Portada del libro Lodo.
Portada del libro Lodo.
Calificación recomendado de Rehilete
Calificación recomendado de Rehilete

Reseña por Memo Fromow

Lodo (2025)
H.G. Santarriaga
Nostromo Ediciones / Pura Pinche Fortaleza Comics
Libro: Novela Gráfica

Lo que es mejor olvidar bajo los siglos y la tierra.

Dicen algunos trotamundos que es cuando regresas al hogar que abandonaste hace muchos años que finalmente recuerdas por qué te fuiste en primer lugar: bajo la dorada luz de la nostalgia, hasta los tiempos duros parecen no haber sido tan duros, y hasta se parecen a algo similar a la felicidad. Para Nacho, el protagonista de esta historia, no es así. La vida es bastante dura ahora, pero antes, lo era mucho más; menos mal que pudo salir de su ranchería perdida en la precariedad e irse a la gran ciudad para olvidar las hambres, la violencia, y otras cosas que abundan en el campo mexicano, escenario duro como el que más.

H.G. Santarriaga nos da Lodo, novela gráfica que nos lleva a visitar el lado más sombrío del escenario mexicano, donde no basta la violencia de todos los días, con lo mucho que se intensifica año con año, para opacar a las abominaciones de antaño que aún pululan en el sórdido imaginario del México profundo. Lodo es una ampliación del universo que Santarriaga abrió con Bajo la Piel de la Bruja, otra historia de maldades y traumas profundos en el corazón del México rural; no solo están estas dos historias emparentadas por la temática, sino también por su setting, el ficticio Santa Lucía Ameyalco, con lo que el autor parece haber abierto su propio Santarriagaverso (si se me permite el terminajo) y de paso, una puertita al infierno, por usar el manido símil que sería, seguramente, la única comparación viable para la gente sencilla que de pronto se ve envuelta en los asuntos de las potencias cósmicas más allá del humano entendimiento.


Como decíamos al principio, Nacho es un viejo panzón y cascarrabias que malvive, presumiblemente, en el laberinto de unidades habitacionales, barriadas, edificios derruidos y demás recodos de la pesadilla urbana. Y allí parece pasarla tan bien como alguien como él sabe hacerlo. Pero su plácida y desabrida existencia es turbada cuando la noticia de una muerte lo llama, cual trágico destino, a su pueblo natal. Allí va a reencontrarse con la gente, los lugares, y los horrores del pasado que creyó engañar, pero no hay deuda que no se pague, ni plazo que no se cumpla.

Hay que decir que la historia es un entretenido amasijo de Fernando Benítez con Lovecraft; Agustín Yáñez con Robert William Chambers; Juan Rulfo con Ambrose Bierce: al trillado escenario de un pueblo asolado por un cacique, se agrega un componente fantástico de horror cósmico para acentuar el sentido trágico de la historia. Llueve sobre mojado, al país torturado por siglos de Historia, se agrega la conciencia de no ser más que una mota de polvo en el juego de potencias que ni se alcanzan a percibir sin acabar destruido por el más mínimo contacto con ellas.

La historia (hecha mayormente de largos flashbacks) nos lleva por la vida de Nacho, que desde la más tierna infancia está marcada no solo por la pobreza, sino por el suceso mismo que será la marca del resto de su existencia, y también de su fin. Malhadadas las vidas de quienes no tuvieron nunca oportunidad, ni con la pobreza, ni desde que la bruja los marcara a su modo: por mucho que el héroe huya y reniegue de su destino, este es ineludible. Si fuera un alma más poética, me atrevería a decir que aquí Santarriaga establece una correlación entre la fatalidad de la miseria económica de tantos moradores del campo, y aquel destino con que los astros nos marcaron desde la hora de nuestro nacimiento: la pobreza y el destino trágico son, por motivos distintos, inescapables… pero lo cierto es que no es necesario ser un alma poética para darse cuenta de este crudo paralelismo. Aunque no comparto el cinismo con que se contempla a la pobreza como marca física y moral, admito que el poder leer en más de un nivel la situación, es sello de una obra con cierto grado de profundidad.

La narrativa de nuestro autor es identificable no solo por su inconfundible estilo gráfico, sino porque en sus historias, los personajes de verdad son realmente los ambientes que crea: poco sabemos de Nacho y de las demás personas que pueblan estas páginas y Santa Lucía; como la gente de antes, hablan poco y van a lo suyo: en este mundo basta mucho menos que la curiosidad para matar al gato, y a veces aunque ni le muevas, igual te matan. Así pues, estas personalidades sencillas son más bien elementos en que el paisaje de desolación económica y social extiende su sombra al plano emocional. La tristeza es paisaje, y el paisaje lo es todo.

Del estilo de dibujo acuarelado en blanco y negro que es ya el sello de Santarriaga, no diré nada más, pues ya lo comenté bastante en mis reseñas de Serenata del Zombi y Luz Eterna: nuestro autor ha encontrado su estilo desde hace mucho, lo ha perfeccionado, y ahora se mueve con agilidad dentro del mismo, lo que seguramente le permite trabajar con gran eficiencia, si bien me deja sin nada nuevo que comentar respecto a una manera de trabajar. Sin embargo, aquí se hace necesario recordar que no es necesario ser disruptivo y romper los límites a cada rato para crear algo de calidad.

Veremos, pues, qué le tiene preparado el autor a su propio universo. Hay razones para pensar que será este año cuando veamos si esto cerrará como una trilogía o si este México de pesadilla aguanta todavía otra temporada como para convertirse en un lugar donde los lectores de novela gráfica pasaremos todavía algunos años más.