


Reseña por Memo Fromow
La Sombra del Caudillo (1960)
Julio Bracho
STPC
Película: Drama / Política
La Casa siempre gana... pero por los pelos.
Júntense chamacos, júntense aquí bien juntos, que su tío Fromow les va a contar una historia de esas que le gustan a todo el mundo: con balazos y muertos, mucha sangre y pelos.
Eran los locos años 20's, la era de los generales millonarios por haberse apropiado haciendas de viejos porfiristas, de los diputados empistolados que de pronto se agarraban en la cámara, del neolatifundismo y de la Revolución bien traicionada. En ese contexto, y en el año de 1927, se concretó la matanza de Huitzilac, un evento más bien underground de la Historia mexicana, pero ilustrativo respecto a las formas en que se hacía política entonces: ya no con carrilleras y sombreros, sino con trajes y corbatas.Pero aún a tiros.
Por ese año, Francisco Serrano, un militar de segunda fila que sirvió a las órdenes de Álvaro Obregón durante la revolución, y al que se recompensó con varios puestos políticos, decidió que estaba en condiciones de pelearle la presidencia al mismísimo manco de Celaya, quien se disponía a reelegirse. Supuestamente indignado por esta falta a uno de los principios más sagrados de la Revolución (la No Reelección) él, junto con el también general Arnulfo Gómez iniciaron su propia campaña electoral, y ya que estaba, también a mover ficha con las fuerzas a su mando para iniciar una rebelión militar en caso de que las cosas se pusieran difíciles. Si sabes de historia, no hay spoilers aquí: la rebelión fue ahogada antes de empezar; Plutarco Elías Calles, mano derecha de Obregón y Joaquín Amaro, futuro secretario de defensa bajo Calles y verdugo de vasconcelistas, orquestaron el asesinato de Serrano y sus amigos a la vera del camino en la carretera a Morelos, a la altura de Huitzilac. Sin proceso, y de la manera más sangrienta y menos glamourosa posible, fueron balaceados Serrano y 14 colaboradores, cuyos cadáveres, según una tradición al respecto, al verlos Obregón les dedicó una sonada despedida: “a esta rebelión ya se la llevó la chingada”.
¿Tendría Serrano verdaderas convicciones democráticas para sublevarse o simplemente era un político arribista al que le ganó la ambición, juzgando (mal) que su jefe estaba ya muy viejo? No hay manera de saberlo: la política de los 20's mexicanos es demasiado turbia como para no permitirnos el beneficio de la duda respecto a las intenciones del general, pero lo cierto es que su asunto fue una demostración más de cómo se resolvían las diferencias entre la élite aún después de haber “terminado” la fase armada de la Revolución: el asesinato de Francisco Field Jurado, el de Francisco Villa, el de Francisco Serrano (muchos Franciscos…), la rebelión delahuertista, la Guerra Cristera, la rebelión Escobarista, el asesinato del mismo Obregón, la matanza de Topilejo y otros más (todos transcurridos en la misma década), son episodios que dan cuenta de un modo de hacer política en que siempre parecían ganar los de siempre y que la política no servía para nada más que para terminar muerto.
La Sombra del Caudillo, dirigida por Julio Bracho, es la adaptación de la archiconocida novela del mismo nombre escrita por Martín Luis Guzmán, testigo directo (y también autor, porque no era ninguna blanca paloma) de muchas chicanadas y jugarretas propias de la época.
Bien sabido es que la película tuvo un desarrollo y destino peculiares: empezó viento en popa con apoyo oficial para su realización, solo para acabar secuestrada, prohibida y enlatada por décadas antes de que una copia en manos de la familia del director permitió a la película ver finalmente la luz en tiempo en que picaba menos.
Al parecer, en los 30's la herida seguía todavía muy abierta pese a haber sido purgada la camarilla callista durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, y más aún, iniciado un proceso (un poco de juguete, eso sí) para juzgar a los culpables de Hutizilac. Supongo que el régimen seguía viéndose demasiado claramente en el espejo, a pesar del cambio de signo en el gobierno.
Nuestra historia comienza como todas las historias: con un joven y prometedor político con nombre muy extraño; Axkaná González, jefe de una federación de estudiantes, es amigo y consejero político del general Ignacio Aguirre, actual Secretario de Guerra. Axkaná y sus amigos del Partido Progresista llevan rato tratando de convencer a Aguirre que corra por la presidencia contra el deseo del Caudillo, que tiene ya designado un favorito, el general Hilario Jiménez. Aguirre se presume amigo tanto del presidente como de Jiménez, y no tiene intenciones de contrariarlos: es un hombre sincero y acomodado que no tiene por qué moverse… pero el Caudillo no lo cree así, y entre él y su candidato, empujan a Aguirre a donde no quería llegar, guiados de la pura desconfianza. Aguirre parece no saber que los poderosos no tienen amigos.
Pero para malos amigos tenemos a Olivier Fernández, cabeza del Partido Progresista donde milita Axkaná y politiquero profesional: inescrupuloso, hablador y convenenciero, es quien ha manipulado al joven Axkaná para convencer a Aguirre de aceptar la candidatura de su partido, hasta que se da cuenta de que el general no tiene esas intenciones y se pasa al bando de Jiménez, solo para descubrir que si Jiménez no confía en Aguirre, menos confía en Olivier.
Empujados Aguirre y Fernández al borde del precipicio por un régimen que ni siquiera tenían la sincera intención de socavar, terminarán conspirando juntos por un premio que no querían, pero que, pensándolo bien, no luce tan mal cuando parece estar al alcance de la mano.
Sería muy fácil decir que la película no es más que una calca de la novela con algunos nombres cambiados y algunas escenas de menos, en virtud de que una película debe ser más corta, pero creo que es precisamente en esos detalles, en esos personajes y escenas que a primera vista parecen un mero agregado literario, que estriba el valor tanto de la novela como de la película. Porque sí, de nuevo, sería muy fácil describir las leves diferencias que distinguen la trama de la película de lo que acabo de contarte respecto a la matanza de Huitzilac, pero si quiero decir algo de relativo valor, creo que puedo hacerlo enfatizando las escenas en que se muestran los movimientos bajo la mesa, las negociaciones informales, la pluralidad de personajes y partidos que componen el escenario político de esta obra.
Como dije, la novela es más prolija, pero la adaptación hace un decente trabajo mostrándonos las más importantes de las escenografías políticas. Porque son importantes, es importante mostrar que, pese a que todo parece estar cubierto bajo la sombra del caudillo, realmente hay mucho que no cubre; su poder no es tan seguro y sus enemigos son muchos: su poder realmente está siempre pendiente de un hilo. Sabiendo cómo acaba la historia, se vuelve casi imposible no ver los eventos como el camino predeterminado a un solo resultado, lo cual es razonable en una película, pero no en la Historia. Y dado que esta no solo es una muy buena película histórica, sino una que muchos toman como guía, no solo estilística sino también moral, es importante prevenirte contra la trampa del fatalismo que anida en el mensaje de una película muy bien hecha.
Obregón no tuvo siempre la sartén por el mango: nadie jamás, por poderoso que parezca, las ha tenido siempre todas consigo, y eso es fácil de olvidar al leer sin cuidado la historia; peor aún, limitándonos a consumir los productos derivados de la interpretación histórica de otros. Martín Luis Guzmán era un hombre desilusionado y cínico para cuando escribió la novela: no puedo decir lo mismo de Bracho, pero en este caso él se limitó a fungir como intérprete. Lo que vemos es la postura moral de un político frustrado como fue Guzmán, ya incapaz de creer en la grandeza de las cosas.
A toro pasado, todo parece obvio, evidente, como si los acontecimientos no pudieran haber sucedido más que en la manera en que lo hicieron, y ese fatalismo sacado de lecciones de historia mal enseñadas, lleva eventualmente a una desilusión con el mundo en general al concebirlo como una entidad insensible a lo que nosotros podamos querer o hacer.
Así se concibe desde hace décadas la política mexicana, como un corrillo cerrado de amigotes en el que siempre ganan los de siempre, que siempre ha sido así y así será hasta que México por fin se acabe.
A primera vista, La Sombra del Caudillo parece ser un simple eco de ese pesimismo tan mexicano y cínico que vemos todos los días repetido implícitamente por el discurso oficial y a calzón quitado por una buena parte del respetable público, pero analizándolo con un poco más de cuidado (y con un conocimiento un poquito más profundo de la historia de México) te das cuenta de que no. Detrás de este drama que parece predestinado, se dejan entrever las mil formas que la suerte podría haber tomado para sus favoritos: el caudillo no dictó su muerte porque los considerara inofensivos peones, sino porque mucho tenía que temer, tanto así que moriría asesinado al año siguiente.
Olivier, Catarino y su partido serían apenas un montón de politiqueros sin escrúpulos (al menos desde donde los enfocamos), pero nadie mueve tanta gente sin haber dado al menos unos cuantos resultados. De gente como Olivier, y de muchos mejores que él estuvieron hechas las varias luchas sociales que siguieron librándose por todo México y obteniendo a veces modestos, a veces grandes resultados: las Ligas Agrarias de Veracruz con Úrsulo Galván; las tierras obtenidas por Pirmo Tapia para los pobladores de Naranja en Michoacán; el reparto logrado por Gilberto Muñóz Flores en Nayarit; los logros de los jornaleros de La Laguna y Baja California y otra tantas victorias que no tienen película y que quedan silenciadas por el neolatifundismo y corrupción del callismo y sus sucesores, opacadas por la aún inmensa sombra del caudillo. Todo ello fue producto de una incesante y apasionada labor política que nunca cesó: el PNR, el PRM y después el PRI no fueron el monolito que se ha vuelto fácil describir como tal, ignorando las muchas fuerzas de distintos signos que tironearon siempre en su interior.
Julio Barcho hizo una excelente película, mucho más allá de los valores cinematográficos, que no son pocos. Quizás a su pesar, o en mis más salvajes fantasías, a sabiendas, dio una pequeña lección sobre la vitalidad de la actividad política en un tiempo en que todo parecía ya designado por el dedazo del caudillo, recordándonos, aunque fuera en signo negativo, que la actividad de los pequeños, generosos o mezquinos, como pudieron o no haber sido Serrano o Aguirre, tiene un efecto en su mundo.
Nadie tiene comprado el final de la Historia: lo supo el caudillo, y ahora lo sabes tú…




