Portada del libro Que Me Maten de Una Vez.Portada del libro Que Me Maten de Una Vez.

Reseña por Memo Fromow

Que Me Maten de Una Vez (2011)
Rafael F. Muñoz
Era
Libro: Cuentos

Vida, muerte e intimidades de un pueblo en armas.

Cuando era niño y en mis tempranas clases de historia aprendí la versión descafeinada de la Revolución Mexicana, ya entonces me parecía, con todo lo purgada e idealizada que está, una época profundamente triste. Y no era para menos, después del rosario de desgracias que es el siglo XIX mexicano, ver a un pueblo sufrido caer en una nueva era de violencia (ahora con armas automáticas y balas expansivas) no puede sino resultar descorazonador.


Al mismo tiempo, en mis igualmente primerizas clases de literatura, me enseñaban las obras capitales de la mal llamada "Literatura de la Revolución Mexicana" (termino sombrilla que mete en un mismo saco literatura costumbristas estándar con auténticas maravillas inclasificables) y no podía evitar sentirme intimidado frente a la profunda miseria humana que esperaba encontrar en esas letras: si ya la versión infantilizada de la historia resultaba desoladora ¿Cuánta crueldad y tristeza no encontraría yo ahí, agudizada por la cercanía de la experiencia personal y el talento narrativo afinado por y para el sufrimiento? Así pues, los solos títulos de los cuentos más famosos de Rafael F. Muñóz eran ya amenazadores antes siquiera de arrancar: El Hombre Malo, La Suerte Loca de Pancho Villa, La Cuerda del General, La Marcha Nupcial, El Festín; por mentar solo los que me daban más mala espina.

Tuvieron que pasar muchos años y muchas letras para finalmente animarme con este viejo fantasma de mi infancia, y como decía Samuel Ramos, los fantasmas no son sino seres nocturnos que se disipan con el sol. Aunque hay que admitir, que únicamente a la luz de muchas y muy largas lecturas sobre el período revolucionario me fue posible entender en su justo valor un libro tan fantástico como este.

Agárrense lectores de Rehilete, porque esto va a ser un descenso a los sótanos de la consciencia nacional y a una puesta en contexto para entender a uno de los escritores más subvalorados y a una de las épocas históricas más estereotipadas y sobreseídas por el gran público.

Estamos ante 30 cuentos publicados a lo largo de varios años en distintas publicaciones y recopiladas en 3 títulos: El Feroz Cabecilla y otros cuentos de la Revolución en el Norte (1928); El Hombre Malo, Villa ataca Ciudad Juárez y La Marcha Nupcial (1930) y Si me han de matar Mañana (1933). Todo ello antes de que tuviéramos convenientes compilaciones integrales con todos los cuentos reunidos como la editada por la Secretaría de Educación Pública en su colección SepSetentas o la preciosa edición de editorial Era titulada Que me maten de una Vez, que es la que reseño.

Cabe empezar con que aquí hay de todo. Se trata de una recopilación que realmente no tiene mayor unidad que la que puede brindarle el hecho de que son narraciones que tienen la Revolución de fondo. Fantasía, aventura, ironia, heroísmo... pero que esto no nos distraiga de que estamos en una guerra, y estos son cuentos de guerra. Y, como en la guerra, las cosas pasan como les toca y no como deberían: lejos estamos de cuentos con moraleja; más bien al contrario: la arbitrariedad de la guerra y de los hombres se hace más patente que nunca con el mundo revuelto.

El azar, verdadero señor del mundo, contribuye a veces a dislocar desenlaces que la moral o la dinámica usual de los cuentos nos hiciera esperar de otro modo: personajes heroicos truncados de la manera más absurda; nonadas que un malentendido acaba por convertir en incidentes sangrientos; errores pequeños que devienen tragedias. En la guerra nada es lo que parece...

Como mucha otra literatura del mismo período, no escapa a ser una crítica del absurdo de la violencia (El Perro Muerto, La Marcha Nupcial, El Saqueo, Hermanos). Lo mismo que la Revolución misma, que empezó siendo una cosa antes de complicarse olímpicamente para convertirse en una totalmente distinta que nadie imaginó en un principio, los acontecimientos de estos cuentos son realmente impredecibles por cuanto están en manos de la dama fortuna, a la que la guerra hace aún más caprichosa y cruel de lo que ya es. Pero no por ser crítica limita el propósito de su escritura a ser una jeremíada sobe la fatalidad de la condición humana en un país bárbaro. Nada más lejos de la personalidad de Muñoz, quien, a diferencia de su contemporáneo Mariano Azuela, que empezó como un viejo cínico para terminar como un viejo más cínico. Muñoz no dejó de percibir a la Revolución como una épica, cruel y despiadada, pero cuya grandeza no estuvo nunca condicionada por sus propósitos políticos, que iban de lo noble a lo mezquino, sino porque puso de relieve la capacidad de un pueblo de alcanzar las cumbres de lo sublime. Aunque tanta valentía se malgastara tan a menudo en hazañas hermosas pero estériles ¿O eran de veras estériles? ¿Fueron estériles porque no contribuyeron a la realización de los propósitos que no estaban sino vagamente definidos?

Como dije, Muñoz entendió el prodigio de la Bola, más concretamente la División del Norte, no como la realización de una meta política, sino como un fenómeno prodigioso en sí mismo. Lo anterior no solo por sus dimensiones o su agenda política, sino por la particular solidez moral que demostró aquella entidad, basada sobre todo en la concepción de la vida que los unía: compacta dentro de la nebulosa política dentro de la que se movía una masa de hombres y mujeres que no estaban acostumbrados a hablar la jerga político-legal que les era más bien ajena, sino en su propia lengua fronteriza, nacida de la guerra perpetua que asoló el norte mexicano por décadas y del bronco sentimiento de fraternidad emanado de ella.

Y ese es solo UNO de los muchos aspectos de la experiencia humana llevada al límite: la hermandad en la desgracia y la feroz dignidad humana defendida hasta el último momento como en Es Usted Muy Hombre, Un Disparo al Vacío, Obra de Caridad, Dos Muertos; la honra y el orgullo llevados al límite de ofrendar por ellos la vida misma, no por lucir muy macho, sino saber que los demás, los hermanos de armas y de comunidad, miran. Es en virtud de y en relación a esa comunidad que el hombre o la mujer, el y la soldado, han aprendido a definirse en este nuevo mundo que surge de la cancelación de las normas del viejo orden convencional, anulado temporalmente por la guerra. Sin la hipócrita moral porfiriana que de por sí no tiene sentido en un Norte definido de antaño por la hermandad que impusó la guerra contra el apache, la era de las Guerras Viejas y Nuevas, como la llamaban los chihuahuenses. Sin ese barniz de urbanidad solo queda, en tiempos revueltos, retrotraerse a los lazos más antiguos y profundos. De ahí la importancia del orgullo y decoro personales que se defienden hasta lo último en Agua, El Niño, Cadalso en la Nieve, De Hombre a Hombre, Villa Ahumada. Estos actos, esta comunión en la guerra son familiares a ambos lados del conflicto: el fenómeno de la Bola no está condicionado a un solo bando, sino que también vemos a los federales y a los perros sueltos participar de esta unión íntima con los suyos, solos como han quedado en la tierra- Ellos y los suyos contra un mundo vuelto loco. ¿No es acaso lo único digno por lo que morir? Incluso cuando son seres abandonados en la tierra sin más impulso que el hambre y la codicia, el acto, por brutal que sea sigue cargando consigo la virtud de la honradez, de tener el coraje de ser lo que es, lo que debía ser, lo único que podía ser. Como dice Borges en boca de un oficial nazi en Deutsches Requiem: "Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron y que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo".

Y luego están las cosas raras: los fallos en la realidad, los descuidos, las acciones sin explicación racional aparente y que para variar, en un entorno como el de la guerra, suelen terminar en desgracia. En todo conflicto, el azar o lo desconocido ha tenido tal participación que la propia extrañeza del incidente termina por opacar al dolor que de tan común, ya no parece impresionar tanto: El Buen Bebedor, auténtico ejercicio kafkiano donde el autor demuestra su habilidad para manipular el tiempo y la percepción echando mano de una prosa inmersiva; La Cuerda del General, historia de honor y misterio que nos muestra una rara faceta de Muñoz como autor fantástico; La Suerte Loca de Pancho Villa, poética interpretación del clásico adagio si te toca, aunque te agaches; cuando no, aunque te pongas.

Pero ¿qué une a estas historias? Más allá de la permanente presencia de la guerra y de la que Muñoz es brillante intérprete en las escenas y ambientes de batalla descritos siempre con el lucimiento del corresponsal de guerra que fue (Pancho Villa ataca Ciudad Juárez, Agua, El Repatriado), más allá de ello está una ambigua postura ante el lenguaje, y por ende ante la verdad misma. ¿A que no te esperabas ver una postura tan vanguardista en un autor tan a menudo reducido por la crítica tradicional a un triste costumbrista?

Especialmente poco convencionales resultan sus posiciones en torno a la pertinencia del lenguaje escrito como herramienta para transmitir la verdad, y por lo tanto, la Historia misma (El feroz Cabecilla, Una Biografía, Un Asalto al tren). Para alguien en quien la vida y la moral se resuelven únicamente en la intensidad de la vida y del acto consumado, es natural esperar este escepticismo respecto a la palabra: mero trasunto rebajado del hecho que describe, del que inevitablemente falsea la verdad y la naturaleza, lo quiera o no. Irónico de un escritor, pero no contradictorio con la propia moral que ya hemos descrito. Jorge Aguilar Mora, a quien esta reseña debe mucho (ver el ensayo La Literatura Infinita en el libro El Silencio de la Revolución (Era, 2011)) nos refiere una curiosa anécdota que confirma la actitud de Muñoz frente a las letras.

En el rodaje de la película Vámonos con Pancho Villa (ya reseñada aquí en Rehilete), basada en la novela de Muñóz, el propio autor pudo actuar en el papel de Martín Espinosa, el soldado Manco de Los Leones de San Pablo… que en la película no es manco… ni muere como en el libro. Uno de tantos aspectos que la película descuida olímpicamente en lo que fue una pobrísima adaptación llevada a cabo por personas las cuales no entendieron realmente el mensaje del libro más allá de su capa más superficial al punto de simplificar tanto los aspectos más finos de la novela que acaba en un grosero efectismo maniqueo. Y todo ello llevado a cabo con la anuencia y aprobación del propio autor que vio en vivo y en directo cómo hacían con su obra lo que querían. ¿Por qué pelear por algo tan nimio como las palabras? A fin de cuentas, tal es siempre el destino del lenguaje: deformarse hasta hacer de su mensaje algo irreconocible; así son, burdo trasunto de la vida cruel, compleja e inmisericorde.

Quien quiera ver el mundo tal como es, no tiene más que vivir y atreverse a ser lo que es.