema tan discreto como brillante, que basta para sacar una sonrisa; y, dicen algunos, hasta una remilgosa lagrimita.

He ahí el estruendo en el silencio: la vida que renace en medio de la literal y metafórica nada. El buen BEF lo hace de nuevo.

Algo que me gusta de la narrativa de Bernardo Fernández es la sencillez de su prosa y como esto no demerita su capacidad para sentir y hacer sentir a otros. Gel Azul, a pesar de su sórdida atmosfera, también se las arregla para hacer traslucir una chispita de belleza que siempre sobrevive en el naufragio. Confesaré que sus caracterizaciones de misántropos indiferentes son tan envolventes que casi me hacen pasar mi antipatía del personaje al autor, pero mi rabia queda al final desarmada con algún retruécano que devuelve la humanidad a los monstruos de manera tal, que no puedo sino pensar que tal vez, solo tal vez, hay esperanza para todos.

Para los buenos, para los malos, y para el futuro.