




Reseña por Memo Fromow
Moscas (2026)
Fernando Eimbcke
Kinotitlán / Teorema
Película: Indie
Hay solidaridad en la soledad.
Decía el viejo Marco Aurelio (tan de moda estos días entre los dizque-estoicos y musculosos en turno) que los seres humanos vivimos los unos para los otros. Es el contacto humano y las reglas de la buena sociedad las que hacen de un humano un hombre o una mujer de pleno derecho. Los que viven solos son los salvajes o a los que la tristeza u otras circunstancias alejan del civilizatorio trato con los demás: así, se van volviendo huraños, intratables y eso los hace aún más solitarios. Como si olvidaran cómo ser personas.
La soledad se mete en todos los resquicios de esos solitarios y permea todo lo que hacen y la manera en que lo hacen. No niego que habrá solitarios, plenos; aquellos que eligen su soledad y hacen de sí mismo otro yo con quien pasarla y crear grandes cosas; pero cuando es la tragedia la que aísla a los otros, termina por crear ermitaños a los que ya nadie volverá a ver por su yo interior, perdido para el mundo, el mundo que son ellos.
Así le pasó a Olga, una señora con el mismo encanto de una flatulencia en un coche con las ventanas cerradas. Hosca y descortés vive sola en un multifamiliar en Coyoacán, junto al hospital del ISSSTE. Los días se le escurren uno igual al otro en medio de un hondo silencio en el que apenas tolera ninguna interrupción: todo parece molestarle salvo los sonidos familiares de la compu vieja donde juega al sudoku y la tele, que no son sino otros tipos de silencio con los que mata el tiempo que le queda a su existencia sin rumbo.
Nada parece turbar esta vida cuya rutina parece tallada en piedra desde el inicio del tiempo, cuando un pequeño accidente la pone en necesidad de dinero, por lo que renta un cuarto vacío que tiene disponible en su departamento para quien tenga un enfermo en el hospital de enfrente. Así, más a huevo que con ganas y muy a su pesar acaba invitando al ruido de vuelta a su hogar; ella, que apenas tolera una mosca. Y vaya ruido que le va a caer, porque toma el cuarto Tulio, un hombre con muchas necesidades, poco dinero y una esposa hospitalizada, y que, encima, es el papá de Cristian, un niño de 9 años con el que tiene que malabarear sus angustias poniendo buena cara al mal tiempo.
Al hombre no le queda más que trabajar para poder seguir costeando el triste cuarto para una persona, así que será Cris quien acabará quedándose solo y llenando con su soledad recién estrenada, la vieja soledad de Olga, a quien no le queda de otra que aguantar a este enjambre de moscas hecho niño.
A veces no sé ni a qué voy al cine, y menos a ver cine de autor: nomás hace uno puros corajes y se pone triste. Esto no es un drama lacrimógeno, pero sí bastante angustiante cual buen capítulo de mujer, casos de la vida real… pero bien hecho: el cuidado estilístico que se tiene en las tomas a blanco y negro delatan una muy cuidada fotografía que humaniza el aprisionante entorno de un edificio multifamiliar viejo y las calles llenas de ruido y ¡sorpresa! aún más soledad: la de las urbes llenas de indiferencia.
La nitidez de la imagen ayuda bastante para poder disfrutar mucho mejor esos primeros planos, aparentemente anodinos, sobre objetos y pedazos de individuos que amplifican la noción de anonimato colectivo que rodea las andanzas de Cristian y Olga y que luego se delatan como puertas de entrada para presentar a personas que, cuando las conoces un poquito, no son tan malas. Tal vez no esté tan desierto el mundo como creemos, y me alegra notarlo de la mano de un uso tan ingenioso y estético de la cámara como este.
Yo no sé qué tenga el cine de autor de estos últimos años que se ha popularizado la tendencia a usar el blanco y negro. Aquí sirve claramente para transmitir y reforzar la atmósfera de tedio y monotonía vitales, pero su presencia cada vez más frecuente (tanto como puede serlo en los contados lanzamientos de cine de autor mexicano, que es donde más se suscita) no deja de llamar mi atención. Roma de Cuarón; La Cocina y Güeros, de Alonso Ruizpalacios; Ayer Maravilla Fui de Gabriel Mariño; No nos moverán de Pierre Saint-Martin (todas reseñadas en Rehilete por cierto). ¿Será la manera de estos directores para acusar de recibido el ambiente de hastío espiritual que tan a menudo nos dicen es el sello anímico de estas dos últimas décadas? Porque sí, en todas, esa elección estética cumple un propósito específico, pero hay otros modos de lograr esos fines sin tener que restringirse en un apartado tan relevante y expresivo como el color, pero ellos lo eligieron así.
Yo nada más digo…
El guion, si bien es un poco predecible a gran escala, sabe dar algunos requiebros inesperados antes de tomar el giro que ya sabes que tomará: ¿qué les digo? hay algunas historias que por mucho que las he visto, no puedo evitar querer ver que acaben como siempre lo hacen; se puede ser original sin romper las convenciones emocionales (aunque tampoco digo que no me guste cuando lo hacen) y ver el reencuentro de dos soledades como tan acostumbrados nos tiene a ellos el cine contemporáneo, es siempre grato. Ya también les tocaba a esos dos un poquito de alegría en la vida ¡caramba! No sean amargados y déjenlos hallar algo bonito por una vez.
El Zen es como le llamamos los que no sabemos de budismo pero usamos definiciones pasadas por agua y cultura pop para referirnos a esa capacidad de concentración tal que nos permite identificarnos con aquello que hacemos: somos uno con ese algo y devenimos impermeables, impenetrables, invencibles… al costo, por supuesto, de abandonar todo lo demás del mundo, dejarlo de lado para ser una sola cosa y no las mil y una más que somos los humanos.
Para algunos esa sola cosa es dominar la katana, jugar videojuegos o mitigar el dolor: Olga ha pasado años afinando su soledad para ser una con ella y no sentir más; como el monje que se prendió fuego en Vietnam y permaneció incólume frente al atroz dolor que su cuerpo gritaba, ella ya no siente. Pero esa concentración requiere de silencio. Olga es buena, pero no ha pasado la vida en un monasterio budista, y su silencio no es aún invulnerable frente al ruido del mundo: basta una mosca para romperla y un niño latoso para recordar el peso y la alegría de vivir en la tierra.


