Portada y calificación del libro La Semana de Colores.
Portada y calificación del libro La Semana de Colores.

Reseña por Memo Fromow

La Semana de Colores (1964)
Elena Garro

Grijalbo
Libro: Novela

¿De qué color es cuando duele?

Desde que tengo uso de razón, mi mente ha asociado los colores con cosas que no tienen relación con la percepción lumínica: el número dos me lo imagino rojo, el uno azul, el tres verde. La letra a es amarilla, la e verde, la i roja, la u morada y así por el estilo. Ya saben, cosas de gente rara, y justo de una persona rara pero entrañable es que venimos a hablar hoy: Elena Garro, que en cada día de la semana vio un color y una mujer…

Hay de raros a raros, y van de loquito del centro en el escalafón más bajo a Elena Garro entre los más altos: la suya fue una vida extraña en un país que luchaba por volverse un poco más normal después de siglos de extravagancias legendarias. Pero nadie obtiene la grandeza sin sufrirla: sí, sí, que bonito es tener un alma poética y una sensibilidad tan grande que duele, pero el problema es precisamente que sentir todo implica mucho dolor, y ciertamente, si de algo supo esta pobre mujer en su vida fue de dolor, autoinfligido o del exterior. Hay quienes no hubieran podido ser felices en ningún lugar porque en todo lugar el dolor es una realidad, y cuando sientes todo tan fuerte, pues toda tu vida son pequeños valles de calma entre picos y picos de dolor. Supongo que cabría preguntarse si tanto dolor vale la pena si a cambio de ello la humanidad recibe un pedazo de arte que enaltezca su espíritu un poquito más, pero lo cierto es que los sensibles no piden nacer ni sufrir, solo hacen lo suyo queramos o no, y al final del camino dejan un paquetito de sus almas que podemos elegir si abrimos o lo dejamos cerrado.

La Semana de colores se compone de 9 cuentos: una parte de ellos son ficciones juguetonas sin relación entre ellos (Perfecto Luna, El Zapaterito de Guanajuato, Qué hora es, Era Mercurio, El árbol, etc.) de esos nos ocuparemos aparte. Pero quisiera empezar por aquellos que tienen como hilo conductor la interpretación que del mundo y algunos de sus avatares nos dan dos hermanas bien raras: Leli y Eva, dos hijas de una pareja de españoles que desentonan en apariencia, pero no en tono con el resto del pueblo, en cuyo seno y tradiciones han crecido, aunque todo el mundo sigue tratándolas de españolas y medio fuereñas. A través de sus ojos pispiretos y fabuladores vemos el desarrollo de varios sucesos extraños en el pueblo: un robo en la casa, el fusilamiento de un generalito renegado, un intento de las hermanas por asesinar a la otra sin ningún éxito, pero sí mucho ruido; cosas de niños y de adultos que la autora no nos permite terminar de discernir si son solo eventos corrientes deformados por la mirada infantil o si estamos en un enésimo Macondo.

En este negocio de volver a ponerse los ojos de niña, solo le reconozco a doña Elena una rival: Nellie Campobello. La semana de colores y Cartucho (ya reseñado aquí en Rehilete) comparten muchas similitudes estilísticas y temáticas como para considerarlo una mera casualidad… pero en este caso, creo que sí lo es.

Ambas autoras nos hablan de un mundo que se lame las heridas de una guerra reciente y que ve la muerte de cerca (eso sí, mucho más de cerca en Campobello), pero que logran darle una nueva trascendencia al mundo cruel que las circunda a través de la resignificación de las armas, la violencia y la muerte a través del imaginario infantil y femenino. Afuera de la casa de Leli y Eva, México y el pueblo se debate todavía en los estertores de la posguerra y de las rivalidades y rencores de pueblo chico que ni la Revolución bastó para cerrar; pero vistos con ojos de niña, estas pequeñeces cobran nueva dimensión al vestirse con la prosa híper sugestiva de una contemporánea del realismo mágico como es Garro. Lo fantasioso de la prosa nos ayuda a ponernos en sintonía con un mundo que nos es en todo momento inaprehensible, en mayor o menor medida, pero en el que podemos ver traslucir la dureza de la vida de las mujeres, ricas o pobres, en un país que sigue siendo de otra manera el mismo de toda la vida. La violencia propia del mundo femenino, venga esta de parte de los hombres o de las propias mujeres parece ser una constante en la mayoría de las narraciones, de nuevo, en mayor o menor medida.

El cuento que da nombre al libro parece ser, además de una estampa surrealista, una especie de reclamo sorjuanino contra la imposibilidad de darle gusto al mundo por mucho que una se esfuerce. A través de un viejo canijo y apestoso que tiene presos a los días de la semana, y que curiosamente son todos mujeres a las que maltrata, vemos que ni el poder de la imaginación alcanza para sustraerse a un horror omnipresente; solo lo viste de otra forma. Muchos colores y mucha alegría, pero el dolor sigue doliendo aunque se vista de Lunes, Martes, Miércoles y de toda la semana. Y así nos seguimos; más aquí o menos acá, las mujeres protagonizan estas historias donde impera la envidia, la desconfianza, la muerte o la crueldad: a todos les toca sufrir un poquillo ya sea la pobreza, el abuso o la guerra, pero aquí vemos de cerca lo que no callan las mujeres.

Ahora, y porque lo prometido es deuda, pasemos a sus ficciones auto conclusivas, y entre las que encontramos a algunos de los que serían sus grandes éxitos como La Culpa es de los Tlaxcaltecas (un infaltable en toda compilación de cuento fantástico mexicano y acre descripción alegórica del racismo mexicano) o El Árbol que sería después adaptada a una legendaria película de Archivaldo Burns titulada Juego de Mentiras. Por supuesto, hay varias más, en muchos casos intercaladas entre los cuentos dedicados a Eva y Leli: una disposición un tanto caprichosa, si me preguntas.

De nuevo, el factor que hermana a varias, si no es que a todas estas narraciones, es un aire de terrible melancolía derivado del sentimiento de desamparo frente al mundo por parte de los y las protagonistas; aún tratándose de gente acomodada y rica, son personas abandonadas de los que los quieren o de sus propias esperanzas, tragadas por el desamor, la ingratitud, por su misma condición de almas sensibles en un entorno que no les va a dejar de hacer pagar ese pecado contra el materialismo que es la religión de los escenarios en que viven. Una mujer que muere esperando a su amor imaginario, el cual que se nos revela al final como un cupido inconstante y juguetón; una mujer indígena y vulnerable que no supo manejar la brutalidad del México moderno y acaba matando; un hombre que parece tenerlo todo, solo para darse cuenta de que le han arrebatado lo único valioso de su vida.

Incluso en Perfecto Luna, un muy logrado cuento de terror, no deja de estar presente el fantasma de una inmensa soledad.
Menuda galería de tristezas ancestrales para un tomo que parecía que iba a ser tan alegre con eso de la Semana de Colores. Para que veas que no siempre el color es solo fiesta y anuncio de agencia de viajes.


Queda claro que, como dijimos al principio, Elena Garro no estaba lo que se dice bien, que quizás si se me diera a escoger, yo habría elegido que llevara una vida menos dolorosa a cambio de no tener este libro. Pero lo que es, es, y supongo que solo nos queda intentar entender, que no disfrutar, los cuentos de este libro y un poco más a su autora.

Sí, su paso por el movimiento del 68 habrá sido lamentable; nunca pudo hacer las cosas tan buenas que su severa conciencia entendía como justicia, atrapada como quedó entre Octavio Paz y los límites del mundillo cultural; se volvió loca y habló horrores de México cuando su mente ya no estaba en condiciones, pero no se puede juzgar tan duramente a alguien que conocemos, a través de este libro, nos reveló los engranes más íntimos de su alma y nos reveló, como tantos otros y por enésima vez, que allí donde hay sabiduría hay también pesar.

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