Portada de la película Canoa.Portada de la película Canoa.

Reseña por Memo Fromow

Canoa (1976)
Felipe Cazals
CONACINE
Película: Drama / Política

La Fuenteovejuna inversa: cuando el pueblo se levanta contra quien no se lo merece.

En la clásica obra de Lope de Vega Fuenteovejuna se nos presenta un pueblo de Andalucía del mismo nombre, el cual es tiranizado por un funcionario que llega a hacer de las suyas creyéndose autorizado para todo por el poder de la corona. Harto de los abusos, el pueblo se levanta contra su opresor y acaba con él en un linchamiento tumultuario. Cuando las autoridades llegan a investigar el crimen, son incapaces de hallar un solo culpable: ha sido todo el pueblo.


-¿Quién mató al comendador? Pregunta la autoridad.


-Fuenteovejuna Señor.

La obra nos habla de lo que pasa cuando la justicia tarda demasiado. El problema se resuelve por otros medios: justos o no. En la obra de Lope, el pueblo acaba con un tirano, pero ¿qué pasa cuando el pueblo no sabe nombrar a su enemigo?


Pues bien, hablando de mujeres, canciones y un sistema que no responde al malestar de sus gobernados, sirve que hablamos de una vez de la célebre película Canoa. Largometraje sórdido e informativo cual buen documental del cine setentero mexicano: lleno de desequilibrios sociales, protesta y calidad de grabación granulosa tipo Canal 4 a las 14 de la tarde de un Sábado aburrido.

Es la noche del 15 de Septiembre de 1968 y tras un breve interludio inicial en que se nos informa que ha ocurrido un linchamiento en el pueblo de Canoa, nuestro relato nos lleva a presentarnos el lugar de los hechos: San Miguel Canoa, una población de más o menos 5000 almas en las faldas del cerro de la Malinche, a 12 kilómetros de Puebla. Un pueblito en apariencia apacible que haría las delicias de autores como Agustín Yáñez o de películas estilo Fernando de Fuentes para poner allí un par de charros cantores: pero una tierra erosionada, empobrecida y gobernada por caiques despiadados no es lugar para cantar de amores facilones; este no es lugar para héroes, sino para luchas sordas entre los poderes fácticos y los siempre inconformes habitantes.

En este caso, el duelo es entre el cura del pueblo, beneficiario también de varias rentas provenientes del usufructo de bienes como el agua, y algunos ejidatarios que se oponen a estas cuotas y a los diezmos que también cobra. En forma de documental, la película nos pone al tanto, en esta primera media hora, del ambiente de crispación que hay en el pueblo después de una reciente confrontación electoral llena de chicanas, trampas, madrazos y violencia política al clásico estilo de la política local: pueblo chico, infierno grande, dice el dicho.

Hechas las presentaciones, conocemos ahora a un grupo de trabajadores (no estudiantes) de la Universidad Autónoma de Puebla que están planeando irse a escalar el cerro de la Malinche sin más propósito que pasar el fin de semana largo que se les viene. Entre las tensiones a nivel nacional que ha producido el 68 y que el cura y su gente en Canoa andan bien erizos desde el último encontronazo, los chicos no podrían haber elegido peor momento para irse a meter a la boca del lobo.

Lo que sigue es la crónica pormenorizada de un macabro juego de teléfono descompuesto en que la presencia de unos simpáticos fuereños es tomada por una de las facciones en el pueblo, como una inexistente provocación: los excursionistas se convierten en comunistas; una excursión de alpinismo se torna, por pura paranoia, en una expedición del comunismo internacional para profanar la iglesia, robarse a los niños y establecer el reino de Satanás en Puebla. Como no podía ser de otra manera, el chisme se sale de control, todo mundo se vuelve loco y lo que sigue es una turba iracunda con todo y antorchas encendidas a la Frankenstein para acabar con un puñado de burócratas apolíticos que iban a pasar el puente en el idílico campo mexicano.

Todavía hay quien dice que el movimiento estudiantil que culminó aquel fatídico 2 de Octubre de 1968 fue una conspiración sovietizante venida del exterior. Tres doritos y varios archivos desclasificados después, tenemos más clara la estampa de que se trató de un movimiento de bases que escaló en el momento adecuado. La represión fue producto de la paranoia de un mecanismo de seguridad que se retroalimentaba a sí mismo con información fabricada por sí mismo, y destinada a obtener las respuestas que el propio mecanismo ya se había dado a sí mismo; véase, que debía tratarse de una conspiración extranjera porque México era una tierra de charros cantores donde nunca nada salía mal. Debían ser los comunistas de ultramar.


Para más información, consultar sobre la operación Litempo.

La presente es, a todas luces, una película política. Sin embargo, la mayoría de los comentarios que encontrarás flotando por las redes sobre ella mencionan más “el clima de represión” y denuncian “la brutalidad del régimen”, ambas cosas muy ciertas, pero que no pintan realmente en esta película. Cosa rara, el régimen priísta no es el villano de esta historia, no en primer plano al menos. Lo que vemos aquí es, más que una denuncia contra un régimen en específico, un documental sobre la manera en que se hacía y se hace política en comunidades apartadas, gobernadas por élites locales tan mezquinas como las nacionales e igualmente paranoicas, solo que estas están menos sometidas al escrutinio público y temen menos recurrir a la violencia más descarnada… aunque tampoco es que el poder central fuera muy discreto al ejercer su autoridad, no en vano al mes siguiente de estos hechos iba a tener lugar la matanza de Tlatelolco, a la que precedió una larga y virulenta campaña mediática para pintar al movimiento como una conspiración internacional antimexicana que nunca existió, pero la cual permitió escenificar un teatro de nosotros vs. ellos con que se pretendió justificar uno de los mayores crímenes políticos en la historia de México.


El vínculo de Canoa con Tlatelolco es mínimo, pero muy claro en lo esencial.

Dice el viejo adagio romano que la vox populi es vox dei, pero a veces la voz del pueblo no es tan confiable, y se le manipula valiéndose de sus creencias más antiguas, del fanatismo y del efecto rebaño que suscita la ira contra un enemigo real o imaginario: cuando nosotros somos los buenos y ellos los malos, entonces se vale hacerles lo que sea sin detenerse a hacer demasiadas preguntas.

Total ¿Quién mató al comendador?


Fuenteovejuna, Señor

Felipe Cazals, director de larga trayectoria artística y política es la mente detrás de esta película, una de las obras más tempranas de su carrera, en la que se revelaría como un cineasta con doble vocación artística y social. En Canoa, sin embargo, no hallaremos todavía la vena más preciosista del director, que brillaría más tarde en Las Vueltas del Citrillo o Chicogrande (ambas ya reseñadas aquí en Rehilete) a las que la brutalidad de sus tramas no quita la belleza de su fotografía y puesta en escena. Canoa, en comparación, se siente bastante más burda, comprensible en un cineasta muy joven aún y con los limitados recursos de que disponía entonces. Como quiera, linda o no, es una película que sabe combinar la fidelidad a los hechos (tanto como puede tenerla) con un hábil uso de la cámara que sabe entregarnos tomas de gran dramatismo, aunque algo deslucidas en calidad de grabación. En su defensa, creo que Canoa quiere ser, con todo y seguir siendo una puesta en escena, un documental antes que una película en el sentido comercial de la palabra: nada de florilegios ni subtramas que puedan distraer de la crudeza que sirve aquí para aleccionar sobre las flaquezas de un sistema político en decadencia.

Yo, por mi parte, no pienso volver a ella en un rato: esta película me pone muy nervioso. El profe Cazals ya me dio mis coscorrones y ya aprendí la lección.

Con una sola vez basta.

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