
Artículo especial por
Memo Fromow


Entre los clásicos y la autoedición: la FIL renueva voces.
Por 47ª ocasión, la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (uno de mis lugares felices), abrió sus puertas y los libros para los curiosos, los niños, los cinéfilos, los comiqueros, los frikis y, en general, para todos: los libros son universales y de todo tienen un poco.
Este año, como ya es costumbre, vemos regresar a nuestras viejas favoritas de toda la vida: Penguin, Oceano, Sexto Piso, Siglo XXI, Era, con novedades en el terreno del ensayo y la narrativa, aunque muchas de dichas novedades sean realmente obras que vieron la luz el año pasado: la feria es para ellos la consolidación en uno de los grandes escenarios del mercado literario mexicano. La temporada de estrenos editoriales para las obras de 2026, por lo que veo en librerías y en la feria, todavía está por llegar. Mientras tanto, este fin de semana se presentaron los autores con libros tales como Fieras Interiores, La Visible Oscuridad, Mala Espina, Raíz que no Desaparece (todas ellas reseñadas aquí en Rehilete) etc. Y es esperable que en el curso de la semana se presenten otros tantos más. Mejor ocasión no hay para ir a fanboyear a los autores del momento.
Como no podía faltar, el invitado de honor de este año fue la patria del Yaqui, del Bacanora y de María Félix ¿Cómo no?: Sonora, que nos trae a los autores que entre tanto sol se las arreglan para escribir sobre las angustias del lejano septentrión. Se trata de ediciones pequeñas de autores primerizos que fueron hechas posibles por el Instituto de Cultura de Sonora; veremos cuántos de ellos podrán trascender este primer paso y darnos de qué hablar en años próximos. Aparte de ello tenemos también las infaltables historias locales, puestas al día y enriquecidas con los datos que se juntan en años de investigación en microhistoria y algunas ediciones de grandes obras como El Abrigo, de Nikolái Gogol ¡Quién hablaría de abrigos en Sonora! La instalación pone a la vista varias creaciones endémicas del Estado, sin embargo, no pude evitar notar lo extraña que es la ausencia de literatura, sea lúdica o académica, sobe el pueblo yaqui, estando en boga como están las narrativas en torno a las voces antaño marginales.
Y hablando de ausencias, un fenómeno que no puedo dejar de notar es que varias áreas antes bastante populosas de la feria ahora se muestran vacías. Es notorio, al menos desde el año pasado, que la feria no solo ha perdido un número importante de expositores, y aunque en muchos casos sus stands están ocupados por otros, ahora hay huecos importantes en zonas como el corredor oeste del segundo piso, antes muy bien aprovechado por varios puestos, o el costado oeste de la planta baja, colindante con Filomeno Mata, anterior sitio usual del IPN en la Feria. Desde que el Fondo de Cultura Económica dejó de asistir, su espacio en uno de los patios colindantes a la calle de Tacuba es ocupado ahora por la Universidad Autónoma Metropolitana, cuyo anterior puesto en la segunda planta es a su vez utilizado por una fresca adición a la feria: una sala dedicada a editores de cómics y materiales gráficos independientes. Aunque bien recibidas, estas novedades no alcanzan a disimular mi nostalgia por años anteriores, cuando me tocó un evento mucho más concurrido; también los salones al fondo del Palacio, ahora empleados como salas de conferencias, me tocó en otro tiempo verlos llenos de expositores.
Pero basta de hablar del antes: lo que importa es el ahora, y no solamente es el antiguo lugar de la UAM el que está ocupado ahora por creadores primerizos, cosa antes muy rara en esta Feria. Salpicados por varios lugares de la Feria están los stands de autores y editoriales muy nuevos y muy pequeños: a un costado de la Capilla del Palacio, a mano izquierda, hay dos puestos donde hallarás lo más nuevo en narrativa gráfica mexicana. El primero es de uno de los grandes proyectos de los últimos años en este rubro y viejo conocido de Rehilete Pura Pinche Fortaleza Cómics, que nos trae al ganador de la edición 2025 de su concurso anual, Desidium, el deseo de la última estrella, de Jesús Gerardo Guerrero y Dante Navarro. Justo al lado, en el stand 1354, encontrarás a varios autores súper primerizos, varios de ellos egresados muy recientes de la escuela ESCENA, semillero de varios talentos emergentes en el ámbito del entretenimiento en México: junto a estos encantadores novatones y novatonas, hallarás creadores con un poco más de trayectoria como Carlos Sallas y Ari Navarrete, creadores del sonado San Misterio, que tanto ruido hiciera unos años al resultar ganador del concurso Ideatoon y que está desarrollándose como animación; también la novela gráfica de Arturo Trejo, mejor conocido en el mundillo por su trabajo en Los Indispensables, que transita del puro humor a una sentida (pero aún cómica) reflexión sobre la depresión. También encontrarás los 4 tomos de Fi-Tech Robolution, ya completo (desde hace tiempo, de hecho) del tremendo Humberto Cervera; una historia de disrupción socio-tecnológica que se vale de una historia basada en peleas y torneos estilo Pokemón o Medabots para meter su cuchara en temas como la mecanización del ser humano en la era de la híper-eficiencia, la inteligencia artificial y la metamorfosis del fenómeno revolucionario en un futuro cada vez más cercano… salvo en lo de los robots que se agarran a trancazos, para eso creo que sí le falta.
Es claro que la Feria que yo conocí cuando niño ha cambiado muchísimo, así como lo han hecho los propósitos, las maneras de consumir y la concepción de la literatura como fenómeno social. El evento pasó de ser una reunión de autores de élite o académicos muy centrados en su tema, a ser algo que comparte el espacio con obras y fenómenos más enfocados en formar comunidad mediante el consumo cultural: varios autores entre los presentes en esta edición son autoeditados, de firmas nacientes y/o muy chicas, cosas, como ya dejé dicho, antes muy raras en este evento; ahora son un componente muy importante de la planilla de invitados. Desde los narradores marginales en ediciones que no verían la luz sin el patrocinio de Secretarías de Cultura estatales, hasta personalidades de internet que atraen a sus comunidades al probar suerte en el quizás anticuado, pero siempre venerable y venerado medio impreso que conserva su mística pese a todo. En otro tiempo me hubiera disgustado y hecho pucheros al notar que mi Feria ya no es la de antes, pero ahora sé que esto, como todo, es parte del interminable proceso de evolución mediático.
Aunque algunos expositores clásicos se han ido, no es que lo hayan hecho por verse desplazados por las voces nuevas: es imposible manejar uno de los eventos culturales más grandes, tradicionales y emblemáticos de la CDMX por tanto tiempo sin que eventualmente surjan conflictos, roces o demás incidentes, pero es claro que eso es pasajero, incluso superficial cuando se compara con la magnitud de un evento como este y lo que significa para la Ciudad y sus lectores: leer es un diálogo, quizás hoy más que nunca, con los autores tan a tiro de piedra como nunca lo estuvieron antes en el antiguo aparato cultural mexicano. Y si esto es así, la Feria de Minería no morirá por falta de voces.
Enhorabuena por otro año de feria. ¡Por los siguientes 47!


