




Reseña por Memo Fromow
Fantasmas de la Luz y el Caos. 1801 y 1802 (2018)
Jorge Aguilar Mora
Era
Libro: Novela gráfica
El Mundo sigue en gestación: Rehilete reportando desde la cuna de lo moderno.
Hoy, en los titulares de Rehilete, aquí estamos de nuevo, el siglo de los años 1800 está donde lo dejamos: al final del libro anterior.
El joven Napoleón es apenas un “primir kinsil” (o primer cónsul, para la gente seria), sí como no; la paz de Amiens está próxima a ser firmada y poner fin a las Guerras Revolucionarias las cuales volvieron a Francia contra todos y que han asolado Europa este principio de siglo. Por si fuera poco, el gran corso está también a punto de sellar con el Papa un concordato que pondrá a prueba (por no decir que desarmará) a la iglesia galicana y su ardua lucha de siglos por su autonomía, no sin antes hacer pasar al Santo Padre por un auténtico vía crucis durante el cual nadie supo donde estuvo su santidad durante algunos días.
Pero primero, Jorge Aguilar Mora nos pone al tanto sobre los que anda siendo uno de los hilos conductores de esta original narración (que empezó, por si estás leyendo esta reseña en desorden, en Sueños de la Razón 1799 y 1800; ve a leerla antes de esta): el mismísimo Wolfgang Goethe, quien está por partir de vacaciones con su hijo natural (o bastardo, para los patanes) a un balneario próximo sin saber que le va a dar el soponcio y casi se va a morir sin terminar Fausto. A veces es difícil penetrar los criterios que Mora usa para elegir los momentos en que parte la narración; pero conocer un momento y circunstancias de la vida de Goethe que no imaginaba hasta leer este libro es un buen comienzo para los amantes de lo extraño.
Fiel, como dijimos, a la manera de contar este accidentado recorrido por el siglo XIX, Mora nos pone en los zapatos de ciertos “protagonistas” de los cuales Goethe, los hermanos Wilhelm y Friedrich Schlegel, Friedrich Wilhelm Joseph Schelling, Madame de Staël, Alexander von Humboldt y otros raritos por estilo son solo algunos de los que nos han presentado y a los cuales está por añadirse uno más. Si en el tomo anterior el autor dejó un poco fuera de la euforia del torbellino histórico al continente americano, en este va a dejar sobradamente compensada esa inicial ausencia: estalla la rebelión de los esclavos en Santo Domingo con uno de los grandes del siglo, Touissant Louverture, y además, uno de nuestros nuevos personajes consentidos será el naturalista neogranadino (o colombiano, pues) Antonio José de Caldas; reprimido moralista con problemas legales, pero brillante hasta los tuétanos al punto de haber llegado por medios experimentales a muchos de los mismos resultados que los científicos europeos han llegado, pero con muchos menos recursos, sin apenas ayuda de un medio académico mucho más limitado y con herramientas construidas por él mismo. Al momento está que se muere de emoción, pues ha contactado y espera encontrarse con el mismísimo Humboldt, que está atravesando el Caribe rumbo a costas colombianas para ver a sus colegas de entonces: Francisco Zea, el Marqués de Selva Alegre, José Celestino Mutis y otros tantos de los que seguramente nunca has escuchado hablar porque eso de la ciencia en la vieja América no es como que estuviera tan desarrollado antes del siglo XVIII, y aún para el siglo XIX, muy apenas despegaba.
Por supuesto, este libro abarca mucho, pero mucho más que simple chisme literario-histórico-filosófico: aparejado a la narración de estos trascendentales acontecimientos (porque trascendentales sí que son, por muy dispersos que parezcan), tenemos un diagnóstico del clima intelectual de la época empapados de mil y un notas sobre el estado de la ciencia y el arte en 1801 y 1802 (así que por eso el título es así, eh). El mundo literario es sacudido en sus mismos fundamentos con la aparición en productos tan tremendamente rompedores como Lucinde de Wilhelm Schlegel y Atalá del conde de Chateaubriand, o Delphine de Madame de Staël (a quien por cierto Bonaparte no soporta), la cual revoluciona la novela epistolar agregándole el toque femenino que lo separa un tanto de lo estancado que había quedado el género en el siglo pasado.
Todo, mientras las ideas de Kant acerca de la imperceptibilidad de “la cosa en sí” y la necesidad de ciertas ideas para la buena convivencia siguen echando retoños en los que serán grandes (pero que para este momento son aún medianos) de la filosofía. Como por supuesto Schelling, quien por andar probando terapias alternativas provocó indirectamente la muerte de Auguste, hija de la esposa de Wilhelm Schlegel, Caroline, personalidad también muy única. Tantas cosas y tan poco tiempo, caramba.
Si siguiera yo contando el número y el impacto de las cosas que Mora nos cuenta aquí, esta reseña se convertiría en lección de historia, y es que esa lección le toca darla al autor, no a mí. A mí me corresponde darte un ejemplo de como más o menos es que transcurren en la prosa de Mora los acontecimientos y el lujo de detalles que cabe esperar de un estudioso cuya seriedad y minuciosidad no pueden ser exagerados: espero que el anterior párrafo te haya dado al menos una somera idea de ello. Es cierto que entre los 3 tomos de la trilogía veremos machacar varios de los mismos conceptos analíticos que Mora ya ha señalado y recalcado desde el primer tomo, pero es que además de reforzar su punto, dichos conceptos clave también nos permiten a nosotros establecer ciertas bases analíticas con las cuales seguir la particular noción del progreso, de la ciencia y de la cultura que nuestro autor tenía.
Sí, continúa el abrumante torrente de detalles y reflexiones que tendrás que leer más de una vez para poder entender con cierta claridad (no puedo prometerte que sea plena). Pero el tesoro analítico, por sesgado que pueda ser, vale totalmente la pena.
¿Quién más, pues, te iba a poner a pensar sobre la importancia de los conceptos a priori, la sublimidad en el arte, el neptunianismo en la ciencia (y su posterior descrédito) o la concepción del mundo como un todo al más puro estilo del idealismo alemán? Todas estas pueden parecer lecciones muy dispersas y caprichosas, pero poniendo atención a la cadenita de ideas de la que hablaba antes, podrás notar que va construyéndose una conjetura sorprendentemente consistente, por bien informada, acerca de la cosmovisión moderna del mundo que imperaría durante los siglos siguientes, tanto mentalmente como con las armas en la mano. No en vano las ideas tienen siempre un impacto sobre el mundo.
Los albores del alpinismo como ciencia; los Panoramas como espectáculo itinerante en Europa explotados por empresarios gringos así como su significación para la pintura y la filosofía; el primer museo de antigüedades medievales que no se ven como mera barbarie gracias a la museografía francesa moderna. El caudal de sabiduría no se acaba aquí y todo conectado, siempre, al proceso de formación de una cultura y una civilización: el autor siempre sigue un plan, aunque no lo parezca, porque si yo me limito a enumerar los fenómenos, Mora se dedica a explicarlos y a trazar las líneas que unen una cosa con la otra.
No te impacientes, el autor solo quiere te quede bien clara la teoría Kantiana para que luego entiendas como se empezaron a formular las concepciones más abstractas de la ciencia; yo sé, conociendo a Don Jorge, que rara vez te lo pondrá fácil. Pero pocos autores verás, fuera de manuales específicamente dedicados a la filosofía, que profundicen tanto en el pensamiento de figuras tan señeras (e inexplicablemente desconocidas) en la historia del pensamiento europeo y americano. Y reitero, siempre con una erudición que sorprende en la bibliografía.
A las nuevas ideas les toca ahora recorrer el mundo, y Humboldt será el emisario del nuevo pensamiento en los dominios de España, donde muy a pesar de las autoridades los ha habido también quienes han querido hacer más que quedarse para vestir santos: no en vano varios intelectuales criollos estaban en la cárcel o en el exilio a la llegada del alemán. Rebeliones en Haití, innovaciones en la minería novohispana, mediciones de volcanes, bromances científicos entre europeos y americanos, los planes secretos de Thomas Jefferson para llegar al Pacífico a escondidas de franceses y españoles: el siglo XIX lo tiene todo para que América empiece a sacudirse el marasmo de un par de siglos con un poco de ayuda de fuera, aunque tampoco pasan desapercibidos a la visión del agudo Humboldt el hondo resentimiento y desigualdad que impera en una sociedad separada por la explotación económica y unida por los hilos por la concepción barroca de la religión y del Mundo; muy a tono con la mirada de ciertos europeos que, haciendo grandes promesas en Europa, siguen viendo América como un coto de explotación. Mucha ilustración, pero no para los morochos como decían Saint-Simon o Bonaparte, que no sabrían cómo usarla: todavía está muy verde la fruta. Ya verá este siglo si las ambiciones de los criollos, por muy ilustrados que estén, pueden llegar a algo en país de bárbaros: en el ínter, ahí van los ejércitos napoleónicos a Haití con el propósito de reestablecer la esclavitud en nombre de la civilización que ha declarado la igualdad de los hombres.
Insisto en lo que dije en la reseña del anterior libro de esta trilogía: es bastante complicado intentar resumir esta tremenda madeja de sucesos y reflexiones como una sola reseña de un producto concreto, pero lo cierto es que quizás entenderlo como un proyecto con un solo objetivo sería la manera errónea de enfocarlo. La vastedad y ambición del objetivo de Mora al intentar delinear tan minuciosamente la genealogía de un fenómeno inabarcable como es la sociedad moderna, obligan a desparramarse y a ser necesariamente algo arbitrario. Sigámosle el juego: ya habrán visto que sabe agregarle sabor a ese imposible. Por como describe los fundamentos emocionales de la naciente escuela romántica, queda claro que tomó de ella uno de los grandes presupuestos de este libro: toda búsqueda de lo total está condenada a quedar trunca, pero es parte de su encanto; toda obra está trunca por cuanto todo objeto es inabarcable en su vastedad, entre más complejo más imposible, pero ¿Qué nos queda? La otra es no hacer nada, y eso es la antítesis del gran Fausto: conclusión a la que todavía no llega el gran Goethe en el año en el que estamos.
Vamos a ver si al viejo se le encienden las luces en los dos últimos años que le dio tiempo de vivir a Mora: sigan sintonizándonos para el gran final de esta apasionante trilogía El Verbo del Deseo 1803 y 1804.


