


Reseña por Memo Fromow
Mal de Río (2025)
Luisa Reyes Retana
Random House
Libro: Novela
Una novela necesaria: Nadie dijo que hacer las cosas bien fuera fácil.
Hay buenas razones para considerar a La Vorágine de José Eustasio Rivera como un hito de la literatura latinoamericana: hasta entonces, la mayoría de los autores se limitaban a tratar a la naturaleza americana como una especie de decorado para días de campo al estilo de María de Jorge Isaacs; o, si bien le iba, como poco más que un fondo digno de algunas descripciones destinadas a poner ambiente. En cambio, en La Vorágine, la selva es una presencia ineludible que predetermina el curso y devenir de los personajes.
Para ser justos, pocos ambientes son tan dominantes como la selva, pero igualmente hay que reconocer que en pocos textos se ha capturado tan bien la fuerza primigenia, brutal, terrible y ciega de la Madre Naturaleza dejada a su libre arbitrio: lejos de idilios cursilones a-la-Goethe, la selva es una entidad salvaje que devora cuanto y a quienes tienen la osadía de acercársele sin el debido respeto. La literatura paisajista se rinde ante las verdades de la Vida en bruto donde ninguno de sus mecanismos claudica ante ninguna consideración y menos aún a las de carácter estético o moral.
En Mal de Río, de Luis Reyes Retana levanta la estafeta del viejo colombiano y nos catapulta, desde la comodidad de nuestras existencias citadinas, al corazón de las tinieblas que aún quedan en lo profundo del último río rebelde en México: el Usumacinta. Antiguo campo de explotación para los caoberos y con el que aún hoy se lucha para rascarle lo que sea que le quede, desde minerales, las maderas de menor calidad y la energía. En sus orillas aún malviven comunidades descendientes de las oleadas migratorias que llegaran atraídas por la bonanza de la caoba y aquellos mayas que sobrevivieron a la aculturación y a las razias en la selva que vienen desde el siglo XVI.
Príamo es cabeza de una desbalagada y ya desesperanzada comunidad en la selva que aún resiste, cada vez con menos ganas, el avance de los megaproyectos en la zona. En este caso particular, en forma de una represa que va a dar al traste con la ya precaria existencia de los ribereños. Recientemente la comunidad perdió el amparo interpuesto contra la construcción de una presa, el único recurso que quedaba entre ellos y el desastre, de modo que está resignado a lo peor. Un día recibe el recado de que una licenciada quiere verlo para discutir algo sobre el río: atraído más por la promesa de unos tacos comidos de gorra que por una esperanza real de salvar su causa, acude a la cita.
Por otro lado tenemos a Marcia Corona, abogada híper eficientada y curtida en el ejercicio del derecho en su vertiente más despiadada: es abogada corporativa para una firma que representa, misma que la ha tenido aguantando toda clase de abusos con la promesa de hacerla socia “ahora sí”, nada más se gane tal o cual caso. Ella tumbó el amparo de Príamo y compañía solo para que en vez del ansiado ascenso la recompensaran corriéndola por una excusa tan mala que hiede a hipocresía en una empresa dedicada a encubrir las peores causas.
Además de esta conmoción chambística, su vida personal (y la de su familia, por si fuera poco) es un desastre, así que toma la decisión impulsiva de tomar unas vacaciones en el lugar que ayudó a condenar. Los viajes te cambian, y este definitivamente será el choque de dos mundos que se cruzan por desafortunadas casualidades y que, sin embargo, tal vez redunde en algo bueno… algo bueno que costará una oleada de desgracias, pero nadie dijo que hacer las cosas bien fuera fácil.
Lejos estamos ya del buenismo ambientalista de los 80 y 90, cuando “salvar” el planeta estaba a unas cuantas acciones individuales de distancia y creíamos en la capacidad de autorregulación de la iniciativa privada y pública: hoy, desde el gobierno al crimen organizado, pasando por un enjambre de empresarios, funcionarios de medio pelo y simple gente de a pie sin un gramo de conciencia, todos los agentes económicos exigen su tributo en destrucción. Y retrasar esa hecatombe, simplemente retrasarla, no evitarla, requiere sangre, sudor y lágrimas. Mal de Río es clara expresión de este pesimismo ecológico que, con todo, sigue siendo un llamado a la acción que no cae nunca, pero nunca, en la complacencia ni en un ingenuo optimismo. En el mundo que nos tocó, las buenas acciones no dejan de ser castigadas.
La combinación de una literatura tectónica, tremendista, con todas las posibilidades expresivas que ello ofrece (y que el libro aprovecha muy bien), con el reclamo ecológico es un notable anuncio de los tiempos que corren: el ejercicio estético se complementa con una problemática que era impensable en la época de La Vorágine, o tal vez más que impensable, simplemente nadie se molestaba en pensarla. Tenemos una narrativa fluida y original con un cuestionamiento profundo de nuestra noción de “progreso” en un mundo desigual y descreído de muchas de las bases que en su momento justificaron el avance sobre las tierras vírgenes.
Si me preguntas, se trata de una novela necesaria: dura sin caer en el cinismo, incómoda sin caer en el mal gusto y original sin limitarse al estéril ejercicio estético en el que muchos narradores contemporáneos dilapidan papel, tinta y talento.
En su trilogía de la selva, compuesta de los libros La Paz de Dios y del Rey, Oro Verde y Una Tierra para sembrar Sueños, el historiador Jan de Vos narra la historia de la penetración del extractivismo en la selva Lacandona, por donde corre el Usumacinta. Es en su mayor parte, para variar, una enumeración de horrores que van de la limpieza étnica al ecocidio en función del producto de moda y que requiere algún componente que sólo se halla en el corazón de la espesura: no puedo evitar ver en la novela de Retana un epílogo bastante deprimente, pero necesario, a la esperanza que de Vos propuso en el último tomo de su obra. El sueño de nuestro viejo historiador belga no se cumplió, y lo que tenemos hoy, pese a la resistencia que ha habido, es la continuación del proceso destructivo; pero eso no es excusa para dejar que las cosas acaben así.
Mientras hay vida hay esperanza, y esta empieza por decir las cosas como son: el mero mole de la ficción. Si este es el futuro, o más bien el presente de la narrativa social, tal vez las buenas causas todavía tienen esperanza, o al menos un público al cual indignar. Leer por sí solo no va a salvar el mundo, ni a nadie, para el caso, pero enterarse y sentir repudio es un primer paso.




