Portada del libro Madero, El Otro.
Portada del libro Madero, El Otro.

Reseña por Memo Fromow

Madero, El Otro (1989)
Ignacio Solares

Joaquín Mortiz
Libro: Novela

Ninguna existencia es mejor que otra: Ser Madero.

Recuerdo hace 25 años cuando todavía decir que Madero era espiritista en alguna conversación ligera caía como una curiosidad que te hacía parecer interesante: hoy eso es conocimiento popular tan difundido que es como que el sol se pone o que al día sigue la noche. Pero más allá de ser dato curioso en charlas aburridas, es fácil subestimar la influencia que las creencias de un hombre tienen sobre su actuar al momento de tomar decisiones trascendentes, y es que el espiritismo, lo mismo que cualquier creencia cuando se le toma en serio, permea todos los órdenes de la existencia: es un modo de vida, y también de muerte, y a inicios del siglo XX, era una corriente de pensamiento poderosa que tuvo entre sus adeptos a más de un personaje importante.

Ahora bien, como cualquier conjunto de creencias, es plástico, maleable, permeable a muchas otras ideas con las que le basta estar medianamente acorde para poder asimilarlas; además de hablar con muertos (en teoría) Francisco Ignacio Madero (No Indalecio, como decía cierto rumor muy popular en los 2000's) había abrevado de muchas fuentes como el Baghavad Ghita o el Ramayana, de modo que en sus escritos no políticos, son numerosas las referencias a conceptos como el alma colectiva, la reencarnación, los viajes astrales y otros conceptos que hoy ubicamos más del lado del New Age que de cualquier conocimiento mínimamente científico.

Ahora imagina todo eso tratando de aplicarse al México Mágico y ultraviolento de 1910-1913… no acaba bien.

¿Qué hace que un hombre dedicado a los negocios y a la labor humanitaria y espiritual acabe metido a político en uno de los períodos más infames de la historia mexicana? Bueno, bien a bien, nadie sabe; pero Ignacio Solares hace una gran labor de investigación para brindarnos una respuesta no solo bien informada, sino además, en forma de novela narrada en una inverosímil segunda persona.

¿Narrar en segunda persona? Te preguntarás, como rayos funciona eso. Pues bueno, la verdad es que es un poco como la tercera apersona, pero con un toque de imaginación, me explico.

Esta novela es toda un instante en la vida de Madero, concretamente, el de su ejecución atrás de la Penitenciaria por el mayor Francisco Cárdenas después de la traición de Victoriano Huerta durante la Decena Trágica. Pero como en las películas en que la cosa empieza con el protagonista en caída libre y dirigiéndose al espectador con un juguetón “se preguntarán como llegué a esto”, esta novela nos la cuenta un misterioso ente que, aunque nunca revela su identidad, vamos deduciendo, se trata del propio Madero… uno de tantos, al parecer, porque en el tutti frutti que era el pensamiento del propio Madero, Solares estimó válido suponer que él seguramente creyó en esa famosa creencia que nos interpreta a todos los seres humanos, animales y cosas, como diferentes avatares de Brahma. Es decir, que todos somos uno, y que dentro de cada uno, también nos rompemos en varias versiones de nosotros mismos. No suena como el tipo de cosas que relacionas con las historias de la División del Norte, los balazos calientes de Rodolfo Fierro, el Tierra y Libertad zapatista o con la Convención de Aguascalientes ¿o sí? Las sutilezas de milenarias teologías orientales mezcladas con el aquí y el ahora tan inmediato de la guerra están siempre íntimamente ligados por cuanto la acción no es más que el pensamiento llevado a la realidad; porque las finas elucubraciones filosóficas a menudo encuentran su traducción al mundo real en las decisiones más simples. El eterno vaivén entre lo ideal y lo real.

Si Madero no hubiera creído tanto en la nobleza intrínseca de los hombres, en su capacidad para la bondad, tal vez hubiera podido salvar a su presidencia y a sí mismo… pero tal vez, de haber sido así, tampoco habría empezado el movimiento en primer lugar.

Las ideas no tienen que ser congruentes para ponerlas en práctica, y Madero fue contradictorio a cada momento desde que dejó su hacienda y sus riquezas para dedicarse, movido por los mensajes de ultratumba, a hacer un movimiento que exigiría de él todo cuanto había despreciado hasta entonces: sangre, violencia, fortaleza y autoridad.

En Madero, el Otro, veremos al empresario, al filántropo, al intelectual, al creyente, al político, al candidato, al presidente y al traicionado, atravesar el mar embravecido del México en Revolución sin que alcancen a conciliarse todos estos Maderos para darle al país un rumbo. Tampoco ayuda la ingratitud de una prensa que él liberó solo para que lo linchara públicamente, la deslealtad de oficiales que se ofendían de que los llamaran traidores, solo para desvelarse como traidores y de una clase política que veía en todo idealismo o pretensión de moralidad un motivo de burla digno del castigo más atroz.

Pero vamos, esa es una historia que todos se saben, una que conocen hasta quienes no fueron a la escuela. Libros sobre Madero los hay muchos, y hay solo un número limitado de cosas que pueden decirse de un mismo asunto antes de agotar la paciencia del público. El factor diferenciador que agrega Ignacio Solares en esta novela y que lo distingue de esas tantas otras iteraciones sobre el tema es esa perspectiva mística que le da también pie para utilizar como narrador al mismo protagonista de la narración que se ve a sí mismo desde fuera en una curiosa concatenación de la segunda y la primera personas: Madero narrado por Madero… sin ser Madero. Hay que decir, no es la revolución narrativa, (desde Joyce o Mallarmé, está difícil serlo), pero es una perspectiva lo suficientemente lúdica para darle un toque fresco a una historia tantas veces contada.

Este libro también nos da una multitud de datos que estoy seguro que pocos conocen y que no había visto referenciados en casi ninguna otra publicación, como el ofrecimiento del embajador japonés a Madero de asesinar a los principales oficiales traidores valiéndose de algunos de sus ciudadanos que se infiltrarían en La Ciudadela armados con dagas al más puro estilo ninja, y todo bien documentadito, con su bibliografía y nota histórica detrás.

Desde que reseñamos sus
Ficciones de la Revolución Mexicana y No hay tal Lugar, me queda claro que Ignacio Solares era un autor con una profunda vena mística, y esta novela es la semilla de la que abreva uno de los cuentos más importantes de las Ficciones “Regreso a San Pedro de las Colonias”, que bien podría ser el epílogo de Madero, el Otro. Le tomó casi dos décadas y varios libros, pero finalmente Solares le dio a su Madero el descanso de la eternidad. Ese consuelo puedes tener después de esta larguísima estampa de sangre y ruindad que es el final de esta novela, así como de la vida del Presidente Madero. Los malos ganan, a los buenos les meten una bala en la cabeza, y sin embargo, el Todo y el Universo existen más allá de todo esto. No es precisamente la clase de triunfo que nos gustaría ver, pero quizás es al que Madero secretamente aspiraba: el precio que estaba dispuesto a pagar y que supo que pagaría desde el principio de todo.

No hay lugar para los héroes, pero de todos modos existen.

Eso ya es un triunfo.

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